Transacción completada
Nora Sisto
Sienna cerró la persiana de la ventanilla y miró una vez más su reloj. Eran las dos de la mañana. El avión estaba próximo a aterrizar así que se abrochó el cinturón y se recostó en el asiento para esperar. Ya se divisaban las luces de la ciudad y el día parecía propicio, sin embargo ella no venía con demasiadas expectativas. Viajaba sola, en primera clase y había dormido bastante bien pero sabía que le aguardaban unos días fuera de lo normal.
A la salida del aeropuerto pudo localizar inmediatamente a la persona que la había ido a buscar. Era una chica muy bien arreglada que, sosteniendo un cartelito con su nombre en una mano y una agenda en la otra, le sonrió presentándose como su asistente personal para los próximos días. Afuera, un coche negro con chofer esperaba para conducirla a su hotel. Había traído solo una pequeña maleta, ya que no pensaba quedarse más de tres días, o cuatro a lo sumo, es decir los días estrictamente necesarios para concluir el negocio. Después de eso, regresaría exitosamente a su casa.
Era la menor de tres hijos de un poderoso empresario de la electrónica, y como primera tarea al incorporarse al directorio, su padre la había involucrado en un importante convenio comercial. Estaba viniendo a este país remoto a encontrarse con el hijo de otro poderoso magnate de las telecomunicaciones con el que concretaría un negocio fuera de lo común. Ambas empresas iban a fusionarse para hacer frente a un competidor con el que pugnaban por una licitación multimillonaria. Como no se disponía de mucho tiempo, habían ideado una solución un tanto drástica y original: la fusión de las dos empresas podía acelerarse si ellos contraían matrimonio. Sienna había accedido a prestarse para ese insólito arreglo porque creía tener, igual que su padre, visión para los negocios.
No conocía a su futuro esposo virtual, y tampoco le interesaba conocerlo. Habían convenido en que para la firma del contrato fuera ella quien se trasladase a su país, porque la familia del contrayente —que a pesar de que al igual que ellos estaba motivada por esa importante operación— deseaba que, por motivos de cábala o superstición, la ceremonia se cumpliera según sus ritos tradicionales. De esa manera, creían asegurar su éxito. No obstante, eso no iba a implicar ningún otro tipo de compromiso personal entre los contrayentes. Es más, estaba estipulado en uno de los puntos del contrato que no se exigiría contacto físico alguno entre ellos, y que el único objeto vinculante sería el documento firmado, del cual tendría cada uno su copia impresa para archivar. Además, para su tranquilidad, dicho contrato caducaría automáticamente y sin más trámite a los dos meses, dejando a los involucrados en absoluta libertad.
Al llegar al hotel, la chica la condujo hasta su habitación. Era una importante suite en uno de los pisos más altos, y desde sus ventanas de piso a techo podía apreciarse en un ángulo de casi ciento ochenta grados el panorama de aquella exótica ciudad. El vuelo había durado casi veinte horas, por lo cual lo único que le apetecía en ese preciso instante era meterse a la cama para descansar. No obstante, la asistente antes de retirarse le dejó una carpeta en donde estaban anotados los pasos de su agenda para los próximos días. También le entregó un teléfono celular de alta gama donde figuraban los teléfonos que le serían útiles durante su estadía. Cuando la chica se retiró, fue lo primero que Sienna fue a revisar. En el primer lugar figuraba “Surik”.
En la planificación decía que, considerando que iba a estar cansada por el viaje, tenía la mañana libre, y que al mediodía vendrían a entregarle el almuerzo para que no tuviera que salir de su habitación. Así que, sin apuro se introdujo en la espuma de aquella tina espectacular y más tarde se aprontó para comenzar la jornada. Llevaba un cómodo jogging y una camiseta cuando escuchó que golpeaban a la puerta. Miró el reloj. Eran las doce en punto.
Abrió con entusiasmo. Un botones con riguroso uniforme y guantes blancos estaba allí con una mesita rodante en la cual, debajo de las tapas de metal reluciente se podía adivinar una comida deliciosa. El chico arrastró diligentemente la mesita hasta adentro de la habitación y Sienna lo despidió con simpatía. Pero antes de cerrar la puerta observó que en el corredor un hombre de traje oscuro se había quedado mirándola. Había permanecido callado supervisando la escena y se retiró al mismo tiempo que aquel. Cuando los dos hombres se estaban yendo, Sienna no pudo evitar espiarlos por la mirilla de la puerta. Entonces constató que, mientras el botones se introducía prestamente en el ascensor de servicio, el otro caminaba unos pasos más y entraba a una habitación en la otra punta del corredor.
Según su agenda, a las tres de la tarde tenía una salida de compras junto a su asistente, y más tarde, a las siete estaba anotado “cena con el señor Surik”. ¡Al fin iba a conocer a su socio en aquel insólito negociado!
En la ciudad en la que Sienna vivía había muchas tiendas de lujo en las que ella acostumbraba comprar. Sin embargo en este caso se sorprendió; la cantidad y calidad de las tiendas era mil veces mayor. Su asistente la paseó por varios ateliers hasta encontrar los mejores vestidos para asistir a la cena y al evento principal, pero también la llevó a comprar zapatos, carteras y otros accesorios que seguramente no iba a tener oportunidad de usar. También le aconsejó llevar varias mallas de baño y otros atuendos de piscina y le llamó la atención que le indicara que no iba a ser necesario comprar ninguna joya.
Sienna tenía veintiún años y hacía poco se había graduado como economista. Su carrera había sido meteórica. Había asistido a la misma prestigiosa universidad que sus dos hermanos varones, pero por su capacidad parecía sobrepasarlos ampliamente. Aun así, poseía una ínfima cantidad de acciones de la compañía pero, una vez asegurado el éxito de la actual negociación, su padre y sus hermanos le habían prometido un notorio incremento de las mismas. Esta era, sin lugar a dudas una gran motivación.
Como a cualquier chica de su edad, le gustaba vestir a la moda, aunque no era pretenciosa y quienes la conocían la apreciaban por su sencillez. No obstante, en este caso sentía un entusiasmo especial, por lo que a las seis de la tarde ya se había probado frente al espejo todo lo que había comprado. Estaba indecisa sobre qué atuendo usaría para ir a cenar con Surik, cuando su celular sonó. Era su asistente, para informarle que la cena había sido suspendida. Asimismo le anunciaba que al día siguiente el coche pasaría a buscarla a las diez de la mañana para participar de un día en el mar. Por supuesto, se decepcionó pero a la vez le intrigó saber de qué se trataría ese “día en el mar”.
Al poner un pie en la enorme embarcación quedó impactada. Obviamente, no era la primera vez que estaba en un yate de lujo, pero este era sencillamente espectacular. Su camarote personal era hermoso. El mobiliario y las paredes de madera lustrada, con herrajes dorados brillantes enmarcaban con un gusto excelente aquella cama súper cómoda de bordes redondeados sobre la que enseguida se tumbó. Mirara por donde mirara, todo era extremadamente lujoso. El baño también era magnífico, con muchos espejos y una ducha a ras del suelo revestida con pequeños mosaicos de color azul.
Su asistente no demoró mucho en golpearle la puerta para avisarle que en media hora habría una breve reunión alrededor del jacuzzi para tomar una copa. Allí mismo tendría oportunidad de conocer al señor Surik y después de eso debería vestirse apropiadamente para el almuerzo. A Sienna le intrigaba conocerlo, pero no tanto como persona, sino por ver quién estaba detrás de todas las molestias que se estaban tomando para agasajarla. Sacaba la cuenta de que, si no se tratara —como en este caso— de una simple firma a secas, el agasajo sería quizás enésimamente mayor.
Al lado del jacuzzi había no más de ocho o diez personas, a las que ella obviamente no conocía. Pero entre todas, en seguida lo reconoció a él. Parecía haber estado esperándola ansiosamente porque no bien apareció, sus ojos se lo hicieron saber.
— Mucho gusto —dijo ella dirigiéndose directamente a él y estirando la mano para saludarlo—. Soy Sienna.
— Soy Surik, tu futuro esposo —dijo él, a modo de broma respondiendo al saludo y sonriéndole amigablemente como para romper el hielo.
Sienna se lo había imaginado diferente. Es decir, no se lo había imaginado de ninguna manera porque le tenía sin cuidado quién fuera, ya que solo estaba enfocada en culminar exitosamente la transacción. Pero al tenerlo frente a ella se sorprendió. En realidad, de lo que se sorprendió fue de lo mucho que le gustaba. Surik era alto, de tez color aceituna y cabello negro y lacio que caía sobre su frente y parte de sus ojos, también negros y de mirada penetradora y sensual. En seguida se dio cuenta de que lo había visto antes. Era el mismo que se había quedado parado en el corredor del hotel mirándola mientras el botones le entregaba su almuerzo. Eso le intrigó.
Su futuro esposo era sin dudas atractivo, y lamentó que la relación con él fuera a ser tan solo un mero trámite comercial. Pero por más que le asaltaran ideas locas, no podía salirse del libreto. Y teniendo en cuenta que por lo visto esa familia parecía ser un tanto singular, se dijo que debía llevarles la corriente y seguir al pie de la letra cada una de las directivas que seguramente le irían dando. Después de todo, nada de eso podía afectarla. En tres o cuatro días a lo sumo estaría todo finalizado y volvería a su casa con su documento triunfal.
De ahí en adelante, el “día en el mar” comenzó a ponerse más interesante de lo que había supuesto. Surik la observaba de lejos como extasiado, pero no se acercaba a conversar con ella. Y entonces Sienna se comenzó a desorientar. Surik la atraía como un imán y aquel cálido grupo de personas le hacía sentir parte de él. No habían hecho comentarios acerca del enlace, y cuando alguien hizo formalmente el anuncio, todos los presentes levantaron sus copas para festejar. Esa gente parecía estar dispuesta a involucrarse no solo comercialmente sino también de manera emocional y ella no había venido preparada para que así fuera.
Unos minutos antes de la hora del almuerzo su asistente vino a su camarote a avisarle que debía presentarse en la cubierta posterior. Se miró por última vez al espejo. Estaba deslumbrante. El conjunto que había elegido le sentaba de maravilla y se había recogido el cabello en una coleta, aunque no llevaba ni una joya porque —habiendo interpretado por su cuenta lo que su asistente le había sugerido— no sabía si ellos las aprobaban. No quiso que ésta le acompañara hasta arriba e irrumpió sola en el lugar. A ninguno de los presentes le llamó la atención su atuendo porque estaban acicalados de igual manera. Solo los ojos de Surik brillaron al verla.
Según su agenda, por la tarde no había ninguna actividad planificada, así que Sienna optó por tirarse en una tumbona al sol. Los demás habían desaparecido de la escena y ella lo agradeció para sus adentros porque así tenía tiempo para meditar. Se había puesto una malla enteriza de color blanco por temor a que sus diminutos bikinis pudieran causar alguna aprensión en esa gente que no conocía. Con su sombrero de paja cubriéndole la cara igual podía ver a su alrededor. Y lo que vio la conmovió: Surik, desde la sombra del salón, la contemplaba con ternura mientras hablaba por su móvil.
Durante la cena, Sienna tuvo que sentarse a la mesa frente a Surik, cosa que lamentó porque podía sentirse incómoda si él volvía a mirarla como lo había hecho solo un rato antes. Pero eso no sucedió. Él estuvo correcto y amable y evitó en todo momento causarle incomodidad. La cena no duró demasiado, porque según expresaron los anfitriones, el día siguiente iba a ser de mucho ajetreo y todos debían descansar.
Cuando Sienna ya creía que la velada había finalizado, Surik la invitó a zambullirse con él en el mar. Y ella no pudo negarse. Ahora sí, sin saber por qué, eligió su bikini más sexy. Estaban en medio de una bahía absolutamente calma, de agua tibia y cristalina y desde allí se divisaba el cinturón titilante de la costa. Una luz tenue proveniente de varios focos de fibra óptica ubicados en el casco de la nave iluminaba con colores intermitentes todo a su alrededor, dando la impresión de estar en una enorme piscina. Se sentía muy a gusto al lado de Surik, pero no podía descuidarse. Estuvieron charlando mientras flotaban, durante un buen rato. Él le contó que su trabajo era tan intenso que no le había permitido hasta el momento formar una familia y ella lo escuchaba con sincero interés. Ella sabía que su unión no iba a ser sentimental. Aun así, la proximidad con aquel hombre le despertaba otras expectativas.
Sienna se habría quedado más tiempo con él, pero en determinado momento Surik decretó que era hora de volver a subir al barco. Dos asistentes les ayudaron a trepar por la escalerilla y les dieron unas enormes batas y toallas blancas para cubrirse. Mientras caminaban hacia adentro, él cariñosamente le pasó su brazo por encima de los hombros para indicarle el camino hacia el camarote y se despidió dándole un beso en la mejilla. Sienna no se esperaba ese temblor.
— Veo que tienes frío —comentó él. Y agregó—: ve a darte una ducha caliente. Nos vemos mañana para desayunar.
Habría pasado una hora. Aún con la bata puesta, Sienna esperaba en su camarote sin saber lo qué. La voz de Surik era ronca y tierna y no hablaba con afectación. Es más, hablaba con ella como si se conocieran de toda la vida. Suponía que al día siguiente la ceremonia podía ser de cierta gala, e inesperadamente deseó arreglarse para él. Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la mullida cama, con su cajita de alhajas sobre la falda. Había visto que las mujeres lucían orgullosamente sus joyas y ella de pronto sintió un impulso inexplicable de competir. Estaba pensativa, concentrada, sin decidirse cuál elegir. Pero en lo que menos pensaba era en aquellas alhajas.
Estaba tan absorta que no escuchó cuando llamaron a su puerta. Por eso se sobresaltó cuando de pronto ésta se abrió. Instintivamente levantó la cabeza y vio que se trataba de Surik, que una vez adentro se había quedado parado mirándola. Él ya se había cambiado de ropa y ahora vestía un pantalón de jean y una camisa metida solo por adelante dentro del cinturón.
— Entré porque creí que podía haberte pasado algo —se disculpó—. Es obvio que no me escuchaste golpear.
— No —dijo ella sin mostrarse molesta— es que estaba pensando en otra cosa.
— Vine a traerte esto —le dijo, sentándose con naturalidad en el borde de la cama y sosteniendo entre sus manos un pequeño envoltorio hecho con un pañuelo rojo anudado en su parte superior.
— ¿Qué es? —preguntó Sienna.
— Solo tenlo —respondió Surik, estirando la mano para entregárselo—. Ábrelo después de que me vaya. Si es de tu agrado me gustaría que lo lucieses mañana en la firma del contrato matrimonial.
Sintió un escalofrío al pensar que pudiera tratarse de un anillo de compromiso. Había llegado hasta ahí muy confiada, pero ahora dudaba de todo lo que sucedía a su alrededor, incluso hasta de ella misma. Por eso también dudó en aceptarlo. Pero él mantenía su mano estirada hacia ella y entonces cedió. Pero al tomar el envoltorio, su mano rozó sin querer la mano de él y súbitamente pareció que una corriente eléctrica los atravesaba. Él retiró rápidamente su mano y Sienna —que hasta ese momento había evitado mirarlo a los ojos— giró la vista hacia él. Ambos se miraron en silencio durante unos segundos, hasta que él finalmente se puso de pie y sin decir una palabra salió del camarote, cerrando cuidadosamente tras de sí.
Cuando Sienna abrió el estuche quedó maravillada. Eran unos hermosos pendientes. De cada pequeña horquilla colgaban varias cadenitas de oro con estrellitas de colores brillantes, rojo, azul, verde y ámbar que en un primer momento supuso que podían ser de cristal, aunque enseguida cayó en la cuenta de que se trataba de diminutas y magníficas piedras preciosas. Surik le había traído de regalo un pequeño tesoro.
Cuando se despertó, el yate ya estaba atracado en el muelle. Le había costado dormirse y al salir de su camarote se dio cuenta de que era la última que quedaba por irse. Su asistente la esperaba pacientemente en la cubierta y la llevó de vuelta al hotel, recordándole que a las cuatro de la tarde se llevaría a cabo la esperada ceremonia. Esta se realizaría en el salón más lujoso del mismo hotel en que se alojaba, que al parecer también pertenecía a la familia de Surik.
No bien entró al salón, Surik la convocó a su lado. Sienna no había tenido ocasión de agradecerle por los pendientes y todo lo demás, pero él no parecía esperar que lo hiciera. Al verla, solo se limitó a sonreír satisfecho. Ella se había dado cuenta de lo inteligente que era Surik, y sabía que tenía un doctorado, por lo que le resultaba fácil suponer que el negocio con la empresa de su padre había sido probablemente orquestado por él. La gente comenzó entusiastamente a acomodarse alrededor de ellos para prestar atención a la ceremonia, y a continuación todos hicieron silencio.
Ella estaba muy hermosa con su bello vestido, y espontáneamente Surik la rodeó con su brazo para acercarla a él. Pero el vestido tenía un profundo escote en la espalda, por lo que la mano de Surik fue a posarse directamente sobre su piel. Al sentir el calor de la palma de su mano, Sienna tuvo un estremecimiento que intentó disimular. Él se dio cuenta y quiso retirarla, pero su gesto no iba a ser bien visto por los invitados que tenían sus ojos puestos en ellos, por lo que la mantuvo allí. Y también porque aquel estremecimiento le había animado.
Durante todo el tiempo que duró la ceremonia, Sienna y Surik estuvieron tiesos, como conteniendo la respiración. Sus cabezas estaban tan cerca que los hermosos pendientes enredados entre el cabello de ella acariciaban por momentos el cuello de él, y ella ansiaba locamente que aquella mano se deslizara dentro de su vestido. Cuando por fin estamparon sus respectivas firmas y aquel interminable momento de tensión llegó a su fin, ambos se contuvieron ante un deseo irrefrenable de besarse. Solo se relajaron cuando alguien se acercó para ofrecerles una copa de champán.
Ya era hora de irse rumbo al aeropuerto. Su asistente la esperaba pacientemente en el lobby mientras ella terminaba de aprontar su equipaje. Todo había terminado. Había sido como un increíble cuento de hadas pero ahora volvía a la realidad. Se iba con lo mismo con que había llegado. No quiso llevarse nada más. Allí quedaban aquellos hermosos vestidos y todas las demás cosas que la familia de Surik le había comprado para lucir esos días. Lo único que habría deseado llevarse consigo era a él.
Antes de cerrar la puerta de la habitación miró por última vez aquellos hermosos pendientes que quedaban en su estuche de terciopelo sobre la mesita de noche. Cuando estaba por entrar en el ascensor, la envolvió una extraña sensación. Miró con melancolía hacia el final del corredor y sintió que él estaba allí, encerrado en su habitación sin salir a despedirla. En el avión de regreso miraba las nubes por la ventanilla, sin pensar en nada. Llevaba aferrado contra su pecho aquel portfolio de cuero marrón con filigranas de oro, en el que ella y Surik habían estampado sus firmas. Comenzaba la cuenta regresiva.
En la empresa todo era furor. Sin lugar a dudas, su parte de la transacción había sido cumplida exitosamente y ahora debía, junto con los demás integrantes del directorio concentrar toda su atención en la licitación. Pero aquel entusiasmo no lograba contagiarla. Con impotencia, veía pasar los días demasiado rápido sin acertar a encontrar una excusa válida para llamar a Surik. Estaba concentrada en la pantalla de su computadora cuando una de sus secretarias se aproximó. Traía un sobre de papel manila que se notaba abultado.
— Señora, acaba de llegar esto para usted.
Sienna tomó con inquietud el sobre que la chica le entregaba y lo metió dentro de su bolso. Hervía de ansiedad por abrirlo pero no quería hacerlo a la vista de todos, así que se encerró en el baño de su despacho. Cuando lo abrió, su corazón estalló. Allí estaban, en su precioso estuche los hermosos pendientes que él le había dado aquella vez. Venían acompañados de una nota que decía: «Quiero que los tengas. Son tuyos, al igual que yo. Surik»
Entonces, lo primero que hizo fue tomar el móvil y lo llamó. Él demoró unos segundos en atender.
— Hola.
— Surik, soy yo.
— Ya lo sé.
— Recibí lo que me enviaste.
— Me alegro… ¿Me llamas para darme las gracias?
— Sí….bueno, no.
Se hizo un silencio.
— ¿Cómo estás? —le preguntó él, aunque su llamado y su voz lo decían todo.
No pudo responderle. En cambio, le preguntó a él.
— ¿Dónde estás?
— En el yate. En la cubierta. Aquí la noche está estrellada. ¿Y tú?
— En la empresa, trabajando. Acá no ha parado de llover…
Él no respondió enseguida. Y cuando lo hizo fue para cambiar de tema drásticamente.
— ¿Ya terminaste de aprontar el documento para la licitación?
— No, aún no. Está demorado.
— Sabes que queda poco tiempo… —dijo él, con cierta ambigüedad.
— Sí…ya lo sé.
Ambos sabían que en el correr de esos dos meses el negocio tenía que quedar concretado, así como también que al cabo de ese tiempo el contrato entre ellos caducaba automáticamente. ¡Y quedaban menos de dos semanas!
Faltando solo tres días para la fecha límite, la licitación por fin se aprobó y Sienna, como todos los demás socios, fue a firmar. La sala de juntas estaba efervescente porque por fin aquel negocio iba a producir las ganancias que tanto esperaban. Ella había cumplido según lo pactado; sin embargo una amargura indescriptible la invadía.
Se había vestido muy elegante. El traje que llevaba le sentaba de maravilla. Se sabía muy bonita, pero un solo un detalle la envanecía íntimamente: eran aquellos hermosos pendientes que llevaba con orgullo disimulados debajo de su larga melena.
Ella sabía que era posible que se encontrara con Surik, aunque no estaba segura. Tampoco había calculado que la emoción al verlo fuera tan fuerte. Allí estaba él junto a los representantes de su empresa. Estaba recostado en la pared con los brazos cruzados y conversaba tranquilamente con su hermano mayor. Ambos la saludaron de lejos con un gesto de sus cabezas pero no se acercaron a ella. Cuando todos se sentaron alrededor de la gigantesca mesa, Surik, como correspondía por ser su esposo, lo hizo a su lado.
— ¿Estás feliz? —le dijo en voz baja mientras el presidente de la empresa disertaba.
¡Por cierto que ella estaba feliz! Pero en ese momento no podía explicarle que no era por la concreción de aquel negocio sino porque estaba nuevamente junto a él. Cuando la reunión finalizó, no tuvo oportunidad de despedirse porque unos socios la retuvieron para que les aclarara unos puntos del contrato. Pero ella tampoco podía quedarse con cabos sueltos, así que una vez que pudo zafar de ellos fue corriendo a buscarlo. Pero no lo encontró. En cambio, al que encontró fue a su hermano.
— Nunca me dijiste que conocías a Surik.
— ¿No? —dijo él, haciéndose el desentendido—. Nos conocimos hace un año en una conferencia de la universidad. Después nos vimos en varios eventos de nuestras respectivas empresas. Desde entonces somos amigos.
— ¿Y por qué yo no lo conocía?
— Tú nunca quisiste participar de los eventos a los que su compañía nos invitaba. Dijiste que no te interesaba tener esa clase de contacto. Reconozco que sus fiestas son pintorescas pero su empresa es muy seria y su familia siempre ha sido muy afectuosa.
— ¿Acaso él me conocía a mí?
— Desde que vio una foto tuya no dejó de preguntarme por ti. Creo que se enamoró de ti ese mismo día. Es muy obstinado. Y su familia lo secunda muy bien. Me contó que cuando llegaste allá no pudo esperar y fue al hotel a espiarte de incógnito.
— ¡Lo sabía! Pero ¿por qué no me dijo nada?
— Él deseaba que fueras tú la que se fijara en él. Había intentado varias veces acercarse a ti pero no coincidían en nada. Supongo que esta vez tuvo que redoblar la apuesta.
De vuelta en su casa, Sienna se desesperó. El contrato que verdaderamente le importaba era el que había contraído con Surik y este se vencía en apenas dos días. Aferrada a aquella carpeta, lo único que se le ocurrió hacer fue releer una vez más lo que ahí se estipulaba. No podía convencerse de que no hubiera nada más que hacer. Entonces fue cuando lo encontró. Disfrazada dentro de la “letra chica” había una cláusula que establecía que dicho contrato matrimonial expiraba en forma automática a los sesenta días, «siempre y cuando los contrayentes no hubiesen consumado dentro de ese período dicha unión», en cuyo caso la validez sería hasta que ellos, y nadie más que ellos, lo determinaran.
Sin perder un segundo, tomó su teléfono.
— Hola —dijo él, que atendió no bien lo escuchó sonar.
— Surik…
— ¿Sí? —exclamó, expectante.
— ¿Ya te fuiste?
Su voz se escuchaba ansiosa y dubitativa.
— No, aún no.
— Quería decirte algo.
— Te escucho.
— Me alegró mucho volver a verte.
Se hizo un silencio, y él al fin respondió.
— A mí también me gustó verte a ti.
Las palabras entre ambos parecían no aflorar. Entonces ella se animó a decirlo.
— Surik, estuve releyendo nuestro contrato…
— Yo también —la interrumpió enfáticamente.
Entonces se hizo otro silencio más profundo pero tremendamente revelador.
— ¿Dónde estás? —dijo él, de pronto con determinación.
— En mi departamento.
Ya era el día siguiente. El sol había salido por fin y sus rayos se filtraban por las cortinas del amplio ventanal.
— Surik, despiértate. Vas a perder tu vuelo.
— No lo creo —exclamó él, desperezándose con una sonrisa —. Te olvidas de que el avión es mío. Me tiene que esperar.
— ¿Y tus empleados?
— Tienen que esperarme también —dijo, sin mostrarse preocupado. Y agregó, con satisfacción—: Saben que estoy con mi esposa. Por otra parte, deben estar muy cómodos. Los mandé a todos a un lindo hotel.
Los días siguientes, aunque no se movieron de donde estaban, fueron lo más parecido a una luna de miel.
— Surik: ¿puedo saber con quién hablabas por teléfono aquel día en el yate mientras yo tomaba el sol?
— Con tu hermano. Le estaba contando que al fin había logrado conquistarte —respondió, con orgullo.
Y poniéndose serio agregó:
— Esposa: te recuerdo que pronto vamos a tener que retomar nuestros trabajos respectivos. ¿Has considerado integrarte a la empresa de mi familia? Ahora es tuya también.
— Puede ser. ¿En ese caso trabajaríamos juntos?
— No lo creo. No entiendo nada de números.
Ella levantó la cabeza y lo miró desconfiada.
— ¿Acaso no eres doctor en Economía?
— ¡No! —exclamó, riéndose—. Soy doctor en Medicina. Soy médico. La que entiende de negocios eres tú.