Todo por un buzo

Nora Sisto


Maite salió al jardín furiosa. Hablaba sola. Por mantener la compostura había hecho todo lo posible para contenerse ante tal falta de consideración. Aquel grupo de empresarios era demasiado retrógrado y ninguno de ellos tenía idea de cómo aceptar a una colega mujer. Refunfuñando y resoplando vio que el jardín se le terminaba y entonces no tuvo más remedio que darse de frente contra la barandilla de metal. Abajo, en la ladera de la colina se veían las luces de las casas que comenzaban a encenderse al ocultarse el sol. Su falda acampanada de color magenta ondulaba, apenas movida por la brisa, igual que su largo cabello castaño que caía casi hasta la cintura sobre su torso enfundado en un body negro de manga tres cuartos. Habría pateado aquella barandilla, si no fuera porque aquellos hermosos tacones que llevaba le habían costado un dineral.

—    Todos los hombres son iguales —vociferó, con las manos apoyadas en la barandilla e inclinándose sobre ella, hablándole al vacío—. Jamás voy a creer en ninguno más.

A su alrededor no se veía a nadie. Solo la acompañaba la hermosa vegetación que daba a aquel lugar un marco paradisíaco. Pero por su enojo no la podía disfrutar. Continuó por unos segundos despotricando a viva voz todo lo que pudo, hasta que pareció serenarse. Recién entonces, al mirar hacia un costado vio que alguien la había estado observando también recostado en la misma barandilla, aprovechando a pasar desapercibido en la oscuridad.

—    Gracias por lo que me toca —dijo irónicamente el hombre.

—    Disculpe —aclaró, sin animarse a tutearlo ya que parecía algo mayor—. No lo decía por usted. Es que mis jefes se piensan que soy tonta. Ya me tienen cansada con su «sí señor», «no señor» y sus sonrisitas, a la vez que menosprecian mi trabajo, que es igual o mejor que el de cualquiera de los hombres que trabajan ahí.

—    Bueno, parece que ya te has desahogado —respondió él, comprensivamente, con una leve sonrisa.

Mientras él le hablaba, aprovechó para observarlo mejor. Era alto y robusto y en su rostro se apreciaba un gesto amable que le infundió confianza. No estaba vestido formalmente con traje y corbata como los otros asistentes a la fiesta, sino simplemente con un pantalón negro y un buzo gris que, aunque fuera del protocolo, igualmente hacían una elegante combinación. Eso lo hizo para ella más amigable aun.

—    Sí —continuó diciéndole con soltura, con la impresión de estar sincerándose con su terapeuta— aunque no todo lo que quisiera. Debería decirles en la cara todo lo que pienso acerca de su forma de proceder. Es más, ahora mismo me vienen ganas de volver a entrar y mandarlos al demonio. Ya agotaron mi paciencia. Lo mejor que puedo hacer es  renunciar.  

—    No estaría mal, si como dices, no valoran tu trabajo —respondió él, ahora con gesto pensativo, intentando frenarla—. Pero te aconsejo que antes de hacerlo lo pienses bien. Por lo menos no renuncies hasta conseguir un trabajo mejor.

Maite asintió con un movimiento de su cabeza, agradeció el consejo y se fue hacia adentro del salón, dejando a aquel hombre con sus pensamientos.

A los pocos días, estaba como siempre trabajando, cuando una compañera se le acercó.

—    Maite, tengo información que tal vez te interese. En la empresa donde trabaja un amigo de mi novio están buscando un asistente de dirección. Puedes postularte hoy mismo.

No demoró en enviar un mail con la solicitud y al día siguiente recibió la respuesta esperada: la citaban para una entrevista ese mismo día.

Cuando llegó al lugar se sorprendió gratamente. La recepcionista la había recibido como si la hubiera estado esperando y la había acompañado gentilmente hasta el despacho de quien la iba a entrevistar. Pero cuando estuvo frente a frente con su entrevistador, titubeó. Por un momento creyó reconocerlo como el hombre con el que había hablado  aquella noche, pero se dijo que no podía ser. Sin embargo, él mismo la sacó de la duda.

—    Sí. Soy yo —le dijo, sonriente—. Espero que te acuerdes de mí. Y por supuesto, que aceptes trabajar con nosotros. Te aseguro que vamos a tratarte mejor que en tu empleo anterior. Y no tienes por qué tratarme de usted.

Y extendiéndole la mano, le dijo con una sonrisa:

—    Por cierto, me llamo Roy.

No tuvo que pensarlo; inmediatamente aceptó.

El trabajo le gustó desde un principio. Se trataba de una empresa constructora en la que Roy y su hermana eran los propietarios. Roy era arquitecto y su hermana Sofi  ingeniera, y cada uno se ocupaba de un aspecto de los edificios que tenían en construcción. El trabajo de Maite consistía en ser la asistente de Roy, confeccionar presupuestos y acompañarlo en las visitas de obra. Sofi, por su parte trabajaba en la confección de los planos de estructura y los cálculos correspondientes. Había además varios empleados más, que se ocupaban de realizar trámites y otras tareas de oficina. Todos, tanto los varones como las chicas parecían disfrutar de su trabajo y del trato que recibían por igual. Maite, por su lado se sentía agradecida con Roy por haberla rescatado de aquel ambiente laboral abusivo y angustiante, por lo cual desde  un comienzo asumió un fuerte compromiso con su trabajo.

Las visitas a las obras le parecían interesantes, y encontraba divertido usar aquel casco blanco de protección. Iba con Roy en su coche de uno a otro de los emprendimientos edilicios, y este se ocupaba de enseñarle las cosas concretas que debía saber. En poco tiempo se familiarizó con el trabajo, y como es lógico, se esmeraba en cumplir con su tarea cada vez mejor.

Pero paralelamente no pudo evitar que Roy concitara su atención. Para empezar, desde el primer día le llamó la atención que generalmente fuera vestido del mismo modo. Usaba  un buzo color gris perla, similar a aquel con el que lo había visto la primera vez, pero de tejido más rústico. Era jaspeado con blanco y por su escote a la base a veces asomaba el cuello de una camisa y otras veces parecía llevarlo directamente sobre la piel. El tejido parecía muy suave y provocaba acariciarlo, por lo cual Maite se imaginaba lo bien que se sentiría estar dentro de él. Pero se abstenía de hacer cualquier comentario a Roy, a quien, desde su perspectiva de veinteañera consideraba mucho mayor aunque este no llegara aún a los cuarenta años. De todas formas, su día se alegraba cuando lo veía llegar usando el buzo aquel.

Roy no era un modelo de revista del que las chicas caen desmayadas al verlo. Pero para Maite representaba inconscientemente su salvador. Su espalda era ancha y aquel buzo en él se le figuraba como la coraza metálica de un guerrero. Por otra parte, en su rostro, oculto a medias bajo una barba negra prolijamente recortada, podía verse sin obstáculos su mirada cálida, siempre despejada dado que su cabello, de un largo imposible de adivinar, lo llevaba siempre recogido en un gracioso moñito en la parte superior de la nuca.

A pesar de que Roy era condescendiente y amable con todos sus empleados, y a ella en especial se esmeraba en enseñarle con paciencia todo lo que no le hubiera dado su preparación anterior, a Maite no se le cruzaba por la cabeza pensar en Roy como otra cosa que su jefe. Roy estaba satisfecho de haberla incluido en la nómina y se sorprendía de lo bien que se adaptaba a la nueva forma de trabajar, así como de su dedicación y buena disposición para el trabajo. Maite, por su parte actuaba llevada por el agradecimiento, ya que él la trataba con el respeto que no había recibido nunca de sus jefes anteriores. Pero había algo que la sobrepasaba y se le hacía curiosamente difícil de manejar: la extraña atracción que le producía aquel buzo gris.

Una mañana llegó antes de la hora como de costumbre y fue al despacho de Roy a dejar un presupuesto. Él aún no había llegado, por lo que resolvió dejar la carpeta sobre el escritorio para que la viera después. Pero cuando estaba a punto de salir del despacho notó que el buzo de Roy estaba colgado en el perchero. Entonces la asaltó una idea loca. Miró hacia todos lados para cerciorarse de que nadie la estuviera observando, se acercó a él y tomando una de sus mangas acarició tiernamente con ella su mejilla.

—    No sabes cuánto me gustas —exclamó, en un suspiro casi inaudible.

No se dio cuenta de que en ese preciso instante Roy entraba al escritorio secándose la cara con una toalla. Había estado allí toda la noche trabajando sobre un proyecto importante. Al ver la escena se detuvo en seco, e intentando que ella no se alertara sobre su presencia dio media vuelta en silencio y se retiró del lugar.

Cuando al rato llamó a Maite para que lo acompañara a hacer las habituales recorridas, ella notó que a pesar del fresco de la mañana él no se había puesto el buzo y en su lugar iba con una camiseta blanca de algodón de manga corta.

—    ¿No tienes frío? —le dijo, extrañada.

—    No —respondió escuetamente él.

Aquella experiencia había dejado a Roy perplejo. No se explicaba qué interés podía haber despertado en su empleada el buzo aquel.

Al día siguiente, cuando Maite fue a reunirse con Roy como todos los días, al entrar en la  oficina se sorprendió al ver que en lugar del acostumbrado buzo gris, ese día llevaba puesto un cárdigan de color bordó. Roy al notar su desconcierto le dijo, con picardía:

—    ¿Tengo algo raro, que te quedaste mirándome con la boca abierta? ¿No te gusta cómo me veo?

—    No,… no es eso —respondió Maite titubeando, al mismo tiempo que daba una mirada disimulada al perchero, comprobando que el buzo gris no estaba colgado ahí.

—    Tal vez te gustaba más el otro buzo —dijo Roy con perspicacia, observando al mismo tiempo su reacción—, pero ya era hora de mandarlo a la lavandería.

Y como ella no atinó a responder nada, agregó:

—    Tranquila. En un par de días lo volverás a ver.

Maite se preguntaba si Roy la habría visto aquel día hablándole a su buzo. Si así fuera, debería cuidarse de no volverlo a hacer, ya que su imprudencia podía poner en peligro aquel maravilloso empleo que había logrado conseguir gracias a él.

Una mañana, Maite llegó como todos los días, deseosa de ver a Roy con su buzo gris. Pero cuando pasó por su escritorio vio que no estaba ninguno de los dos. Se mantuvo alerta  durante toda la mañana suponiendo que los vería de un momento a otro, pero ni él ni su buzo aparecieron. Y al final del día tuvo que volver a su casa con enorme desilusión.

Al otro día sucedió lo mismo. Ya al tercer día, la ansiedad la superó y fue a ver si podía averiguar algo a través de Sofi.

—    ¡Ah, sí! —exclamó Sofi—. Roy va a estar ausente por unos días.

—    ¿Está enfermo? —preguntó Maite, tratando de no mostrarse demasiado preocupada.

—    No, no. Es que ha tenido que viajar para participar en una competencia.

—    ¿Un concurso de arquitectura? No recuerdo que lo haya comentado.

—    No, no —insistió Sofi, sonriendo—. Es una competencia deportiva. Un campeonato de rugby. Roy juega en un equipo. Y dicho sea de paso, es muy buen jugador. En unos quince días estará de regreso. Desde mañana y hasta que Roy regrese, las visitas a las obras las harás  conmigo.

Maite no tenía la menor idea de que Roy jugara en un equipo de rugby. Pero pensándolo bien, tenía el físico que hacía inconfundible a ese tipo de  jugador. Su espalda era ancha y sus brazos fuertes. Hasta la expresión de su rostro cuando se enfervorizaba lo hacía parecer un guerrero en plena acción.

Los días pasaron, aunque lentos para Maite hasta que Roy al fin regresó. Según le había informado Sofi antes de su regreso, el equipo había salido segundo en la final. Pero Roy había recibido un premio por su desempeño deportivo.

—    Me habría gustado volver con dos trofeos —dijo Roy al ver a Maite con la pequeña copa plateada entre sus manos.

—    ¡Disculpa! —exclamó ella, sorprendida, soltándola apresuradamente y volviéndola a colocar sobre el escritorio—. No quise tocarla.

Y asumiendo que era momento de retirarse, enfiló hacia la puerta y al mismo tiempo agregó:

—    Te felicito. No sabía que fueras un deportista de élite.

—    Bueno, yo no lo pondría de esa forma —respondió él, manifestando poco apuro en que ella se marchara—. Me gusta el rugby y compito, pero en el fondo juego por diversión.

Y agregó, con una entonación que a Maite le sonó ambigua:

—    Pero no te negaré que, cuando hay algo que me apasiona, no paro hasta lograrlo.

Antes de atravesar la puerta, al darle una última mirada, Maite involuntariamente se fijó que debajo de la chaqueta Roy ese día tampoco traía puesto su buzo gris. Esperó que él no se hubiera dado cuenta de su mirada atrevida, pero él la había captado muy bien.

—    No creas que he perdido mi buzo —le dijo, sorprendiéndola—. Es que con el apuro tomé de la maleta lo primero que encontré.

—    No, yo…—quiso enmendar su gesto, pero él había entendido perfectamente.

—    No te preocupes —agregó, en tono paternalista—. Mañana seguramente lo vuelva a usar. Me siento muy cómodo con él.

Maite, en cambio se sentía cada vez más incómoda cerca de Roy. Echaba la culpa de su turbación a aquel dichoso buzo, porque no podía hacer que dejara de gustarle. Incluso llegó a desear no volver a verlo más. A Roy secretamente le encantaba despertar en ella aquellas sensaciones, por lo cual no se decidía a dejarlo de usar.

Durante los días siguientes, el trabajo en la empresa parecía haberse normalizado. Maite había retomado sus tareas y también las visitas a las obras con Roy. El buzo gris había desaparecido de la escena y Maite creía que era mejor así. Ambos evitaban hablar de temas que pudieran derivar en asuntos personales, y Maite rezaba para que en la conversación no volviera a mencionarse el buzo aquel.

Un día, Maite se enteró de que habían comenzado otra vez los campeonatos locales de rugby. Entonces, por su cuenta averiguó dónde jugaba ese fin de semana el equipo de Roy, y allí se dirigió para verlo. Para su sorpresa, en la cancha se encontró con algunos compañeros de trabajo que sabían de la afición de Roy y eran seguidores de su equipo. Descubierta y sin motivos para explicar su presencia allí, mintió diciendo que le encantaba ese deporte y había descubierto recientemente que su jefe era jugador. Pero en realidad, nunca en su vida había presenciado un partido de rugby, ni tenía idea de sus reglamentos, por lo cual no sabía en qué momento alentar o abuchear. Así que, una vez allí, se limitó a mirar en silencio.

La mañana estaba fría pero ante lo rudo de algunas de las jugadas sintió que su cuerpo se calentaba. En cada caída o pechazo de Roy con los jugadores contrarios temblaba de consternación, pensando que podía salir malherido. Pero no quería quedar en evidencia, así que disimuladamente se guiaba por las reacciones de sus compañeros. Había bastante gente, y como el partido en realidad no le interesaba mucho, se puso a observar a los asistentes a su alrededor. Solo a unos pocos los conocía del trabajo y supuso que el resto serían amigos o conocidos de los jugadores. De repente, su vista se detuvo en alguien que llamó poderosamente su atención. Era una chica muy bonita que formaba parte de un grupo de muchachos que alentaba eufóricamente al equipo de Roy. Pero al observarla con detenimiento, quedó estupefacta: la chica llevaba puesto el buzo de Roy.

El lunes, cuando fue a trabajar la expectativa era enorme. Había quedado conmocionada al conocer aquella otra faceta de Roy, pero más aún al constatar que el buzo de Roy lo tenía ahora aquella chica. Durante toda la mañana intentó mantenerse lejos de Roy para evitar tener que hablar con él sobre el partido. Además, tenía que procesar mentalmente la imagen de aquella chica. Pero no bien Roy la vio, se le acercó a hablar.

—    No sabía que te gustara el rugby.

—    ¿Me viste? —dijo ella, mientras pensaba qué responder.

—    Por supuesto —respondió Roy, halagado—. No es frecuente que chicas bonitas nos vayan a alentar.

Maite se quedó pensando en que aquella otra chica bonita que llevaba puesto su buzo, pero no correspondía esperar de él una explicación. Así que solamente respondió:

—    Gracias, pero solo me llevó la curiosidad.

Roy sonreía, y a ella le encantaba verlo feliz. Pero no deseaba mentirle, así que se sinceró:

—    En realidad, era la primera vez que veía un partido de rugby. Me gustó, pero te confieso que no sé si volveré a presenciar otro. Me ha resultado estresante la rudeza de las jugadas.

A él le encantaba sorprenderla en su ingenuidad. Por eso de vez en cuando le hacía algún comentario personal para ponerla nerviosa.

—    ¿Acaso te preocupaste por mí? —le dijo en un tono casi íntimo.

—    No, no es eso —exclamó Maite, sonrojándose—. Es solo que me sorprendió. Pero supongo que así es el juego.

Habría deseado finalizar allí la conversación, no obstante su curiosidad la carcomía, así que soltó un comentario como al pasar.

—    La mañana estaba agradable, pero casi me voy por el frío que vino de pronto. No había llevado suficiente abrigo.

—    Es cierto —asintió Roy sin percatarse de la intención oculta del comentario—. Tanto fue así que algunos de nuestros amigos irrumpieron en el vestuario y se apoderaron de nuestros buzos y camperas. Sin embargo al finalizar el encuentro devolvieron todo en perfectas condiciones. Aunque debo decir que quien haya usado mi buzo le dejó impregnado un fuerte perfume de mujer, por lo que tuve que mandarlo otra vez a la lavandería.

Roy había mandado su buzo a la lavandería a que le quitaran el perfume de mujer, sin embargo, gran parte de lo que a ella le seducía de su buzo era la impregnación que le quedaba del perfume que usaba él.

Los días pasaban, Roy continuaba usando su buzo y eso la desestabilizaba. Se debatía entre su insólito impulso emocional y su responsabilidad hacia el trabajo. Sabía que no era buena idea mezclar ambas cosas, pero ¡qué podía hacer! Su trabajo le encantaba, pero el buzo de Roy le encantaba todavía más. A ella nunca se le había pasado por la cabeza coquetear con su jefe, pero es que aquel buzo parecía tener una magia oculta que la excitaba sin poderlo evitar. Y deseaba que él no se diera cuenta.

Esa tarde los demás empleados ya se habían retirado. Por norma, el último en abandonar la oficina era el encargado de bajar la llave de la luz del tablero general, pero ella todavía no quería irse. Rumiaba una  idea loca y se debatía entre si llevarla a cabo, o no. Roy había tenido que viajar al interior del país para supervisar unas obras, lo que le insumiría por lo menos uno o dos días más, y no había llevado con él su famoso buzo porque ella lo había visto colgado en el perchero. Así que, con la certeza de que no había nadie más en los alrededores, se dirigió sigilosamente a su despacho. A través de las mamparas de vidrio que daban al corredor entraba apenas un haz de luz, y le pareció que el lugar se hacía cómplice de su osadía. Fue directo al perchero, tomó el buzo de Roy y lo apretó sobre su rostro. Respiró por unos segundos su perfume, sintiendo que su cuerpo se encendía. Llevada por su apasionamiento, se quitó la blusa y el sujetador, y se lo puso. Al sentir sobre su piel aquel tejido suave y a la vez de textura rugosa, sus pechos se erizaron y sus pezones endurecidos le dolieron como si él los estuviera estrujando con emoción. Después de unos segundos reaccionó, dándose cuenta de que otra vez estaba comportándose como una desquiciada. Entonces se lo quitó rápidamente y volvió a colgarlo con cuidado en el perchero tal como lo había encontrado.

Estaba en eso, cuando escuchó un ruido proveniente de la puerta y de golpe  la luz del despacho se encendió. Volteó inmediatamente hacia allá y quedó petrificada. Roy había vuelto, y ante aquella escena se había quedado paralizado, mirándola estupefacto. Aturdido por lo bizarro de la situación y encandilado por aquellos pechos turgentes que sobresalían audaces de su torso desnudo, había quedado sin habla. Maite, horrorizada al verse atrapada, salió corriendo despavorida del despacho tapándose como pudo con la blusa en una mano y el sostén colgando de la otra, dejando a Roy sin poder reaccionar. Tras un primer impulso de ir a buscarla, este optó por no ir tras ella; iba a ser preferible  procesar con calma lo ocurrido y darle tiempo para recapacitar.

Al día siguiente Maite sentía tal vergüenza por lo ocurrido, que puso una excusa inverosímil para no ir a trabajar. Había cometido un terrible desatino y no iba a poder volver a mirar a Roy a la cara nunca más. Iba a tener que plantearse seriamente renunciar a su trabajo, si es que antes no la despedía él. Así que se mantuvo encerrada en su casa todo el día y hasta desconectó el móvil por si a él se le ocurría llamar. Necesitaba ganar tiempo para elucubrar alguna explicación creíble que justificara lo que acababa de hacer. Pero obviamente, no había explicación posible.

Ya a la noche, y después de haberse lamentado todo el día, creyó sentirse algo más tranquila y conectó otra vez su celular. Pero no bien lo hizo, este sonó. Se alarmó  al pensar que pudiera ser Roy, y atendió tratando de guardar la compostura. Pero no era él.

—    ¿Cómo estás? —escuchó que le decía la voz de Sofi del otro lado.

—    Hola —respondió con voz apagada, suponiendo que ya se habría enterado de todo—. Estoy un poco mejor.

—    Me alegro entonces. Porque me preocupé al ver que no respondías.

—    Es que tuve el móvil desconectado. Necesitaba descansar.

—    No hay problema. Deseaba saber si podríamos contar contigo mañana. Verás, como Roy no estuvo durante todos estos días hay mucho trabajo atrasado y yo sola no lo puedo abarcar. Por eso quería saber si estás en condiciones de acompañarme  a mí —y resaltó «a mí»— a realizar las visitas.

No sabía si Sofi se habría enterado o no de lo sucedido, pero en ese momento entendió que le estaba tirando una cuerda de salvataje para que volviera a trabajar. Y ella verdaderamente no deseaba renunciar, así que le dijo que sí.

Volvía avergonzada, con la cola entre las patas, y esperaba que el encuentro con Roy no fuera demasiado chocante para ninguno de los dos. Pero en toda la mañana no lo vio. Al pasar por su despacho no pudo evitar notar que el buzo ya no estaba colgado en el sitio acostumbrado, y eso la preocupó. Sería entendible que Roy no solo la amonestara o incluso la despidiera, sino que la rechazara como mujer de ahí en más. Pero no iba a poder continuar esquivándolo siempre, por lo que se dijo que lo mejor iba a ser armarse de coraje y hablar con él. Así que al finalizar el turno, antes de retirarse lo fue a buscar.

—    ¿Tienes unos minutos para escucharme? —le dijo con expresión seria, asomándose a la puerta de su despacho.

—    ¿Acaso tienes algo más que agregar? —respondió él intentando aguantar la risa y mostrarse disgustado.

—    No —afirmó rotundamente, con miedo de parecer más audaz todavía—. Solo quiero pedirte disculpas.

—    Entonces no te quedes ahí —dijo Roy, levantándose de su silla—. Puedes pasar.

Tímidamente, Maite caminó unos pasos hacia él y comenzó a hablar.

—    Sé que estuve fuera de lugar. Pero te aseguro que no quise faltarte al respeto. Y por supuesto, no va a volver a suceder.

Roy la miró pensativo, antes de responderle.

—    ¿No va a volver a suceder? —dijo, en tono burlón, aunque ella no parecía de humor como para participar de su broma.

—    No.

—    Bueno, entonces te diré que estoy decepcionado. Pero lo soportaré.

E intentando mirarla a los ojos, añadió con expresión benevolente:

—    Estás disculpada.

Maite lo miró apenas de soslayo, agradecida. Pero para evitar que aquella conversación incómoda se alargara, saludó con un movimiento de su cabeza y rápidamente se marchó.

Lejos de haberla tranquilizado, las palabras de Roy la habían confundido aún más. Aparentemente, él no se había molestado por su atrevimiento sino todo lo contrario, parecía habérselo tomado con humor. Probablemente la consideraba una tonta, y sin lugar a dudas su imprudencia había disminuido terriblemente su imagen frente a él. Pero ya nada podía hacer, y de ahora en más solo debería limitarse a cumplir con sus tareas de la mejor forma posible. Además, como si fuera poco, no había vuelto a ver el buzo, el cual  parecía haber desaparecido para siempre. Y eso solo podía significar una cosa: a Roy no le interesaba tener con ella ningún vínculo que no fuera estrictamente laboral.

Pero por el contrario, Roy estaba cada día más interesado en ella, no solo en lo laboral sino en lo personal. No solo estaba muy satisfecho con su desempeño en la empresa sino que, contrariamente a lo que Maite suponía, sus tonterías en lugar de enojarlo le causaban gracia y le producían un afecto por ella que no había sentido por nadie con anterioridad. Sin embargo le intrigaba aquella obsesión que Maite tenía hacia su buzo. No dejaba de preguntarse qué era lo que este concitaba en ella tanto interés, y de alguna manera se sentía celoso de que aquella prenda le despertara sentimientos que, como hombre le habría gustado despertar él.

Encaprichado en dilucidar aquel intríngulis, Roy decidió continuar usando su  buzo en lugar de sacarlo de circulación. Sabía que era una provocación, pero disfrutaba percibiendo la pasión que este despertaba en Maite. No obstante, la situación lo exasperaba. Él, por principios, siempre había intentado prevenir cualquier relación romántica en el trabajo, pero la atracción que le despertaba aquella chica alocada transgredía toda su prevención.

Una mañana salió como de costumbre con Maite de recorrida. Su cercanía dentro del coche lo alteraba pero no se privaba de esta, y se había puesto a propósito aquel buzo para atraer su atención. Estaban transitando por un tosco camino de tierra dentro de un terreno baldío poblado de árboles y malezas en el cual se proyectaba comenzar próximamente una construcción. Iban mirando hacia afuera el entorno y hablando normalmente sobre dónde se podría ubicar el edificio,  cuando en determinado momento, justo cuando Maite iba a mostrarle un croquis que había hecho en su cuaderno, el automóvil agarró un pozo y ambos saltaron de sus asientos. Con el cimbronazo, Maite espontáneamente se aferró a Roy con fuerza, quedando su rostro prácticamente pegado al cuello de él. Al sentir su proximidad, este  se estremeció y detuvo en seco el automóvil.

—    ¡Perdón! —gritó Maite acongojada, creyendo que se hubiera molestado por abrazarlo—. No quise hacerlo. Ahora mismo voy a sentarme en el asiento de atrás.

Ante la ridiculez de su planteo y la imposibilidad de responderle seriamente, Roy cerró por un instante los ojos con impotencia. Acto seguido, abrió intempestivamente la puerta de su lado y al salir del automóvil le ordenó, con voz autoritaria:

—    No bajes.

Maite sorprendida por su cambio de humor repentino, no se movió. Lo vio alejarse hacia unos matorrales donde permaneció unos pocos segundos de espaldas a ella. Maite pensó que el movimiento brusco del auto podría haberle provocado ganas de vomitar, pero no fue así. Después vio que, siempre de espaldas, se quitaba el buzo y se lo ataba alrededor de la cintura de modo que las mangas cayeran hacia adelante tapando el frente de su pantalón. Al volver al coche no dijo una sola palabra. Y ella tampoco se animó a preguntarle si estaba bien. Nunca se percató de que había sido presa de una erección espontánea la cual, utilizando rudimentariamente aquel buzo como escudo pudo disimular.

Maite percibía que la relación entre ella y Roy se tensaba más y más cada día, y se atribuía a sí misma y a sus tonterías la causa de tal tensión. Notaba que Roy se malhumoraba con ella, y temía que se hubiera arrepentido de contratarla o que, aunque aún no la hubiera despedido, posiblemente lo hiciera a la brevedad. Pero la verdad era que Roy no se decidía a exponerse ante ella. Y además no sabía cómo manejar aquella supuesta obsesión que ella parecía tener con su buzo. Así fue que un buen día, superado por los hechos, se decidió a tomar al buey por los cuernos.

Era tarde en la noche cuando Maite escuchó que llamaban a su puerta. Al abrir, vio que se trataba de Roy y quedó cortada imaginando lo peor: Roy venía finalmente a comunicarle su cese en la empresa. No atinó a decir nada, pero sus ojos se posaron en aquel buzo gris que traía puesto Roy, y su suspiro fue más que elocuente.

—    ¿Viniste a despedirme, no es así? —exclamó con tono de resignación.

Roy la miró confundido.

—    ¿Por qué habría de despedir a la mejor asistente que he tenido en años?

—    No lo sé. Tal vez porque te defraudé. O porque soy una tonta que hace cosas sin pensar.

Lo miró preocupada esperando su respuesta, pero para su sorpresa él no le respondió. En su lugar, se quitó bruscamente el buzo y se lo estampó sobre sus manos. Ante eso, Maite enmudeció. Pero no porque él le hubiera arrojado intempestivamente el buzo ni porque al agarrarlo sus manos hubieran sentido el calor de su cuerpo en él, sino porque al quitárselo había quedado frente a ella un torso y unos brazos musculosos que la hicieron estremecer. Y como si fuera poco, en aquel movimiento intempestivo la bandita elástica que sostenía su característico moño había saltado despedida por los aires dejando caer libremente su abundante cabellera negra que flanqueó inmediatamente su rostro resaltando una mirada penetrante que ella nunca había llegado a percibir. 

—    ¿Por qué me lo das? —balbuceó torpemente, sin atinar a decir algo más apropiado para la situación—. ¿Me lo regalas?

Él la miró con una expresión mezcla de desilusión y de risa, pero evitó responder. Acto seguido y conteniendo la respiración, se marchó.

Con aquel dichoso buzo entre sus manos, Maite se dejó caer temblando sobre una butaca. Necesitaba pensar y analizar lo que acababa de suceder. Al fin tenía el buzo en su poder, pero en realidad este no significaba nada si no lo veía en el cuerpo de Roy. Sus  sentimientos no eran hacia el buzo,  sino hacia su portador. De él se había enamorado aquella noche cuando lo vio por primera vez. Roy la había enamorado con sus palabras tiernas, con su comprensión y con su firme determinación de atraerla. Actuando como una tonta se había engañado a sí misma, pero también había confundido a Roy. Por eso, después de meditarlo durante un rato, decidió irlo a buscar.

Al abrir la puerta de su departamento, Roy se sobresaltó. Maite estaba ahí frente a él, sosteniendo en una mano una bolsita con asas, y en el puño de la otra algo que no pudo ver.

—    ¿Puedo pasar? —dijo ella con voz temblorosa.

—    Depende —respondió Roy con una mezcla de agrado y dureza—. Si has venido para molestarme, ya puedes ir volviendo por donde viniste.

Roy la miraba con desconfianza y ella a él con fascinación. Tenía puesta una camisa de tartán a cuadros, sin abotonar, como si se la hubiera puesto apuradamente para ir a abrir, y su cabello había sido otra vez recogido en un moñito. Sintió un cosquilleo en su vientre y supo que su cuerpo le confirmaba que estaba ante el hombre que deseaba con pasión. Como él no le impidió que entrara, entró.

—    Roy, vine a traerte tres cosas que te pertenecen —dijo tímidamente, extendiéndole primero la mano abierta, mostrándole en su palma la bandita elástica.

—    ¿Para esto viniste? —exclamó él con una mueca, como si debiera reírse forzadamente de un chiste tonto—. No la necesito. Ya lo ves.

—    También te traje esto —dijo extendiéndole la otra mano con la bolsa.

Roy no tuvo más remedio que tomar la bolsa, pero cuando miró el contenido  inmediatamente la miró a ella con extrañeza.

—    ¿Ya no lo quieres? —dijo, con sarcasmo—. Creí que te gustaba.

—    Me gustaba, sí. Es decir, me gusta. Y mucho.

—    ¿Entonces? ¿Tenerlo ya no te hace feliz?

—    No. quiero decir…sí. Tu buzo me encanta. Pero ya no lo quiero.

—    ¿Ah, no? Porque te he visto muy alterada en su presencia.

Por un instante Maite hizo silencio porque recordó aquella infeliz anécdota y no deseaba traerla a colación. Entonces él aprovechó para preguntarle:

—    ¿Cuál es la tercera?

—    ¿Qué? —dijo Maite sorprendida, porque con los nervios se había olvidado de lo que había venido a decir.

—    Dijiste que traías tres cosas que me pertenecen, pero me diste solo dos. ¿La tercera cuál es?

Maite lo miró a los ojos y juntó fuerza para decírselo.

—    Soy yo, Roy. La tercera soy yo.

Roy no dijo nada pero se quedó esperando que ella continuara con tan insólita  declaración.

—    Roy, sé que he cometido muchas tonterías…

—    ¡Ya lo creo! —la interrumpió Roy para afirmarlo.

—    … pero estas me han servido para darme cuenta de que lo que me hace feliz no es el buzo, sino su portador. Estoy enamorada de ti. No me interesa tener tu buzo sino tenerte a ti.

Se hizo un silencio, y como él  no emitía ninguna respuesta bajó la cabeza avergonzada y se dio media vuelta con intención de marcharse. Pero apenas dio un paso cuando escuchó finalmente su voz.

—    ¡Así que no es el buzo lo que te interesa! —exclamó Roy con tono sarcástico, como pensativo—. Pero sí te interesa su portador.

Maite se detuvo y volteó nuevamente hacia él.

—    No te burles de mí. Me ha costado mucho venir a decírtelo. Ahora que lo sabes  espero que respetes mis sentimientos. Me alegraría mucho que fueran recíprocos, pero si no lo son, al menos no me guardes rencor.

—    Nunca podría guardarte rencor —dijo Roy, mordiéndose los labios para no sonreír y mostrar la alegría que lo invadía—. Lo que quise decir es que lo que planteas se puede solucionar.

Maite lo miró interrogante esperando que él le dijera cómo.

—    Digo que tal vez el portador comparta tus sentimientos y esté dispuesto a que tengas las dos cosas: al buzo y a él.

Y agregó:

—    Pero lo que no podría soportar sería ser devuelto en una bolsita.

—    No, Roy. Nunca te voy a devolver.

Y antes de abrazarlo efusivamente, no pudo evitar otra de sus niñerías:

—    Entonces… ¿puedo quedarme con el buzo? Es que me gusta mucho.

—    Está bien. A partir de hoy el buzo es tuyo. Y el portador también —y recalcó—: todo tuyo.

—    Roy: te prometo que no volveré a hacer más tonterías.

—    De ninguna manera —exclamó Roy—. Eso no lo voy a permitir.

—    ¿Por qué?

—     ¡Porque es lo que más me gusta de ti!

………………………………………………

—    Roy: nuestro hijo ha encontrado el buzo gris que estaba bien guardado, y le ha gustado tanto que quiere usarlo para ir al cine con una compañera de clase. ¿Te parece que se lo dé?

—    Por supuesto, mi amor. Posiblemente con él encuentre a la mujer de su vida.