Trans-humanidad
Nora Sisto
Bianca había estado casada con Henry por casi tres años. Creían estar muy enamorados, y su vida conyugal era prácticamente normal. Hasta que un día, Henry comenzó a darse cuenta de que su verdadera naturaleza estaba más de acuerdo con el género femenino. Fue así que, de la noche a la mañana, decidió convertirse en una mujer.
Esta situación había devastado terriblemente a Bianca, haciendo que de ahí en adelante no lograra volver a posicionarse sobre seguro, en su vida. Había tenido que aceptar con dignidad la orientación de quien había sido su pareja hasta entonces, pero ella misma había quedado desorientada.
Desde que se separaron, no se habían vuelto a encontrar. A más de un año de la conmoción, Bianca no había logrado sobreponerse todavía a aquella inesperada vuelta de tuerca. Ellos se habían amado. Habían sido, felizmente un hombre y una mujer. Por eso no podía asimilar el motivo de aquel cambio. A su natural desesperación se había sumado un duelo imposible de procesar, dado que el objeto de su amor ya no existía como tal, y más aún, parecía no haber existido nunca. Todo eso había detenido drásticamente su vida.
A raíz de su trans-generización, Henry se había cambiado el nombre. Había pasado a llamarse Henrika. Como trabajaba en la misma empresa farmacéutica que Bianca, para evitarle la amargura de tener que verla asiduamente, Henrika había optado por cambiar de trabajo. Había conseguido un puesto de similares características en otra empresa del mismo rubro, que quedaba en otra ciudad, a varios quilómetros de allí. A pesar de haberse transformado en Henrika, conservaba un gran cariño hacia Bianca y deseaba sinceramente que lograra retomar el curso de su vida. Pero Bianca todavía no había logrado salir del pozo.
Iba a realizarse un importante congreso de la industria farmacéutica de la región, por lo cual cada una de las empresas del ramo, de los países linderos enviaría delegados a participar en él. Era prácticamente el evento del año, y por eso iba a durar varios días. Henrika ya tenía una nueva pareja. Era un hombre que Bianca no conocía. No era colega ni integraba el ambiente farmacéutico, por lo cual Henrika en esta ocasión viajaba sola.
Cuando Bianca llegó al hotel, quedó deslumbrada. El lugar era espléndido. En la recepción, una comitiva esperaba a los invitados y los registraba, asignándoles sus respectivas habitaciones. Había arribado junto con un grupo bastante numeroso de participantes que provenían de varios países, por lo cual, en ese momento la recepción estaba prácticamente colapsada. El hotel era acogedor y pintoresco, pero no era muy grande. Por ese motivo, para muchos de los congresistas, las habitaciones iban a ser compartidas.
A Henrika esto no le molestaba, porque era una persona muy sociable. No obstante, a los organizadores del evento, alertados de sus características personales, les pareció que no podían incluirla en cualquier habitación. Era sin lugar a dudas una situación un tanto incómoda, y nadie sabía realmente cómo manejarla. En ese mundillo todo se sabía, y por eso quisieron evitar cualquier indiscreción. Entonces, para cubrirse, decidieron asignarle la misma habitación que a Bianca.
Cuando Bianca entró a la habitación, no supo qué decir. Minutos antes le habían advertido con quién se alojaría, pero de todos modos, eso no fue suficiente para amortiguar la impresión. Ahí estaba quien había sido el hombre de su vida, ahora convertido en una mujer que no conocía.
— Hola Henrika —atinó a decir, tratando de ser amable y disimular su desconcierto.
— Hola Bianca. ¡Qué sorpresa!
Entre la acomodación de todos los invitados y el desarrollo efectivo de las conferencias, el congreso iba a durar unos tres días. Después, la agencia de viajes había ofrecido a los interesados extender el alojamiento por dos o tres días más a quienes así lo desearan. De este modo podrían disfrutar de las instalaciones del lugar, a modo de una pequeña vacación. Y muchos de los asistentes habían aceptado. A Bianca, en un principio la idea le había encantado, sin embargo, dadas las circunstancias pensó que lo mejor sería irse lo más rápidamente posible.
El hotel estaba enclavado en la cima de una montaña, donde funcionaba además una estación de esquí. La organización del evento había elegido esa locación porque conjugaba el interés turístico con la cercanía geográfica de los países que intervenían en el mismo. El complejo estaba formado por una serie de cabañas de troncos que rodeaban un edificio central donde funcionaban las oficinas. Allí también estaban ubicados los salones de conferencias y una enorme piscina techada. Era un lugar con un paisaje privilegiado, que era visitado asiduamente por los turistas, especialmente en esa época del año ya que permanecía cubierto de nieve.
Bianca se asomó a la ventana de la habitación, y descorrió un poco la cortina para ver mejor. Desde allí podía observar los picos nevados que rodeaban el lugar dándole un marco absolutamente impresionante. Al entrar había dejado la maleta apoyada sobre el piso, porque todavía no había decidido si iba a quedarse. Ella sabía que Henry continuaba trabajando en una farmacéutica, pero había tenido esperanzas de no encontrarse con él. Es decir, con ella. Pensó que haber aceptado la invitación al congreso tal vez no había sido una buena idea.
Mientras ella cavilaba, Henrika parecía no prestarle demasiada atención. Estaba atareada sacando la ropa de su maleta y la guardaba, distribuyéndola entre el armario y la cómoda. Siempre había sido una persona muy simpática y sociable, pero ahora en su versión femenina esos rasgos parecían irle aún mejor.
— Te dejo los cajones de arriba para ti —le informó, mirándola apenas—. Ya no uso trajes, por lo que no necesito más que una de las perchas para mi abrigo — agregó, burlándose de sí misma, como para animarla.
— Gracias —respondió Bianca por cortesía, aunque todavía no sabía si iría a necesitarlos —. Dejo mis cosas aquí— le anunció, mientras salía por la puerta —. Tengo que hacer un trámite.
En el hall central todavía había bastante gente. A algunos de los asistentes los conocía de eventos anteriores, y supuso que otros serían turistas no vinculados al congreso. Trató de mantenerse en un rincón, alejada de todos para evitar saludar. No estaba aún convencida de querer hacer frente a una situación tan embarazosa. Afuera ya estaba anocheciendo, y se veía caer suavemente la nieve. Se quedó un rato junto a uno de los ventanales, admirando aquel majestuoso escenario, mientras trataba de poner en orden sus ideas. Estaba en eso cuando Henrika le habló.
— ¿Pudiste arreglar tus cosas? —le preguntó con amabilidad, aunque podía imaginarse cuáles eran sus dudas.
— No, aún no. Había mucha gente en el mostrador, por lo que decidí esperar.
— ¿Quieres ir a tomar un chocolate caliente? Te vendrá bien. Ven, te invito.
Desde su separación legal y física hacía más de un año, era la primera vez que volvían a juntarse. Bianca había supuesto que ese encuentro seria traumático o aterrador, pero se sorprendió al constatar que en ese momento no sentía nada de eso. A pesar de que él se hubiera transformado, parecía no haber cambiado el cariño que alguna vez los había unido.
Al día siguiente el congreso comenzaría temprano en la mañana, de modo que ambos coincidieron en que sería mejor retirarse a descansar. Bianca estaba cansada por el viaje y abrumada por el estrés del inesperado encuentro, por lo que supuso que en la mañana, con la mente más fresca, sabría qué decidir.
La jornada de trabajo fue intensa. Al discurso inaugural siguieron las presentaciones de las distintas empresas. Bianca acudió a todas, porque las encontró interesantes. Más tarde hubo un corte para el almuerzo, después del cual retomarían el trabajo, por la tarde. El salón comedor no era demasiado grande, pero aun así Bianca y Henrika no compartieron la mesa. Bianca era la única asistente en representación de su empresa, pero Henrika formaba parte de una delegación en la cual ella no pensaba entrometerse.
Bianca trataba de no acercarse muy familiarmente a Henrika, pero la observaba desde su lugar. Sin duda, Henrika tenía un montón de amistades, hombres y mujeres, que la acompañaban en cada instancia. Incluso en los momentos de break se la veía siempre rodeada. Bianca comenzó a darse cuenta de que, a pesar de haberle vuelto su vida miserable, no podía odiarla. Tenía otra apariencia, otro cuerpo, pero eran sus mismos ojos, su misma voz, su misma sonrisa y su misma piel, la misma piel que tantas veces la había seducido. Entonces, su confusión se acrecentó.
El primer día del congreso ya estaba avanzado, y en su empresa tomarían muy mal el hecho de que su única delegada se retirase sin un motivo válido. Por eso se quedó.
A la noche, las actividades del día se cerraron con un brindis en el salón principal. Bianca tenía que salir en la foto, para que esta testimoniara su presencia. Pero después de eso y de varias copas de champán, se retiró a su habitación.
Le llamó la atención que Henrika aún no hubiera llegado. Y sin explicarse por qué, la esperó. Tendida en su cama, rememoraba aquellos momentos increíbles que habían pasado juntos, durante su breve matrimonio. Y esto le causaba una angustia extrema. Demasiado pronto se había tenido que separar de él, y aún llevaba consigo el recuerdo de aquella pasión imborrable. Por eso, cuando Henrika abrió la puerta, no la miró a ella. Lo miraba a él.
Henrika no se animó a decirle nada. Conocía de sobra esa expresión de su mirada. Pero cuando se disponía a acostarse, Bianca le habló.
— ¿Ya te operaste? —le preguntó de improviso.
— No, aún no.
— ¿Pero vas a hacerlo?
— Probablemente sí. He consultado varios médicos, y me aconsejaron hacer algunos estudios previos, debido a mi edad.
No eran unas simples desconocidas. A pesar de su cambio radical, Henrika conservaba por Bianca el afecto de siempre. No podía olvidar que ella había sido la mujer de Henry durante todo aquel tiempo, y que él nunca la había defraudado. Él no había querido hacerle daño. Solo que, cuando tuvo consciencia de su verdadera inclinación, no pudo mentirse a sí mismo. Su íntima convicción había ganado la batalla. De ahí en adelante había tenido que asumir su decisión, sin poder evitar que esta la lastimara. Por eso sentía que, de algún modo, estaba en deuda con ella.
— ¿Y tú? ¿Qué ha sido de tu vida en este tiempo? ¿Tienes pareja? —le preguntó amablemente, para dar algún giro a su conversación.
— No. No la tengo —respondió, con un dejo de melancolía.
Bianca no tenía intención de reprocharle nada. Estaba acostada boca arriba, y miraba pensativamente el techo. Se imaginaba que para él no había sido una decisión fácil de tomar. Sin embargo, ella había salido profundamente herida. Como comprendió que la conversación venía de corte serio, Henrika se acomodó de costado en su cama, y con la cabeza recostada en su brazo la miraba, escuchándola atentamente. Bianca seguía mirando el techo, pero por el costado de su cara se veía brillar un surco de lágrimas.
— ¿Me guardas rencor? —le preguntó con tristeza, porque su intención nunca había sido lastimarla—. Nunca pudimos hablar sinceramente de esto.
— No. No es eso.
Bianca sentía que quien le hablaba no era Henrika. Era la voz de Henry. Y Henry le hablaba desde su corazón. Había transformado su ser, y con él su manera de expresar su sentir hacia una pareja. Pero solo el deseo es capaz de cambiar de norma, el amor no. El amor es universal.
— ¿Sabes? Nunca me diste la oportunidad de despedirte. Te decretaste mujer y te fuiste, dejándome sola. Supusiste que era fuerte y asumiste que iba a aceptar tu decisión con inteligencia. Pero ni siquiera te acercaste a mí para saber qué sentía.
Se incorporó, sentándose al borde de su cama porque se sofocaba con el llanto. Después de tanto tiempo, recién en ese momento podía exteriorizar todo lo que había sufrido. Se puso de pie. Su tono era más dramático porque parecía estarle hablando a alguien que ya no existía. Su interlocutor era un fantasma, pero quien la escuchaba lo hacía con respeto genuino. Él había ejercido su derecho a decidir, pero ella no había tenido opciones. Había perdido fatalmente al hombre de su vida, y el amor que le profesaba agonizaba aún, a la deriva.
Henrika la miraba compasiva. Recordaba lo mucho que Henry la había amado. Y aunque ella no podía profesar deseo ferviente de amor hacia esa mujer, su instinto humano le empujaba a consolarla. Así que, sin levantarse, estiró el brazo y tomó su mano. Con ternura la atrajo hacia sí, y le hizo lugar junto a ella, en su cama.
Al día siguiente, la agenda del congreso fue bastante agitada. Como era el último día de trabajo, no había un minuto que perder. Las distintas delegaciones tenían una actividad tan intensa, que Bianca no tuvo tiempo de pensar. Recién a la hora del almuerzo, se dio cuenta de que Henrika no estaba.
Fue corriendo a la habitación. Pero al abrir la puerta se encontró con que faltaban sus cosas. Se dirigió hacia la recepción del hotel, y allí le informaron que había tenido que marcharse de improviso por motivos familiares. Le habían conseguido un vuelo al mediodía, y a esa hora seguramente ya estaría volando de regreso.
Pasaron varios meses. Bianca se había reintegrado a su rutina laboral. Milagrosamente, había recuperado las ganas de vivir y pensaba en el futuro con alegría. Había decidido no contactarse con Henrika, porque finalmente había logrado dar un paso adelante. Su vida amorosa ya no la atormentaba. Aunque por el momento seguía sola, sabía con certeza que no deseaba buscar a nadie más para compartir su vida. Su nuevo amor estaba dentro de ella, y crecía cada día a pasos agigantados.
El restorán estaba muy concurrido. Bianca estaba sentada en una mesa con varios amigos festejando el cumpleaños de uno de ellos, cuando Henrika entró. Venía acompañada de su actual pareja, un hombre joven y bastante atractivo. Al notar que iba a pasar cerca de donde ella estaba, Bianca se intranquilizó. Para evitar que se acercara, intentó saludarla con un discreto movimiento de su cabeza, esperando que siguiera de largo. Sin embargo, algo la hizo detenerse abruptamente, justo al pasar junto a ella. Era la barriga de ocho meses de Bianca.
Al ver su cara de estupor, Bianca se estremeció. Temió que le preguntara frente a todos. Cuando vio que Henrika y su pareja se acomodaban en una mesa bastante alejada, creyó que ya podía estar tranquila. Así que, al rato se levantó y fue hasta el baño, donde se quedó unos minutos, mientras se serenaba. No cayó en la cuenta de que Henrika ya no era Henry, y que por lo tanto podía encontrarla allí.
— ¿Es mío, verdad? ¿No pensabas decirme nada?
Pensó en mentirle. Pero no tenía por qué. Además, iba a ser demasiado sencillo sacar una simple cuenta.
— Si. Es tuyo. Es nuestro. Creí que sería lo mejor para ti que no lo supieras. No quise que interfiriera con tu vida actual. No fue por otra cosa. Es un varón. Va a llamarse Román. Si lo deseas, puedo avisarte cuando nazca.
Y así lo hizo. Cuando nació, Henrika fue a conocerlo al hospital.
— ¿Viniste sola? ¿Tu pareja no quiere conocerlo?
— No. Ya no estamos más juntos. No me perdonó que lo hubiera engañado contigo.
— Lo lamento, Henrika. Parece que esta vez es mi culpa.
— Estuve pensando mucho desde que te vi en el restorán. Sabes que siempre deseé tener un hijo. Deseaba ser padre. Aunque ahora estoy orgullosa de ser madre, igual que tú.
Se reía, porque estaba francamente alegre y emocionada. Bianca también lo estaba. La situación era totalmente inusual, pero no era inusual que fueran dos personas sinceras, unidas por un amor simultáneo.
— Es el único hijo biológico que tendré, porque ya me he operado— dijo, simulando pesar, aunque se sentía finalmente realizada. Y agregó, intentando bromear, como para distender el momento—: Aunque quisiera, no podría repetir la misma historia.
Bianca la escuchaba con emoción. Henrika estaba en lo cierto. Ese niño no tenía en realidad una madre y un padre. Tenía dos madres, que sabían con seguridad que iban a amarlo toda su vida. Así que cuando Henrika le propuso que vivieran los tres juntos, aceptó. Iba a ser una familia original, pero sabía que iban a lograrlo.
Pasaron veinticinco años. Román, que a esa altura era químico farmacéutico e investigador, recibió en cierta ocasión un premio importante. Cuando le tocó hablar frente a la audiencia, sus palabras fueron reveladoras.
— “Agradezco en primer lugar el otorgamiento de este premio, y quiero dedicarlo con todo cariño a las mujeres de mi vida. A mi esposa, que siempre me ha apoyado. También a mi hija. Pero en especial a mis dos madres, Bianca y Henrika, que además de haberme dado la vida, dedicaron por entero la suya para que yo pudiera llegar a ser quien soy. Muchas gracias.”