Transfer
Nora Sisto
Sentado en el asiento del conductor de la moderna camioneta de cuatro filas de asientos, Sebastián esperaba pacientemente en el estacionamiento del estadio a que finalizara el recital. Cerca de él, un par de camionetas similares a la suya y un gran bus ploteado con los logos distintivos de la banda de rock esperaban para transportar más tarde a los técnicos y los instrumentos. No había sido él el encargado de traer a los cinco jóvenes integrantes de aquel conocido grupo musical, pero ahora era el designado para llevarlos de vuelta al hotel. Desde donde estaba, se oía el ruido de aquella música estridente y pegadiza, la cual era acompañada por los gritos de un público juvenil que alentaba enfervorizado la actuación.
Era sin lugar a dudas un grupo muy popular, que a Sebastián en su adolescencia podría haberle entretenido, pero que ahora a sus veinticinco años y alejado de ese tipo de espectáculos no le despertaba gran interés. Es que en lo que estaba enfocado más entusiastamente era en su trabajo. Ya eran casi las cuatro de la madrugada, y en el ambiente se seguía viviendo una efervescencia total. Sin embargo, él estaba impaciente por que el espectáculo al fin finalizara y pudiera irse a su casa a descansar.
La empresa de transporte en la que trabajaba Sebastián era de su padre. Se trataba de una importante flota de coches, buses y camionetas con los que transportaban turistas, altos ejecutivos y clientes en general. Él se había incorporado a la misma una vez finalizados sus estudios de administración, con la intención de interiorizarse de los detalles de su funcionamiento antes de que llegara el momento de hacerse cargo de dirigirla.
Se frotó las manos para darles calor. La noche estaba fría y la espera estaba siendo más larga de lo que esperaba. Pero no tenía apuro; no había en su casa nadie esperándolo a él. Por eso, destapó con calma su termo y se sirvió otro vaso de café. Mientras tanto, observaba con cierto desagrado a tres chicas que, apostadas junto a la puerta por donde iban a salir los artistas, no cesaban de gritar y cantar siguiendo aquellas canciones. Le pareció que eran demasiado jóvenes para estar a esas horas fuera de sus casas. Pero, en definitiva, no era asunto de él.
Cuando el ruido de la música y los aplausos al fin cesaron, la muchedumbre comenzó a salir en tropel y a dispersarse en diferentes direcciones. Entonces encendió el motor de la camioneta y fue a colocarse junto a aquella puerta, dispuesto a salir de prisa una vez que los chicos de la banda subieran a la misma. Pero para su sorpresa, cuando éstos se subieron a la camioneta, vio que aquellas tres chicas que estaban merodeando arremetieron contra ellos y se treparon también.
Ofuscado con su actitud, Sebastián reaccionó inmediatamente.
— ¡Alto! —vociferó—. No puedo llevarlos a todos. A lo sumo puedo llevar a dos personas más. Por lo tanto, no pienso salir de aquí hasta que se bajen.
Los chicos de la banda eran también muy jóvenes, pero su profesionalidad hizo que apoyaran lo que les indicaba Sebastián.
— Chicas, chicas —dijo inmediatamente uno de ellos—: hagan caso al chofer. Solo pueden venir dos.
— ¡Pero somos tres! —suplicaban las chicas—. Ninguna de nosotras quiere quedarse aquí. Chofer, déjenos subir a todas. Por favor.
Sebastián pensó que, cumpliendo con las normas de transporte, poco le importaba lo que esas chicas tuvieran planeado hacer una vez que las dejara con aquellos chicos en el hotel. Estaba cansado, y si no transaba con ellas era posible que tuviera que quedarse por mucho rato más en aquel lugar. Así que les propuso una solución.
— Atrás pueden ir solo dos de ustedes. La tercera, si quiere puede venir adelante en el asiento del acompañante. Es mi última oferta. De lo contrario se bajan las tres.
Las jovencitas no tenían más de diecisiete años, así que por más que fuera muy grande la excitación por acompañar a sus ídolos, ante la firmeza de Sebastián decidieron acatar. Entonces, una de ellas, que parecía tener la voz cantante, decidió quién se sentaría al lado del conductor.
— Byrna, ve tú adelante—le ordenó.
Byrna la miró con desagrado, pero al ver que su otra amiga se ponía de su lado, se bajó. Sebastián pensó que al fin podían irse. Pero Byrna, en un rapto de orgullo miró enojada a sus dos amigas, y les dijo tajantemente:
— Vayan ustedes. Yo me quedo acá.
Sebastián, en principio conforme con su decisión, puso el cambio y arrancó. Sin embargo, mientras daba marcha atrás no pudo evitar observar a aquella chica. Era sin duda muy bonita y no parecía mayor de edad. Se dijo que no era de su incumbencia que se quedara sola en aquel sitio, pero algo en él hizo que se compadeciera de ella. Atrás, los chicos se reían entre ellos sin importarles qué pasaba a su alrededor. Entonces, a través del parabrisas le hizo señas con la mano para que subiera.
Ella lo miró sin moverse. Era lógico que estuviera ofendida y que por amor propio no quisiera dar el brazo a torcer. Pero era tarde y en poco rato no quedaría nadie en los alrededores, así que abrió la ventanilla y desde ahí le gritó:
— Vamos, no seas tonta. No puedes quedarte sola aquí.
Byrna entonces se acercó y sin decir ni una palabra se subió al asiento delantero, al lado de él.
Cuando la van llegó a la puerta del hotel, los pasajeros de la parte de atrás salieron riendo y jugueteando entre ellos, sin prestar atención a quienes habían quedado en su interior y entraron al hotel sin ni siquiera dar las gracias o las buenas noches. Byrna, todavía sin levantarse de su asiento se los quedó mirando con una mezcla de desprecio y desilusión. Ninguna de sus amigas volteó para llamarla. Era obvio que no les interesaba compartir con ella su diversión. Entonces miró a Sebastián, que también se los había quedado mirando contrariado.
— Gracias por traerme —le dijo, sinceramente agradecida.
— ¿Vas a entrar con ellos? —fue lo que le salió espontáneamente a él.
— No. Voy a tomarme un autobús hasta mi casa. Para experiencia, la de hoy ya ha sido suficiente.
Sebastián salió lentamente del estacionamiento del hotel y tomó la calle principal. Dado la hora que era, no había tránsito alguno y, sin preguntarse el motivo, se estacionó por un momento junto al cordón. Pensó que lo que hiciera aquella chica a él no tenía por qué importarle. Sin embargo, algo en su interior le decía que sí. Por lo tanto esperó allí, estacionado a unos metros de la parada del autobús hasta que, a través del espejo retrovisor se aseguró de que ella subía al mismo.
Byrna hasta ese momento no había tenido una vocación laboral definida. Había finalizado la secundaria pero no pensaba ir a la universidad. No obstante, con el correr del tiempo se fue orientando hacia la misma actividad que Sebastián. Ella ya dominaba varios idiomas, lo que le facilitó completar exitosamente un curso y encontrar rápidamente trabajo como guía turística profesional.
Su trabajo le gustaba por su movilidad y por el cambio continuo de personas con las que trataba. Con un año de experiencia en la materia, ya se consideraba una experta. Por eso, cuando de la agencia en la que trabajaba la invitaron a participar en un evento de empresas dedicadas al turismo, aceptó. Para no ir sola les pidió a sus amigas Bea y Lu que la acompañaran.
Había mucha gente y, por un momento como un flash pasó por su cabeza la idea de que era posible que entre los asistentes se encontrara Sebastián. No era que le interesara especialmente verlo y habían pasado casi dos años de aquel encuentro casual, por lo cual, aunque lo viera él probablemente ni se acordara de ella. Sin embargo, la idea de que estuviera ahí le causaba una expectación extraña.
Cuando lo vio, lo reconoció enseguida. Estaba recostado sobre la barra del bar, conversando animadamente con un grupo de muchachos, tal vez colegas. No quiso mirarlo insistentemente para no parecer desubicada, pero su presencia era digna de admiración. Ahora no estaba vestido y peinado formalmente como aquella vez. Su apariencia actual, con ropa de moda y el cabello sensualmente desordenado le daba un aspecto mundano que atrajo fuertemente su atención. Sebastián no era un chofer cualquiera.
Se sobresaltó cuando su amiga Bea interrumpió sus pensamientos con una de sus salidas habituales:
— Byrna, tienes que presentarnos a esos chicos.
— ¿Los conoces? —dijo Lu, entusiasmada—. ¡Por Dios, qué guapos son!
Byrna, temiendo que Sebastián y sus amigos las descubrieran intentó hacerlas callar, pero ella y Lu reían ruidosamente mirándolos sin ningún disimulo.
— No. No los conozco —aseguró Byrna, sonrojada, tratando de contener su propia excitación.
Era un alivio que ellas no se hubieran percatado de que ahí estaba el mediador de aquella experiencia disparatada. Y tampoco tenía intención de hacérselos saber. Pero las chicas seguían muy interesadas en aquellos muchachos y hacían gestos provocativos tratando de llamar su atención. Avergonzada, Byrna se puso de espaldas a ellos para evitar que él la viera, esperando el momento para salir de ahí. Pero ya era tarde. Las chicas se habían levantado de la mesa e iban directo hacia ellos. Cuando vio esto, ella también se levantó pero se dirigió hacia la otra punta de la barra. Realmente necesitaba un trago.
Cuando estaba por levantar su copa, escuchó que alguien le hablaba.
— Ha pasado tiempo, pero todavía no has aprendido a elegir tus amistades —le dijo Sebastián, sentándose en la banqueta contigua a la suya.
Byrna lo miró haciendo un gesto de resignación, pero no se atrevió a responderle. Estaba asombrada. Él la recordaba y le hablaba como si se hubieran visto el día anterior. No tenía objeto andar con evasivas, por eso le siguió la conversación.
— Esperaba que no me hubieras reconocido —se excusó—. Mis amigas no cesan de avergonzarme. Por eso no te saludé.
— Me lo imaginé —respondió él con agrado—. ¿Qué estás haciendo acá?
— Trabajo como guía turística en una agencia. Mis jefes me enviaron en su nombre porque no podían venir.
Conversaron durante largo rato sin prestar atención a Bea y Lu que continuaban coqueteando con los otros muchachos. Byrna estaba emocionada de verlo. Le contó lo mucho que le gustaba su nueva profesión, aunque evitó mencionarle que su vocación había despertado al conocerlo en aquella fallida ocasión del concierto de rock. Él por su lado le confió que la empresa en la que trabajaba pertenecía a su padre y que por el momento se desempeñaba como conductor porque le entusiasmaba aprender desde abajo los pormenores de la misma. Cuando se despidieron, Byrna esperó que él le pidiera su número de teléfono. Sin embargo, no lo hizo ni quedaron para otra oportunidad.
No obstante, casualidad o no, a partir de ese día Sebastián comenzó a coincidir con Byrna en su trabajo. En cada tour al que la convocaban como guía, siempre era Sebastián el encargado de conducir la van. Ella se preguntaba si era normal que se encontraran tan seguido, pero lo cierto era que le encantaba trabajar junto a él. Más precisamente, le fascinaba estar junto a él. Sebastián, por su lado también parecía disfrutar de su compañía, aunque no daba muestras explícitas de pretender algo más.
No tuvo que pasar demasiado tiempo para que Byrna se diera cuenta de que estaba enamorada de él. Esperaba con ansiedad la convocatoria a cada tour en que sabía que lo vería, y afinaba sus sentidos a la espera de una señal de su parte, de reciprocidad. Sabía que él era más grande que ella, y por eso se esforzaba por estar a su altura. Trataba de cumplir con excelencia su trabajo para que él lo notara, y no podía evitar deprimirse cada vez que él se despedía hasta la próxima sin sugerirle una cita o un encuentro fuera de lo estrictamente profesional.
Sin embargo, creía conocer sus sentimientos. Su actitud afectuosa hacia ella y el empeño que ponía en enseñarle los trucos del oficio parecían confirmarle su interés, al mismo tiempo que su personalidad arrolladora hacía aumentar inconteniblemente la atracción que sentía hacia él. Pero Sebastián parecía decidido a tratarla únicamente como compañera de trabajo, y eso la desalentaba constantemente. No sabía que, a pesar de su aparente desinterés, Sebastián se estaba ocupando de conocerla.
Hacía mucho tiempo que ella era amiga de Bea y por lo general hasta ese momento le había tolerado sus excesos porque creía que éstos no la afectaban a ella en lo personal. Pero ese día, algo la hizo cambiar radicalmente de parecer.
El padre de Bea vivía en otro país. Como lo hacía una vez al año, ésta se disponía a ir a pasar unas vacaciones con él, por lo que Byrna había ido con Lu al aeropuerto a despedirla. Llegaban tarde, por lo que tuvieron que correr para que Bea se pusiera de una vez por todas en la fila para hacer el check-in. Estaba suspirando aliviada porque su atolondrada amiga no iba a perder el vuelo, cuando de pronto lo vio. Sebastián estaba en otra fila cerca de ahí, junto a otros dos muchachos con sus respectivas maletas de mano, esperando para embarcar. Entonces se acordó. Él le había comentado que iba a asistir a una convención de agencias de turismo, pero nunca se imaginó que iba a ser al mismo país y en el mismo vuelo que Bea.
Al ver a Byrna, Sebastián se sorprendió. Y ella también se sorprendió, porque no sabía que iba a encontrárselo. Pero en ese momento fue más sorpresivo que ocurriera lo que ella tanto esperaba. Cuando sus ojos se alinearon, se produjo un instantáneo «click». Entonces todo encajó. La mirada de Sebastián espontáneamente se lo dijo todo. Todo lo que ella durante tanto tiempo había estado ansiosa por saber. Él la miraba como si intentara retenerla hasta la vuelta, al mismo tiempo que le enviaba un mensaje que solo ella podía descifrar. Byrna respondió anhelante a su mirada, pero imprevistamente la voz de su amiga interrumpió inoportunamente aquella muda y maravillosa conversación entre los dos.
— ¡No puedo creer que viaje con ese bombón! —exclamó Bea en voz baja a sus amigas, riendo con picardía—. No va a poder escapar de mí. Apuesto lo que quieran a que lo haré caer rendido a mis pies.
Desde donde estaba, Sebastián no podía oír lo que Bea le estaba diciendo a Byrna. No obstante, pudo captar con preocupación cómo el semblante de Byrna se oscurecía repentinamente y aquella suave caricia de sus ojos pasaba a transformarse en un ahogado grito de desesperación.
Durante los cinco días que duró el viaje de Sebastián, Byrna estuvo angustiada. Por las noches no lograba conciliar el sueño pensando en que Bea tenía el campo libre para acercarse a él. Ella conocía muy bien a su amiga y sabía que era de las que no se detenía ante una negativa. Y Sebastián, después de todo y, mal que a ella le pesara, ¡era un hombre sin compromiso!
Cuando Sebastián al fin regresó, respiró aliviada. Afortunadamente su amiga iba a permanecer por lo menos un mes más en la casa de su padre, así que de ese modo podría evitar verla y escuchar los comentarios de su conquista. Pero no esperaba sentirse tan mal al verlo a él. Sebastián había regresado más eufórico que habitualmente. Se lo veía feliz y ella no fue capaz de adivinar el porqué.
Sebastián enseguida notó que el trato de Byrna hacia él cambiaba drásticamente. Entonces, su entusiasmo de golpe se frenó. Byrna le hablaba poco, rehuía su mirada y procuraba estar siempre rodeada de los pasajeros para no quedar a solas con él. Ella lo trataba fríamente y él, en un primer momento, tampoco supo descifrar el porqué. No podía saber que el miedo la acobardaba y que, aunque parapetada detrás de un muro de silencio, su amor crecía, herido, haciéndose cada vez más grande, igual que su dolor.
La situación de tirantez entre ellos aumentaba. Ella sabía que en su trabajo podía solicitar que la reasignaran a otros servicios, lejos de Sebastián, pero no lo hacía porque en el fondo esperaba que él, de alguna forma despejara aquella duda que la torturaba. Él, por su lado se limitaba a ignorar su berrinche y esto la enfurecía cada vez más. Por eso, una noche, Sebastián estimó que era hora de poner coto a aquella situación.
Habían llegado a un hotel a dejar a un grupo de pasajeros después de un «full day» extenuante. Mientras éstos bajaban del bus, Sebastián sentado en el asiento del conductor los despedía uno a uno sin poder disimular su impaciencia. Al mismo tiempo Byrna, parada junto a él los iba saludando amablemente, con una sonrisa forzada. Cuando el último pasajero al fin salió, Sebastián se apuró a accionar el mecanismo de cierre de la puerta para que Byrna no pudiera bajarse.
— ¿Qué haces? —exclamó disgustada al ver que él la detenía—. Abre, que me quiero bajar.
— No sin antes decirme qué es lo que te pasa.
— Nada. No me pasa nada —dijo ella, con brusquedad—. Simplemente quiero bajarme. Abre, de una buena vez.
Byrna no lo miraba. Hablaba de espaldas a él, con las manos apoyadas sobre la puerta como si intentara abrirla con ellas. Pero Sebastián no se inmutaba.
— Necesito que me digas si hice algo que te molestó —insistió—. Es obvio que algo pasó para que reacciones de ese modo.
— Nada. No hiciste nada —insistió ella, mirando siempre hacia la puerta.
Pero como él continuaba empecinado, al cabo de un minuto volteó y lo miró duramente.
— No todo lo que me pasa tiene que ver contigo —dijo, transparentando su dolor—. Tal vez estés acostumbrado a que cualquier mujer se te regale. Pero yo no estoy para tus jueguitos.
Se hizo un silencio. Byrna supuso que era porque sus palabras lo habrían avergonzado. Pero lo cierto es que al fin Sebastián entendía. Sus amargas palabras le habían dado la pista. Entonces, apresurándose a bajar la cabeza antes de que él se diera cuenta de que estaba llorando, repitió:
— Y ahora abre. Estoy muy cansada de todo esto.
Sebastián abrió la puerta sin responderle, pero no la cerró. Se la quedó mirando a través de ésta hasta que la vio subir a un taxi y se alejó. Sin embargo, después de meditar por un segundo, encendió el motor y fue tras ella.
Llegó a la puerta de su casa cuando el taxi ya se estaba yendo. Entonces se apeó rápidamente y corrió hasta lograr detenerla tomándola de un brazo, justo antes de entrar. Ella, confundida lo miró con hostilidad.
— ¿No entendiste? —le increpó nuevamente, intentando zafarse—. No tengo nada que decir.
— Pero yo sí —dijo entonces él, con voz autoritaria, soltándola.
Byrna se quedó callada, expectante. Aunque estaba dolida, ella lo amaba y necesitaba escuchar lo que él tenía para decir.
— ¿Piensas que soy tan estúpido como aquellos tontos del grupo de rock? —dijo, furioso.
Byrna abrió grandes los ojos. Él había entendido perfectamente.
Sebastián esperó pacientemente a que le respondiera. Ella podía haberle dicho que había sufrido por no poder estar en el lugar de su amiga y hacer aquel viaje junto a él, que había sufrido durante aquellos días imaginándolo junto a Bea y que ahora sufría desesperadamente porque temía haberlo perdido para siempre. Sin embargo, ni una palabra salió de su boca. Entonces, Sebastián continuó, aunque era muy conciso lo que tenía para decir.
— Por si lo suponías, no soy de los que andan buscando mujeres para meter en su habitación —declaró rotunda y directamente, mirándola con dureza.
En ese momento ambos quedaron inmóviles, como esperando la más mínima señal para abrazarse con pasión. Pero al parecer, antes había mucho que aclarar. Entonces, Sebastián se dio media vuelta y comenzó a alejarse. Pero a los dos pasos volteó repentinamente para espetarle con absoluta franqueza:
— ¡Ah!, y solo por si quisieras saberlo: hay una sola mujer a la cual con todo gusto metería en mi habitación.
Y cambiando diametralmente de tono, agregó:
— Y en mi vida.
Dicho esto, se fue sin mirar atrás. Byrna se quedó ahí, congelada. No pudo siquiera girar la cabeza para verlo alejarse en el bus. Abrió temblando la puerta de su casa, y cuando estuvo adentro ni siquiera saludó a sus padres que la esperaban en la sala y se encerró de un portazo en su habitación.
Pasaron los días. El trabajo continuaba, y Byrna estaba preocupada pensando en cómo debería comportarse la próxima vez en que le tocara trabajar con Sebastián. Él claramente le había dado a entender sus sentimientos y ella moría por reclamar su amor. Sin embargo, creía haber roto torpemente todos los puentes para acercársele.
Pasó más tiempo del que ella esperaba sin que de la empresa de Sebastián la convocaran para alguna excursión. Pero finalmente el día llegó. Había ido muy temprano al hotel en donde se hospedaban los pasajeros porque quería tenerlos organizados para cuando él llegara. Cuando vio que el bus estaba entrando al estacionamiento, respiró hondo. No quería mostrarse alterada frente a él. Pero cuando la puerta automáticamente se abrió, quedó descolocada. Era otro el conductor.
— ¡Hola! —se presentó el hombre amablemente—. Mi nombre es Leo y estoy asignado para este «city tour».
Byrna lo miró, intentando sonreírle. Era un hombre bastante mayor que Sebastián y a simple vista parecía agradable. Pero su decepción era demasiado grande y no pudo evitar averiguar por Sebastián.
— ¿Le pasó algo al otro conductor? —preguntó, intentando fingir que era nada más que una pregunta retórica.
— Creo que no —respondió Leo, no del todo convencido—. Aunque no estoy seguro.
Y como ella había quedado pensativa, se arriesgó a agregar:
— Me parece que está considerando renunciar.
Se quedó callada. Tal vez Leo no tenía idea de que Sebastián era uno de los dueños de la empresa. O lo sabía y no tenía intención de comentarlo con ella. Después de todo, ella no era nadie para merecer una explicación.
De ahí en adelante, Byrna se hizo a la idea de que, en su trabajo, a Sebastián no iba a verlo más. Pasaban las semanas y en cada paseo seguía siendo Leo el conductor. Byrna trataba de que su malestar no interfiriera con su trabajo, pero se daba cuenta de que el entusiasmo que antes la desbordaba, ahora no alcanzaba a ser ni la mitad.
Aun así, Leo era conversador y simpático, y con él lo pasaba muy bien. Le contó que estaba casado y tenía dos hijas adolescentes. Ese trabajo no era el que realizaba habitualmente para la empresa, pero había accedido a hacerlo como un favor especial. Leo parecía comprenderla y a veces daba la impresión de que intentaba impulsarla a sincerarse con él. Pero ella no lo conocía lo suficiente. No podía confesarle que su enfermedad y su remedio se resumían en una misma persona: Sebastián.
Una tarde, sus amigas Bea y Lu que la notaban muy deprimida, quedaron en pasar a buscarla por su trabajo para salir. Habían llegado temprano, por lo cual mientras la esperaban se acomodaron en los sofás de la recepción y se pusieron a hojear revistas de turismo. Cuando Byrna apareció, Bea al verla levantó enseguida la revista que estaba mirando y, blandiéndola en el aire, exclamó:
— ¡Mira Byrna! ¿No es este el chico con el cual viajé?
En la página podía leerse la reseña de la fiesta de clausura de aquella convención, y había una foto en la que aparecía Sebastián posando junto a otros participantes.
— Puede ser —respondió Byrna, mirando la foto con evidente mal humor.
— Chica —declaró Bea, con alarde de autoridad en la materia—, te diré que este muchacho lo que tiene de lindo lo tiene de antipático. Fíjate que varias veces intenté acercarme a él y me rechazó como si estuviera infectada.
Y tirando con desprecio la revista sobre una mesa, agregó:
— En fin, él se lo pierde. ¿Vamos?
Era obvio que se había equivocado. Había juzgado a Sebastián basándose en la trayectoria de vedetismo de su amiga en lugar de dar crédito a lo mucho que conocía de él, y ahora posiblemente fuera tarde para enmendarlo.
Ese fin de semana no le tocó trabajar. Por eso se levantó sin prisa. Estaba desayunando tranquilamente mientras leía el boletín de noticias de la Asociación de Turismo, cuando un anuncio concitó su atención. Un nutrido grupo de turistas chinos estaba recorriendo el país en bus y en las fotos publicadas se distinguía claramente a Sebastián como conductor del mismo. Y había algo más. Esa misma tarde irían a visitar aquel famoso estadio de fútbol, el mismo donde se habían visto por primera vez. Entonces, no lo pensó más.
Calculó la hora aproximada en que la excursión estaría saliendo del estadio, y a esa hora estuvo ahí. El bus de la empresa ya estaba estacionado en la gran explanada, con el motor encendido esperando a que los turistas comenzaran a subir. Vio que Sebastián estaba sentado en el lugar del conductor, mirando hacia lo alto del estadio en actitud pensativa. Oculta entre los demás coches estacionados, Byrna esperó a que los pasajeros terminaran de acomodarse en sus asientos, y una vez que vio subir al último, se coló detrás. Al verla, Sebastián se sobresaltó.
— ¡Alto! —le ordenó, con voz autoritaria—. Están todos los asientos ocupados. No hay lugar para nadie más.
Byrna lo miró desafiante, dándole a entender que no tenía intenciones de moverse de ahí.
— Hasta que no te bajes no pienso arrancar. Y más vale que te apures, porque antes de dejarlos en el hotel todavía tengo que llevarlos a conocer otro lugar.
Y mirándola con expresión de sincero agotamiento, agregó:
— Y francamente, estoy cansado.
A Sebastián efectivamente se lo veía cansado, malhumorado y con pocas ganas de continuar la conversación.
— Byrna, ya vete por favor —agregó, con desánimo—. Déjame tranquilo.
— No voy a dejarte —afirmó ella, con testarudez.
Los pasajeros, ajenos por su idioma a lo que ellos hablaban, solo se limitaban a mirar la escena con curiosidad. Byrna seguía inamovible, de pie en la escalerilla de la puerta y no se bajaba. Entonces Sebastián, cuyo semblante iba ablandándose a medida que ella le hablaba, sin levantarse de su asiento optó por seguirle aquella bizarra conversación.
— ¿Quieres que te repita lo que dije? —insistió Sebastián, conteniéndose de levantarse e ir hacia ella.
— ¿Lo que dijiste ahora o lo que dijiste la otra vez? —acotó entonces ella, con absoluta tranquilidad, provocándolo con su mirada—. ¿O tal vez ya lo olvidaste?
Sebastián no le respondió; lo recordaba perfectamente. Solamente suspiró hondo. Entonces, Byrna prosiguió, con determinación:
— De lo que me dijiste ahora, te voy a obedecer porque soy una profesional responsable. Por eso voy a bajarme enseguida del coche. Pero con respecto a lo que me dijiste la otra vez, quiero que sepas que me gustaría mucho comprobarlo cuanto antes.
Dicho esto, se bajó del bus y se quedó mirándolo desde afuera. Entonces, él, antes de cerrar la puerta le gritó:
— Hotel del Parque.
Llegó al Hotel del Parque agitada. Ya había caído la noche. Aun así, creyó que lo mejor iba a ser esperarlo en la recepción. Divisó unos sillones muy cómodos y fue directamente a sentarse en uno de ellos. Pero para su sorpresa, se encontró con Leo, que también estaba esperando allí.
— ¡Leo! —exclamó confundida, al verlo—. ¿Qué estás haciendo acá?
— Hola Byrna —respondió él, sin verse sorprendido para nada por su presencia—. Estoy esperando a que llegue Sebastián. Me ha telefoneado pidiéndome que a partir de ahora me haga cargo de esta excursión. Dentro de una hora debo llevar a los chinos a cenar a un restorán.
Leo dejó pasar la sonrisa espontánea que surgió en los labios de Byrna al escuchar sus palabras, aunque sagazmente la registró.
— Este muchacho nos está haciendo la vida imposible —comentó de pronto, dándole a la conversación un giro inesperado—. Ya me ha dicho mi esposa que lo regañe en cuanto llegue.
— ¿Tu esposa? —lo interrumpió Byrna, sin entender nada.
— Sí, mi esposa. Es la hermana mayor de Sebastián —afirmó, como si se tratara de un detalle menor—. Se enojó mucho hace unos días cuando también me pidió que lo suplantara…
Y como al descuido deslizó, como para involucrarla:
— …en los paseos en los que estabas tú.
— ¿Sebastián te pidió que lo suplantaras porque no quería trabajar conmigo? —saltó ella, de inmediato.
— Sí y no —respondió Leo, ahora más decidido a subir de nivel la conversación—. Mira, había vuelto eufórico del viaje porque creía haber interpretado que tú sentías lo mismo que él. Pero quedó confundido cuando lo rechazaste. Entonces dijo que necesitaba tomarse unos días para aclarar sus ideas y mientras tanto no quería que tuvieras que compartir el trabajo con un desconocido.
Byrna lo escuchaba sin poder dar crédito a sus oídos. Pero Leo se había desatado y no paraba de hablar. Solo se detuvo por un momento para tomar aire, al cabo de lo cual la miró con vacilación.
— Tú no viniste a hacerte cargo del grupo, ¿o sí?
— No —dijo Byrna, pensando rápido en qué responderle si él le preguntaba entonces por qué había venido.
— ¡Menos mal! —suspiró aliviado—. Porque no estoy dispuesto a manejar otra vez ese bus. ¡Al final de cuentas soy el contador de la empresa!
El timbre de su móvil lo interrumpió, y después de hablar solo unos pocos segundos, retomó la conversación.
— Era una llamada de la empresa —dijo, entusiasmado—. Por suerte ya está en camino otro conductor. Ahora sí, puedo irme a casa tranquilo.
Con cada palabra que salía de la boca de Leo, Byrna se asombraba aún más. Pero todavía faltaba algo.
— Sebastián me ha dicho que a partir de este momento va a tomarse unos días de vacaciones. Supongo que será para estar junto a ti. Espero que al fin se decida a proponerte matrimonio. Su padre está esperando que lo haga para que finalmente comience a trabajar en la empresa como director. Todos entendemos que le llevó tiempo asegurarse de que tú le correspondieras. Pero ¡ojalá se hubiera casado contigo el mismo día en que te conoció! Así nos habríamos ahorrado muchos inconvenientes. ¿No crees?
Era cierto. Aquel día, cuando ella vio que él se quedaba esperando a que tomara el bus hacia su casa, ella también se había enamorado de él.
— Ahí llega —exclamó Leo, aliviado—. Así que ya me voy.
Entonces se levantó del sillón, aprontándose para irse, ampliamente satisfecho de su comparecencia.
— Ah —agregó sonriendo, como si recién se acordara de decirlo—: mis hijas están deseosas de conocerte. Están felices de tener una tía al fin.
Y antes de enfilar hacia la puerta, puso una tarjeta en su mano.
— Toma. Es la llave de la habitación de Sebastián. Bienvenida a la familia.