Trabajo de equipo
Nora Sisto
El semáforo estaba próximo a dar paso. Sabía que contaba exactamente con treinta segundos, por lo que se aprontó nerviosamente al borde del cordón esperando para cruzar. Era la primera vez en dos largos años que salía sola, y a pesar de sentirse en general recuperada y bastante segura igual conservaba cierto temor. Tan pronto como vio que en el display del semáforo arrancaba la cuenta regresiva, comenzó a cruzar la avenida. Era una avenida muy ancha, así que debía apurarse si quería llegar al otro lado antes de que cambiara la luz.
Caminaba con cierta dificultad, ya que un accidente de tránsito le había producido una lesión importante en una de sus piernas, con la consecuencia de que a sus veinte y pocos años de edad para evitarse el sufrimiento de ser estigmatizada decidiera alejarse de todo, incluso de su novio que no había opuesto ninguna objeción al rompimiento. Pero en este momento toda su atención se concentraba en esos números que se sucedían más rápidamente de lo que deseaba, y su nerviosismo aumentaba a la vez que no atinaba a imprimir a su paso la velocidad con que hubiera deseado sortear ese trecho.
Cuando a escasos dos metros de alcanzar la calzada opuesta vio que el “uno” daba paso a la imagen de una manito anaranjada que anunciaba “alto el paso”, quedó petrificada. De golpe el accidente aquel volvió a su mente. Se vio a sí misma girando dentro de aquel automóvil en el que iba con su madre, la cual por evitar colisionar a un perro que se atravesó en la ruta chocó contra el guarda rail dando varias vueltas en el aire para terminar sobre el pasto de la banquina con ella aterrorizada junto al cuerpo inmóvil de aquella.
Ahora había quedado congelada en ese costado de la calzada, viendo con horror cómo los automóviles que habían esperado pacientemente la habilitación del semáforo empezaban rápidamente a circular a su espalda, mientras los de más atrás de la larga columna que se había formado a su derecha comenzaban a tocar insistentemente la bocina para que el primer coche de la fila, cuyo conductor la contemplaba con cierta condescendencia, finalmente arrancara. De pronto sintió que unos brazos la tomaban por la cintura y literalmente la arrastraban hasta el cordón de la vereda, para luego hacerla sentar sobre un murete bajo que hacía de borde a un terreno en declive con el césped prolijamente cortado. Su corazón latía agitado y parecía haber perdido toda capacidad de reacción. Observó consternada que aquel hombre se quedaba de pie frente a ella, esperando pacientemente a que se recuperara. No quería mirarlo directamente, pero había visto que era un hombre joven, delgado y muy alto, con el cabello negro y ondulado que al mirar hacia abajo le caía sobre el rostro cubriéndoselo parcialmente. Por el bochorno del momento habría deseado que éste desapareciera rápidamente de su vista, y esperaba no tener que iniciar con él una conversación.
— ¿Estás mejor?—, le preguntó éste sin embargo, con visible interés.
— Si, gracias—, contestó ella sin levantar la cabeza—. Ya puedo seguir sola.
Entonces él se despidió y siguió su camino, no sin antes voltear de tanto en tanto para dar un vistazo y comprobar que ella se levantara y continuara sin problema su camino. Se dio cuenta de que iba en el mismo sentido que él, aunque aun así y para evitarle otro momento incómodo decidió dejarla por su cuenta y se adelantó sin volver a voltear.
Al entrar en el hall del importante edificio, Margana se dirigió al mostrador.
— Buenos días. Mi nombre es Margana Ceres y tengo una entrevista de trabajo.
La chica le indicó que tomara asiento, que ya la recibirían. Al cabo de pocos minutos la puerta se abrió y una mujer muy bien arreglada la hizo pasar. Era la directora del sector. Estaba en el edificio de la compañía aérea ElAir, en un sector dedicado a la educación del usuario y la prevención de accidentes. En esa ocasión la convocatoria laboral era para reclutar postulantes con cierto nivel educativo para especializarlos en dicha área. Para Margana era su primera incursión en algo que le interesara después de tanto tiempo de inactividad, por lo que tenía una gran ansiedad de saber exactamente en qué consistiría el trabajo y si sería o no aceptada. Significaba además su vuelta a la escena en muchos aspectos, ya que el confinamiento en que la había mantenido su larga recuperación prácticamente la había separado de la realidad del mundo. Las lesiones recibidas no habían afectado más que a su pierna derecha; su bello rostro y su esbelta figura seguían conservando el mismo atractivo de siempre. Sin embargo, llevada por una angustia post traumática ella igual los había oscurecido voluntariamente. Su miedo mayor, dado que todavía usaba su bastón era que la gente desconociera su inteligencia y su talento y se inclinara a acercarse a ella solo compasivamente.
La entrevista fue relativamente corta. La persona que la entrevistaba ya había cotejado sus estudios y referencias, y al momento la contrató. Le ordenó que viniera al día siguiente al horario establecido, que allí obtendría toda la información necesaria y que a continuación comenzaría su entrenamiento. Luego pasaría a formar parte de un equipo de trabajo, y un líder les indicaría las tareas a realizar.
La reunión informativa era en un pequeño anfiteatro. Como llegó temprano dejó su bolso y su chaqueta sobre uno de los asientos en una de las filas del medio, sobre el pasillo para no molestar con su pasada. En la parte frontal ya había dos personas acomodando una pantalla de proyección, y cuatro o cinco postulantes como ella que aprovechaban la ocasión para comentar las expectativas y aventurar qué les iban a ofrecer. Se acercó a ellos y conversó un rato mientras se iba llenando el anfiteatro. Cuando fue la hora de empezar, la directora y un par de personas más entraron y se fueron acomodando al frente del salón. Entonces ella se fue rápidamente a su lugar. Ahí fue cuando lo vio. Fue solo una vista fugaz porque no quiso volver a mirarlo, pero estaba segura de que era el mismo hombre que la había ayudado en la calle. Estaba parado en el fondo del salón y cuando se dio vuelta para ir a su asiento le pareció que él ya la estaba observando. De algún modo eso la incomodó, porque no dejaba de sentir cierta vergüenza por haber protagonizado en plena calle y a la vista de todo el mundo una situación tan embarazosa.
La charla duró más o menos una hora. Había sido muy motivadora, y se sintió enormemente entusiasmada por empezar a trabajar. La tarea que les proponían era para ella un desafío, porque tenía que ver con comportamientos saludables relativos a la actividad de la aerolínea. Cuando ocurrió su accidente estaba casi al término de su carrera de Medicina, por lo cual éste además de haber producido un corte abrupto en su vida personal también había bloqueado en cierta forma su camino profesional. Dos largos años de tratamiento médico y psicológico la habían sumido en un profundo impasse que le había arrebatado no solo un tiempo precioso sino además sus ganas de vivir y prosperar en la vida. Además, se había convencido de que la lesión en su pierna la inhibía para ejercer la profesión que había elegido, y por eso se había propuesto abandonarla definitivamente. Ahora, empujada por su padre había accedido a presentarse a esta posibilidad laboral que podría tal vez abrir una ventana de esperanza a su actividad productiva. Se sorprendió de lo mucho que estaba entusiasmada.
Al finalizar la charla, mientras todos los asistentes se dirigían a la puerta de salida hizo un poco de tiempo para evitar encontrarse con él. Esperó a que casi todos se hubiesen retirado para ella salir. No estaba interesada en seguir en contacto con alguien que había conocido en circunstancias tan vergonzosas, por lo cual salió con la cabeza gacha evitando localizarlo en la maraña de gente. Pero cuando estuvo afuera, ahí estaba él. Estaba rodeado de personas que le hablaban con entusiasmo y escuchaban a su vez lo que él decía. Por suerte le pareció que estaba demasiado distraído como para verla. Realmente deseaba pasar desapercibida.
El trabajo que iba a emprender estaba organizado por grupos. Cada grupo, de unas cinco o seis personas dependería de un líder que sería quien les ordenara el trabajo y supervisara el desempeño de cada uno, así como los apoyaría y respondería a sus inquietudes y dudas. Todos tenían que ir al día siguiente para enterarse de cuál era el grupo al que estarían asignados, y el nombre de cada uno de sus líderes respectivos.
En un pizarrón a la entrada del edificio se encontraban las listas ya armadas de cada equipo, así que Margana supo cuál sería el suyo. En su grupo eran seis personas en total, el nombre de su líder era Beltrán Dupré, y el punto de encuentro sería uno de los salones del edificio a las cuatro de la tarde. Anotó todo para no confundirse, y a la hora señalada se presentó en el lugar.
Cuando entró al salón ya estaban las otras cinco personas. A algunas de ellas ya las había visto el día anterior y le habían parecido sumamente agradables, así que se alegró de encontrarlas. Comentaban la suerte de haber sido asignados al grupo del capitán Dupré, porque según su entender era de los tutores más capaces. Cuando era casi la hora de comenzar, su líder apareció. Quedó fría. Era el mismo hombre que la había salvado de su incidente callejero y que había deseado evitar a toda costa. Instintivamente buscó esconderse, y cuando él comenzó a nombrarlos uno a uno no supo para dónde mirar. Él saludó a todos cortésmente y cuando se enfrentó a ella para darle la mano le pareció que le sonreía con especial simpatía. Ahora su cabello estaba peinado hacia atrás, por lo que cuando se le acercó pudo apreciar por primera vez su intensa y cálida mirada. Margana respondió al saludo con una sonrisa un tanto nerviosa, y luego se acomodó en su asiento.
— Tuvimos suerte—, le dijo susurrando la chica que se había sentado a su lado.
Por el contrario, Margana no creía haber tenido suerte y comenzó a preocuparse pensando que durante todo su trabajo estaría incómoda recordando el momento vergonzoso que había pasado frente a él. Por eso cuando estaba por marcharse a su casa pasó primero por la Administración y solicitó un cambio de grupo. Le prometieron que lo resolverían y que al día siguiente estaría solucionado. Por eso, cuando al día siguiente volvió estaba tranquila porque finalmente su actividad iba a estar libre de toda nube oscura. Pero se equivocó. Porque no bien llegó, del mostrador de entrada la llamaron y le indicaron que se presentara inmediatamente en el despacho del capitán Dupré. Cuando entró, él la estaba esperando con una expresión un poco extraña. Parecía que estaba molesto.
— A mi equipo lo elijo yo—, le dijo enfáticamente y con un cierto dejo autoritario—. Si incluí a la postulante Margana Ceres en el mío fue porque pienso que es una de las personas más capacitadas y que más puede aportar para el éxito del trabajo.
Y como ella se había quedado callada continuó con un tono menos duro:
— No quiero pensar que tu deseo de renunciar al grupo se deba a que trabajar conmigo pueda ser un inconveniente, y si tal vez lo pudiste suponer me gustaría que lo pensaras bien y que recapacites. Espero que depongas de tu deseo de cambiarte.
Cuando él comenzó a hablarle Margana miraba el piso, pero a medida que lo escuchaba, sus palabras amables y francamente sensatas fueron haciendo que lentamente levantara la cabeza y lo mirara a los ojos. Su expresión era sincera. No era compasiva. Entendió que él nunca iba a burlarse de ella ni a tratarla con pena. Entonces le dijo que sí. Que se quedaría con él.
Sin dudas, el capitán Dupré sabía cómo trabajar. A todos los participantes los trataba ecuánimemente, y en particular a ella se dirigía como si nunca antes la hubiese visto. Esto alegraba enormemente a Margana porque si bien siempre le estaría agradecida por su actitud, realmente se había sentido muy incómoda al conocerlo. Sus compañeros de trabajo también se comportaban respetuosamente hacia ella, haciéndola olvidar por completo de su supuesta incapacidad. Y así comenzaron a pasar los días y los meses, en un ambiente de mucho optimismo y con gran satisfacción de todos por los avances en su trabajo conjunto.
Estaba programado que al finalizar el sexto mes de trabajo daría comienzo la evaluación general, y todos los equipos estaban obligados a hacer un balance de lo actuado hasta ese momento. En el mismo anfiteatro al que habían asistido la primera vez podrían exponer los resultados obtenidos así como una evaluación y confrontación respecto a las metas proyectadas. Para esto deberían reunirse previamente durante varios días para la preparación de los informes. Una de las chicas del grupo ofreció su casa, así que las reuniones se realizaron allí.
El capitán no participaba de dichas reuniones ya que se trataba de un trabajo exclusivamente del equipo. En una de las mismas, como era de esperarse salió el tema de conversación. Algunos de sus compañeros lo conocían por haber trabajado con él en otras oportunidades. Uno de ellos dijo saber que tenía fama de mujeriego, y contó que lo habían visto salir con varias de las chicas participantes, mientras que los otros lo negaron rotundamente. Contaron que se dedicaba de lleno a su trabajo porque quería olvidar un episodio de gran estrés que había vivido. Beltrán Dupré era piloto aeronáutico, y había trabajado para la empresa ElAir durante varios años, y era el capitán de cabina el día en que un aterrizaje complicado puso en riesgo su vida junto a la de todos los pasajeros. La trascendencia mediática y personal de tal situación había sido de tal magnitud que lo hizo alejar voluntariamente por un tiempo y dedicarse mientras tanto a tareas menos riesgosas. Mantenía sin embargo su título de capitán con el que lo conocía la mayoría de la gente. Margana se limitaba a escuchar. Su primera impresión le impedía suponer que una persona con la franca actitud de colaboración que él había tenido hacia ella fuese alguien egoísta o vanidoso, y menos aún cobarde. Comenzó a darse cuenta de que le importaba. Era un sentimiento confuso, de agradecimiento pero también de admiración. No quería aceptar que fuese amor, pero sí tenía claro que no le era indiferente.
Su contrato de trabajo era en principio por seis meses, con posibilidad de ser renovado. Durante ese lapso, Margana se adaptó plenamente al mismo y a su equipo. No bien se iba compenetrando en su trabajo se daba cuenta de lo mucho que éste significaba para ella. Pero también se daba cuenta de que no era simplemente una tabla de salvación sino que su aporte era en verdad muy importante. Estaba comenzando a entender por ella misma que su inconveniente locomotor no había afectado en lo absoluto a sus competencias intelectuales y emocionales, que permanecían intactas. Por su lado el capitán parecía estar empeñado no solo en exigir su eficiencia laboral, sino en lograr su reinserción en un mundo de actividad cuyo abandono le parecía absurdo. Parecía captar el dolor sufrido por ella y el bloqueo que éste le había impuesto a su capacidad humana reprimiéndola injustamente. Por eso cada vez que surgía el tema le preguntaba si reanudaría próximamente sus estudios de Medicina. En principio Margana se negaba rotundamente, pero a medida que pasaba el tiempo parecía estar dispuesta a considerarlo. Sus compañeros de trabajo también la alentaban, mostrándole cada vez que se daba la oportunidad lo beneficioso que podría ser para todos su aporte como médica.
El contacto de Margana con el capitán era bastante esporádico. Aun así, sentía que cada uno de sus encuentros estaba cargado de una expectativa especial. Creía que no era solamente ella la que tenía esa sensación, pero sin embargo no se concedía la posibilidad de que en su estado pudiese generar atracción en un hombre. Sin embargo, cuando se encontraban sentía que él se alegraba de verla, y cuando se miraban creía ver en su rostro una expresión distinta de la que mostraba a los demás. Pero cuando la abatía su depresión volvía a convencerse de que todo era invención de su mente. Por eso optaba por actuar con cautela y nunca manifestarse explícita.
Un día se enteró de que el capitán Dupré retomaría próximamente su trabajo como piloto. Estaba conceptuado como uno de los mejores de la compañía, y ésta lo apuraba a reintegrarse. Si bien aquella maniobra le había causado un estado de estrés importante a raíz de lo cual se había tomado un tiempo para reflexionar, había sacado la conclusión de que no podía estar alejado de un trabajo que tanto le gustaba y que representaba su verdadera vocación. Había vuelto a sentirse seguro. Es así que unos días antes de que los equipos que dirigía se presentaran a exponer su trabajo final, les comunicó su decisión de retomar los vuelos. Su resolución fue un sacudón muy fuerte para Margana, porque el relato de la infortunada experiencia pasada por él la había llenado de temor, pero no se lo dijo. Lo había felicitado efusivamente, igual que todos.
Cierto día, cuando iba entrando al edificio de la Compañía lo vio salir. Iba vestido con el característico uniforme azul con charreteras doradas, y acompañado por una chica muy bonita y arreglada, que pensó sería tal vez una azafata porque llevaba el atuendo típico. Al ver a esa chica sintió una gran amargura, un poco porque ocupaba el lugar que ella habría deseado al lado de él, pero en particular por sus tacones muy altos a los que miró con tristeza, preguntándose si alguna vez en su vida podría volver a usarlos. Quiso forzarse una sonrisa, pero al cruzarse con ellos el capitán la saludó con cierta frialdad, dejándola tan desconcertada que no atinó a responderle el saludo. Unos pasos más adelante volteó para seguir a la pareja con la mirada, hasta que los vio subir a un taxi. ¿Acaso era su novia? Una sensación de depresión la invadió. Había sido una ingenua al suponer que alguien como él pudiera poner atención en ella. Había alimentado esperanzas absurdas con las cuales se había motivado sin razón. Pero ahora era momento de despertar. Estaba convencida de que su etapa de chica bonita y atractiva ya había pasado. Y si en un tiempo había lucido tan hermosa como esa mujer desconocida, ahora era simplemente una sobreviviente luchando por reflotar su vida. Como estaba comprometida con su trabajo y el de su equipo se mentalizó en que debía seguir concentrada en eso y dejar de soñar quimeras. Por suerte a él no tenía necesidad de verlo asiduamente, y solo lo encontraría en la evaluación final. Después, si continuara sintiéndose a disgusto podría cambiar de trabajo. O tal vez continuar sus estudios.
Entonces llegó el día de la presentación. Estaban un poco tensos porque todos querían que la exposición de sus respectivos equipos fuese la mejor. Margana y sus compañeros se habían sentado todos en una misma fila, esperando su turno con el material a exponer. Se suponía que la presentación la haría el equipo junto a su líder, pero éste aún no había llegado. Todos sabían que ese día volvía de un vuelo bastante largo, pero él había asegurado que allí estaría. Sin embargo no había venido. Margana miraba de a ratos disimuladamente a la puerta, pero el capitán Dupré no aparecía. A medida que pasaban los minutos y los demás equipos exponían uno a uno sus trabajos, se comenzó a preocupar. A pesar de no querer verlo, no era lógico que él no estuviera. Él había dicho que iba a venir. No quiso comentar su inquietud para no ponerse en evidencia, por lo cual calló y esperó. Pero en determinado momento, vio que alguien entraba presuroso al anfiteatro y se dirigía a la directora, quien luego de escuchar lo que éste le murmuró al oído salió raudamente excusándose con el resto de los asistentes. Entonces pensó lo peor.
Con el pretexto de ir al baño, Margana salió nerviosa del salón. Al llegar al hall de entrada alcanzó a escuchar que la directora hablaba por teléfono con alguien a quien solicitaba el nombre del hospital, luego de lo cual vio que salía a la calle rápidamente. Pero no tenía la suficiente confianza para preguntar qué había sucedido. Entonces se hizo de valor y acercándose a la telefonista le preguntó si sabía si el capitán Dupré había dejado algún aviso de no asistir. Ésta le dijo que no, pero que recién había telefoneado alguien preguntando por la directora, aunque no sabía si se trataba de él.
Un flashback la recorrió de arriba a abajo. El recuerdo de su accidente y de cómo la noticia había golpeado a su padre la invadió. Se olvidó completamente del trabajo a presentar, de sus compañeros que la estaban esperando y de todo. Sólo pensaba en él. Le pidió encarecidamente a la chica de la Recepción que le proporcionara su número telefónico para llamarlo. Tenía que saber si estaba bien. Pero justo en el momento en que ésta volvía con un papel en donde se lo había anotado, escuchó a sus espaldas una voz que le decía con tono irónico:
— ¿Qué estás haciendo acá mientras tus compañeros están trabajando? Vamos, que nos están esperando.
Se dio vuelta al instante y al verlo palideció. Él creyó que estaba enferma.
— ¿Qué te pasa? ¿Te sientes bien?— le dijo preocupado.
Trató a duras penas de no transparentar sus sentimientos, y mordiéndose para no largar el llanto le dijo:
— Si. Estoy bien. Sólo quise confirmar si venías.
Entonces él le contestó mirándola con cierta incredulidad:
— Si. Estoy acá. Contigo.
Por un instante ninguno de los dos se movió. Solo lo hicieron cuando el teléfono volvió a sonar y mientras lo atendía, la telefonista les hizo señas de que no se fueran. Luego de hablar por menos de un minuto, ésta le comunicó al capitán:
— El esposo de la directora se sintió mal y lo llevaron al hospital. Por eso la directora tuvo que irse. Pero ahora llamó diciendo que estaba todo controlado y pidió que mientras tanto Ud. se haga cargo de la dirección del evento. Ella más tarde se comunica con Ud.
— Está bien. Gracias. Ya voy.
Y volviéndose a Margana le dijo, simplemente:
— ¿Vamos?
Al finalizar la presentación todos quisieron ir a festejar. Ella no estaba de mucho humor porque había quedado conmovida con lo sucedido un rato antes, pero igual accedió.
El pub estaba lleno de gente, algunas personas que conocía y muchas otras que no. Había música, y después de dos o tres copas todos salieron a bailar. Margana se quedó sentada y el capitán con ella. No quería hablarle para no quebrar la emoción que aun la turbaba. Su encuentro había sido además de emotivo bastante confuso, y prefería no equivocarse extrayendo conclusiones aventuradas. Pero tampoco quería demostrarle indiferencia. Por suerte él fue quien comenzó la conversación.
— ¿Pensaste que me había pasado algo? —, le preguntó de improviso.
Ella se sonrojó porque no esperaba una pregunta tan directa.
— No…., es decir. Solo fui a preguntar por qué estabas demorado.
— ¿Estás segura?
Ella no entendía su insistencia. Por eso lo miró fijamente. Él la miraba con una gran ternura. Más de la que solo un compañero de trabajo o alguien que siente compasión podría expresarle. Se quedó muda. Pero no podía perder la oportunidad de avanzar.
— ¿Por qué me lo preguntas?
— Porque de lo que me contestes depende lo que tenga que decirte a continuación.
Le pareció que todo su cuerpo se estremecía. No se había animado a decirle lo que sentía porque temía ser rechazada. Pero las palabras de Beltrán le habían dado coraje y se decidió.
— Tuve mucho miedo de que te hubiese ocurrido un accidente. Cuando nos sucedió a mi madre y a mí, quienes más nos querían sufrieron terriblemente. No puedo olvidarme de lo que pasó, y no podría pasar otra vez por lo mismo. Sobre todo si le sucediera a los que más quiero.
Él la miró con una sonrisa de satisfacción, y la sorprendió diciéndole:
— ¿Bailamos?
Ella solo le respondió con un gesto afirmativo. Entonces él la tomó de la mano, y rodeándole la cintura con el brazo la llevó a donde estaban todos. Al verlos, los demás comenzaron a festejar con aplausos su incursión en el baile, y como era de esperarse también aprovecharon la ocasión para cuchichear entre ellos.
— Después de todo no me dijiste por qué tardaste tanto —, preguntó ella de pronto mientras bailaban.
— Simplemente no encontraba un taxi.
— Y ¿quién era la chica con la que te vi irte el otro día?
— ¡Sabía que me estabas observando! Jaja. Es mi hermana. Es azafata y muchas veces me acompaña en el vuelo. Ya la conocerás. ¿Te pusiste celosa?
— ¿Yo? Para nada.
— No te creo.
— ¿Acaso lo hiciste a propósito?
— ¿Tú qué crees? Tenía que averiguar si te importaba. Por cierto, mi hermana cree que te han gustado sus tacones, así que quiere que sepas que está dispuesta a prestártelos.
— ¿Sabes que el mes próximo retomo mis estudios de Medicina?
— ¡Excelente! Siempre quise casarme con una doctora.
Le dio una vuelta y acercándola a él le dijo secretamente:
— ¿Nos vamos de aquí? Prometo acompañarte al cruzar la calle.