Travesía

Nora Sisto

       Era un excelente día para navegar. Un sol radiante había presidido toda la jornada y ahora se proyectaba sobre el horizonte, pronto para ocultarse. Con sus manos aferradas a la baranda de la cubierta, Ernestina trataba de organizar sus ideas. Pensaba en aquellos tristes personajes de las novelas que intentaban acabar con su vida arrojándose por la borda, pero ella no lo pensaba hacer. Ella no deseaba terminar con su vida, sino todo lo contrario: deseaba recuperarla. Hacía poco se había recibido de abogada, y posiblemente le esperaba un futuro de éxitos y buen pasar. Pero no estaba segura de que fuera eso lo que deseaba.

      Miró una vez más aquella tarjeta de presentación que hacía rato amasaba indecisamente entre sus manos. “Ernestina Martínez Villarreal  abogada”. Lucía contundente. Su padre, Ernesto Martínez Villarreal las había ordenado imprimir con su mismo apellido obviando el de su madre, porque de esa forma pretendía  continuar el linaje de la abogacía familiar. Su bufete era uno de los más prestigiosos del país y esperaba que su hija lo continuara. Pero ella no se había enredado en la abogacía por vocación personal sino inducida por un mandato paterno.

      Por eso, en un arranque de rebeldía, tiró por la borda aquella tarjeta que simbolizaba un destino prefabricado al que no había tenido más remedio que decir «sí» hasta su adolescencia pero que ahora, como adulta no estaba dispuesta a aceptar. Y convencida de que en lo sucesivo iban a ser  sus propias decisiones las que guiaran su vida, se retiró satisfecha a su camarote. No pudo darse cuenta de que, impulsada por un viento contrario, aquella ajada tarjeta fue a parar al piso de la cubierta inferior, y que alguien que pasaba por ahí se había agachado a recogerla.

      A sus veinticinco años ya había recorrido el mundo, pero era la primera vez que se subía a un crucero. Aquel barco era fenomenal. Su tamaño era impresionante, así como la cantidad de pasajeros que viajaban en él. Iba a ser un recorrido de varios días pasando por lugares que ella ya conocía, pero eso no le importaba porque esta vez no se trataba de un viaje turístico. Por el contrario, esta sería una travesía hacia su interior, con el objetivo de encontrar la excusa definitiva para apearse de aquel libreto en el que vivía por inercia, que  no había sido escrito por ella y que ahora sentía imperiosamente que era necesario rectificar.

      A pesar de la insistencia de su mejor amiga en acompañarla, viajaba sola. No era que no quisiera compartir el viaje con ella, como tantas otras veces. Es que la presión de su vida actual era tan grande que necesitaba concentrarse en ella misma para tomar una decisión. Allá habían quedado esperándola su padre, su novio con planes inminentes de boda y su hermano siete años menor que ella que, desde la muerte prematura de la madre de ambos la demandaba incansablemente.

      Era la primera noche abordo y, llegada la hora de la cena se vistió  apropiadamente para ir al restorán. Se encontró con que los lugares en las mesas estaban asignados de antemano y ella había sido ubicada junto a tres personas que, al igual que ella viajaban sin acompañante. Si bien la comunicación con éstas se le hizo complicada por no coincidir para nada en el idioma, en el fondo lo agradeció ya que gracias a eso evitó tener que responder a fastidiosos  interrogatorios. La velada culminó sin contratiempos, y antes de retirarse a su camarote se le ocurrió salir otro rato a la cubierta para continuar su autoanálisis.

      Encontró un recodo  oscuro alejado de la gente y allí se quedó, mirando hacia el mar. El cielo estaba estrellado y una enorme luna llena se reflejaba sobre el agua ofreciendo a sus ojos un espectáculo increíble. Estaba concentrada en sus pensamientos cuando escuchó que alguien cerca de ella le dirigía la palabra.

—    Hola, Ernestina.

      Volteó la cabeza en seguida, pero la luz de un foco encandiló justo sus ojos y al contraluz no pudo darse cuenta de quién era su interlocutor.

—    ¿Cómo has estado? —insistió el hombre, acercándose un poco.

      Le parecía que entre los pasajeros no había nadie que la conociera, pero al parecer sí había alguien y la conocía muy bien. Por eso dio un paso hacia el costado, y se puso una mano sobre los ojos para resguardarse de la luz. Por su uniforme estaba claro que era un oficial de la tripulación, por eso se sintió intimidada creyendo que estaba cometiendo una infracción por estar en ese sitio. Le causó extrañeza que la hubiera llamado por su nombre, porque no era posible  que los integrantes de la tripulación conocieran el nombre de cada pasajero.

—    Perdón, oficial —se excusó, disponiéndose a salir rápidamente de donde estaba—. Ya me iba.

—    ¡Espera! —la detuvo el hombre, al notar su indiferencia—. ¿No me reconoces? Soy Kristian.

      Entonces ella lo miró con más atención, y cuando consiguió distinguir  claramente su rostro, palideció.

—    Kris… —solo pudo repetir, a media voz.

—    Sí —afirmó él—. Soy yo.

      Sintió un vacío en el estómago. En aquel entonces, Kristian era su novio. Vivía con su familia en una casa a dos cuadras de la suya y concurría al mismo colegio que ella, aunque no eran compañeros de clase por ser él tres años mayor. Era un chico alto, tímido y desgarbado, y ella se había enamorado de él por su mirada tierna y su avasallante personalidad. Se veían a escondidas porque su padre era demasiado severo y ella sabía que no se lo iba a permitir. Sin embargo, su amor adolescente había crecido en secreto, tanto que hacían planes para el futuro, creyendo  ingenuamente que nunca se irían a separar. Pero una mala jugada del destino hizo que sus sueños se quebraran  injustamente.

      Se quedó mirándolo petrificada, tratando de hacer coincidir su imagen actual con aquella que conservaba de él. Pero no coincidían. Porque ahora tenía frente a ella a un hombre corpulento, atractivo, cuyos ojos en lugar de timidez transmitían una inconfundible expresión de seguridad. No se animó a acercarse para saludarlo y él tampoco se le acercó. Por eso se quedó callada, sin atreverse a decir nada más. Él, en cambio continuó con naturalidad, como si nunca hubieran dejado de verse.

—    ¿Cómo has estado?

—    Bien —respondió ella, esperando que no se notara su conmoción.

—    Ha pasado mucho tiempo—dijo él—. Me da gusto volver a verte.

      Al escuchar esto, Ernestina se sonrojó, pero por suerte la penumbra de aquel rincón ayudó a que pasara desapercibido. Es que como un flash acudió a su memoria su último encuentro. Ella tenía quince años y él acababa de cumplir los dieciocho. Aquella tarde, sus padres no estaban en casa, y ella se había encerrado en su habitación con Kris. Habían acordado rendirse por fin a sus hormonas juveniles esperando, ilusionados, protagonizar su ansiada “primera vez”. Todo estaba saliendo como lo esperaban, pero justo cuando estaba por culminar aquel momento sublime, el hermano de Ernestina irrumpió en la habitación.

      Estaba segura de que su hermano había ido a contarle a su padre lo sucedido y esperó atemorizada un castigo que nunca llegó. En cambio, desde aquel infortunado día, a Kris no lo había vuelto a ver. En su momento, los chicos del barrio le dijeron que su familia había tenido que mudarse a otro país, aunque él nunca la llamó para despedirse. Más tarde, constató con desilusión que su casa se ponía  a la venta y desde ahí fue como si nunca hubiese existido. No obstante, aquel interrumpido acto de amor interrumpió también su propia vida, y la puso en pausa durante muchos años, con amargura y resentimiento.    

      Su apariencia actual la cohibió. Ya no era aquel adolescente vulnerable que ella recordaba. Ahora se veía como un hombre desenvuelto y seguro, dueño de la situación.

—    ¿Cómo me reconociste? —preguntó Ernestina, justificadamente sorprendida—. Hace mucho que no nos vemos.

—    Es que estás igual de bonita —dijo él. No podía decirle que cuando recogió del piso aquella tarjeta arrugada, su corazón se paralizó y que después, para corroborar que era ella, la había observado mientras cenaba.

—    Supongo que ya cenaste —continuó diciéndole—. ¿Quieres que vayamos a tomar un café?

      En ese momento, en el bar había música en vivo. Un guitarrista tocaba viejas melodías románticas, y para ambos no podía haber existido jamás una mejor ambientación. Hablaron de muchas cosas, aunque los dos evitaron expresamente hablar del pasado. Las horas volaron sin que se dieran cuenta, hasta que Kris, apesadumbrado le dijo que tenía que ir a descansar ya que en pocas horas debía retomar su turno en el puente de  mando.

      Al día siguiente era la primera parada en puerto. Era una ciudad muy bonita, que ella ya conocía pero que siempre la volvía a sorprender. Así que, con entusiasmo  aprontó sus cosas y bajó. Mientras caminaba por el casco antiguo, rememoraba hechos también antiguos de su vida. Se preguntó si ese día volvería a ver a Kris. Él había sido su gran amor. La experiencia de aquella infortunada  vez, aunque trunca y sobresaltada, había representado su primera experiencia amorosa, y nunca otro hombre le había producido la emoción que él le había hecho sentir en aquella oportunidad. Ahora habían pasado diez años.

      A la nochecita volvió al barco. Suspiró mientras subía por la pasarela. No sabía por qué, pero en ninguna de las oportunidades en que había estado en ese lugar había disfrutado tanto del paisaje. Se sonrió para sus adentros, porque algo le decía que su vida ya estaba comenzando a cambiar.

      Cuando fue al  restorán buscó a Kris, pero no lo vio. Tampoco ameritaba preguntar por él en la recepción. Así que, después de cenar se dirigió directamente a su camarote. Cuando estaba llegando, en un recodo del corredor sorpresivamente se encontró frente a frente con él. Al parecer venía apurado, y para evitar colisionarla la tomó firmemente por los hombros, mostrando un agrado fuera de lo normal. Al sentirlo tan cerca, Ernestina se sobresaltó.

—    ¿Cómo estuvo hoy tu día? —le preguntó él, soltándola de inmediato.

—    Bien. Pensé que iba a encontrarte, pero no te vi.

—    Es que hoy había mucho trabajo. Me fue imposible bajar —le respondió, sonriéndole. Y palmeándole afectuosamente en un brazo, siguió su camino.

      Se desarmó. Porque al instante se dio cuenta de cuánto ese hombre le gustaba.

      Apoyada esta vez en la baranda del balcón de su camarote miraba las luces  del puerto. Era extraña la sensación que la embargaba. Por las vueltas caprichosas del destino, ella y Kris se encontraban en el mismo barco, y el sentimiento dormido parecía querer aflorar en ella con la misma  fuerza que tiempo atrás. Sin embargo, no sabía si el sentimiento de él se había modificado.

      Estaba tan distraída que apenas escuchó que sonaba su teléfono celular. Era su novio.

—    Ernestina, ¡al fin te encuentro! Te llamé un montón de veces. ¿Te estás divirtiendo en el crucero?

      Ernestina demoró en responder. Lo que menos estaba era divertida. En realidad, se estaba comenzando a preocupar.

—    Sí. Estoy pasándolo muy bien —mintió—. En unos días nos vemos.

      Al día siguiente bajó a tierra casi al mediodía. No  había dormido bien. Como era tarde y el servicio de buffet abordo ya había cerrado, para desayunar entró en el primer bar que encontró y se sentó en una mesa junto a la ventana. Se sentía desganada. Quería dar una recorrida por la ciudad, pero a la vez no tenía ganas de moverse de donde estaba. Miraba hacia afuera con la mirada perdida y pensaba en Kris, y su pensamiento se evadía del presente intentando enlazar  el pasado con un futuro prometedor.

      De pronto, desde la ventana lo vio. Le agradó verlo caminado sin apuro. Se le veía feliz, aunque de alguna manera se notaba que no había bajado para disfrutar del paisaje. Su primera reacción fue salir a buscarlo, pero cuando estaba por levantarse de su silla vio con desilusión que una chica se le aproximaba, lo saludaba alegremente y se alejaba caminado rumbo al barco junto a él. Entonces, la tristeza la invadió. Para no sufrir, durante todos esos años había tenido que anestesiar su recuerdo, y ahora la sola idea de que él pudiera tener una pareja volvía a mortificarla.

      A las cinco de la tarde el barco zarpaba rumbo a otro destino, y Ernestina  esperó hasta último momento para embarcar. Estaba deprimida. En el correr de pocas horas, su anhelado tiempo de reflexión personal se estaba comenzando  a desbaratar, transformándose en un agitado torbellino. Se había planteado resolver una situación en la que creía tener todas las fichas a la vista sobre el tablero, pero a último momento se estaba añadiendo una pieza fundamental: Kris, que por circunstancias que desconocía había quedado fuera del juego, pero que ahora resurgía imponiendo su presencia con una intensidad inquietante.

      Se había comprado un sándwich porque no tenía intención de ir a cenar al restorán. En realidad, no deseaba encontrarse con Kris. Al menos, no en ese momento. Sentía que volvían a barajarse las cartas de su vida, pero ahora  deseaba  jugar un juego en el que tuviera chances de ganar. Por supuesto, descartaba continuar al lado de su padre. Y tampoco tenía intenciones de disputarle a Kris a ninguna mujer.

      Se había recostado en una reposera en su balcón cuando se acordó de que esa noche era la famosa cena con el capitán, a la cual los pasajeros acostumbraban acudir ataviados con sus mejores galas. No estaba del todo convencida de ir, no obstante le pareció que podía ser terapéutico agregar a su día un toque de diversión. Por lo tanto se acicaló muy bien y se decidió a participar.

      Al llegar fue directamente a la mesa a la que antes estuviera asignada, pero se encontró con que todos los comensales ya estaban sentados y para ella no estaba reservado ningún lugar. Por lo tanto se dirigió al maître, que después de revisar con todo cuidado la lista de asistentes le indicó que para esa velada había sido reasignada a otra mesa. Cuando la encontró, se sorprendió. Era la misma  mesa del capitán, y en ella la esperaba Kris. Estaba guapísimo con su uniforme blanco.

—    Estás muy bonita —le dijo él, mientras se ponía de pie y le acercaba la silla a su lado.

      Era una gran mesa redonda, en la que ya había una decena de invitados, algunos de ellos integrantes de la tripulación. Como Kris vio que ella miraba hacia los costados vacilando, agregó en voz baja:

—    Espero que no te moleste que te haya cambiado de lugar.

—    No es eso —respondió ella—. Solo creí que tenías compañía.

      Como él no respondió a su indirecta, Ernestina optó por no volvérselo a mencionar.

      La cena pasó en total armonía. Sin embargo, la proximidad de Kris era de por sí turbadora. Él la trataba con delicadeza y se veía absolutamente seductor. Del mismo modo que años atrás, su voz y la intensidad de su mirada volvían a envolverla. Se dijo que debía estar alerta. Pero por más que quisiera  resistirse, la sola presencia de Kris despertaba sus más dormidos deseos. Él estaba muy cerca y la excitaba demasiado. Entonces sintió miedo, porque eso significaba que estaba volviendo a enamorarse de él.

      La jornada siguiente fue rara. A Kris solo lo vio de lejos al desembarcar, pero él pareció no notar su presencia. De todos modos, su atención en ese momento estaba enfocada en este destino, que era el que ella esperaba con más ansiedad. Era una isla famosa por sus playas maravillosas. Había una en particular que se había propuesto visitar. No estaba dentro de los puntos turísticos que se promocionaban en el crucero, por eso descontó que estaría sola y tendría la suficiente tranquilidad para poder pensar.

      Al llegar, quedó impactada. Efectivamente, el paisaje era de película. Un cinturón de rocas altas rodeaba aquella playa escondida, dándole a la estrecha franja de arena un carácter íntimo y acogedor. El sol caía a pique, por eso se quitó el pareo que cubría su pequeño bikini y, extendiéndolo a la sombra de unos árboles se tumbó sobre él. Cerró los ojos para escuchar el ruido del mar. No había nadie en los alrededores y aquel sonido suave de las olas rompiendo en la orilla parecía darle por fin la paz que tanto deseaba. Se dijo que no debía dormirse, ya que el mismo transporte que la había dejado ahí pasaría por ella un rato antes de embarcar.  

      De pronto, el sonido de unos pasos sobre la arena la sobresaltó. Se quitó la capelina de ala ancha que cubría su rostro y se incorporó lentamente tratando de pasar inadvertida. El hombre se había detenido cerca de la orilla y parecía contemplar el mar. Se lo veía absorto, como si tratara de descifrar un enigma oculto en el vaivén de las olas. Seguramente pertenecía a la tripulación del crucero, porque traía puesto su uniforme, pero después de observarlo detenidamente durante unos segundos, se dio cuenta de que era Kris. Intrigada por ver qué estaba haciendo allí, en lugar de alertarlo de su  presencia, Ernestina se lo quedó observando. Él, creyéndose solo comenzó a quitarse la ropa y, después de quedar completamente desnudo se zambulló en aquellas aguas tibias y cristalinas.

      Lo observó nadar durante un buen rato. Se lo veía disfrutar de tal manera, que ella no deseó turbar su placidez. Al salir del agua, se quedó un rato parado en la orilla mirando hacia el horizonte, seguramente esperando a que su cuerpo se escurriera al sol. Cuando por fin se dio vuelta para ir a recoger su ropa, la descubrió. Ella se había puesto de pie y lo miraba desde la sombra de aquellos árboles, deslumbrada.

—    ¿Qué haces aquí? —exclamó él, sorprendido, aunque sin moverse de donde estaba.

—    ¿Qué haces tú? —respondió ella—. ¿Acaso me seguiste hasta este lugar?

      Pero en ese momento las palabras no parecían tener ningún sentido. Por eso, ambos callaron y se quedaron inmóviles, como si cada uno esperara del otro la señal para poder reaccionar. No les había hecho falta demasiada perspicacia para darse cuenta de que, a pesar de que los años habían transcurrido, ellos eran los mismos de ayer. Es más, les había sido fácil sentir que aquella atracción poderosa que una vez los había unido se actualizaba sin pedirles permiso y resurgía con más fuerza que antes, como un potente rayo  electrizándolos con insostenible intensidad. Entonces, sus ojos se alinearon enceguecidos, y todo alrededor se nubló.

—    Te amo —dijo Kris, rotundamente.

      Ernestina comenzó a temblar, sintiendo que el tiempo se detenía, y no hubo nada más que decir.  Kris corrió enardecido hacia ella y, arrebatados como por el estallido de una súbita tormenta, parecieron transportarse al pasado, al momento justo en que su acto de amor había quedado inconcluso. Entonces, sus cuerpos se reencontraron y, mimetizados con el increíble paisaje, pudieron concluirlo con creces.

      Cuando Kris la acompañó hasta su camarote, Ernestina creyó que él iba a entrar con  ella, pero en cambio se despidió sin dar efusivas muestras de familiaridad. Era entendible: por su trabajo, él no podía mostrarse involucrado con una pasajera.

      Tendida boca arriba sobre su cama, no dejaba de sonreír. Estaba emocionada. Ahora sí, sus dudas comenzaban a disiparse. En aquel increíble encuentro había quedado comprobado que otra vez estaba locamente enamorada de Kris. En realidad,  que nunca había dejado de estarlo. Por fin sentía que su vida era suya y que se enfocaba definitivamente a algo que la hacía legítimamente feliz. Y era hacia él.

      A la hora de la cena tenía un hambre descomunal, así que fue, como los días anteriores al restorán. Esperaba verlo. Pero esta vez en la mesa estuvo sola.

      Hacía pocos minutos que había vuelto decepcionada a su camarote, cuando golpearon a su puerta. Abrió enseguida porque pensó que era él. Sin embargo, se equivocaba.

—    ¿Eres Ernestina, no es así? —le dijo la chica con expresión de pocos amigos.

      Se dio cuenta al instante de que era la misma chica con la que había visto a Kris la otra tarde.

—    Me llamo Silvina. Soy amiga de Kristian.

      Antes de que hablara, Ernestina ya había leído el nombre en su identificación, por eso se la quedó mirando expectante. Podría haber escuchado de ella cualquier cosa, menos lo que oyó a continuación.

—    Mira, vengo a pedirte que te alejes de él. Espero que entiendas, porque estás poniendo en riesgo su trabajo. Ya bastante hizo tu familia por complicarle la vida, así que te pido encarecidamente que esta vez lo dejes en paz.

      La chica se fue antes de que ella pudiera reaccionar y pedirle explicaciones. Ella ya se había dado cuenta de que sobre el barco él tenía que ser discreto, pero ¿qué había querido decir con que su familia le había complicado la vida? Entonces salió corriendo tras ella y la detuvo justo cuando estaba por subirse al ascensor.

—    Espera —le dijo, agitada tomándola por un brazo—. Necesito que me aclares lo que me acabas de decir.

—    No tengo nada que aclararte —le dijo la chica, soltándose despectivamente—. Tú debes saberlo muy bien.

—    No tengo idea de qué me estás hablando. Yo nunca le hice mal.

—    Eso es lo que tú crees.

      Ernestina la miraba con los ojos muy abiertos. Cuando él desapareció sin dejar rastro ella creyó morir. Estaba segura de que Kris estaba tan enamorado como ella, por eso su actitud repentina la desorientó, sumiéndola durante mucho tiempo en una profunda angustia. Pero ahora esa chica le estaba sugiriendo que él se había ido por su culpa, y ella lo necesitaba esclarecer.

—    ¿De verdad no lo sabes? —prosiguió la chica, con una mueca de desagrado—. Es difícil creer que no lo sepas. ¿Acaso no sabías que la familia de Kris tuvo que llevárselo al extranjero  porque tu padre amenazó con acusarlo de haber abusado de una menor de edad? Para ti debe haber sido muy fácil escudarse en el poder de papá para deshacerse de un chico que ya no le  interesaba.

      Ernestina no pudo responderle. Lo que le estaba revelando era demasiado burdo como para poder reaccionar.  

—    Ahora, si me disculpas —dijo la chica con displicencia—, debo volver a mis obligaciones.

      Se encerró en su camarote y cayó vencida sobre un sillón. Le temblaban las piernas. Ella nunca se enteró de algo así. Jamás podría haberlo imaginado. Pero no se sorprendía; su padre, como siempre, había dispuesto el curso de su vida.

      A la mañana muy temprano, cuando el barco atracó en un nuevo puerto descendió con todas sus maletas. No iba a volver a subir. Desde ahí se tomaría un vuelo que la llevaría de vuelta a su casa.

      Estaba en el taxi rumbo al aeropuerto cuando sonó su celular. Era un número desconocido, pero por las dudas atendió.

—    Ernestina, ¿dónde estás?

      Era Kris, y se lo oía preocupado.

—    Estoy camino al aeropuerto.

—    ¿Por qué?

      Ernestina dudó. Ella se alejaba de él abrumada por lo que acababa de saber. Las palabras de Silvina habían herido tan profundamente su corazón que no le habían quedado fuerzas para pedirle a él que se lo confirmara. Por eso mintió.

—    Es que surgió un imprevisto y debo marcharme a casa lo antes posible.

—    No te creo —exclamó Kris, con vehemencia—. Mira, sé que Silvina habló contigo y que posiblemente te dijo cosas que no debería haberte dicho.

      Como ella no respondía, prosiguió:

—    No fui yo quien la alentó a que lo hiciera. En cuanto lo supe quise llamarte para que lo aclaráramos.

—    No, Kris. No te preocupes. No es por eso que me voy.

—    No es verdad —insistió—. Te conozco bien. Mira, Silvina ha sido siempre una buena amiga, pero esta vez se extralimitó. Lo que te dijo no debe cambiar nada entre nosotros. Yo nunca te culpé de lo que pasó. Sé que no tuviste nada que ver.

—    No, Kris. No puedo dejar de sentirme responsable. Lo que te hizo mi padre es imperdonable.

      Se hizo un silencio, y Kris comenzó a escucharla llorar.

—    Yo no sabía nada, te lo juro —dijo sollozando, sin poder contenerse—. Nunca en mi vida me había sentido más abochornada. Aquella vez, cuando desapareciste creí morir. Pasé mucho tiempo sin podérmelo explicar, porque sabía que me querías. Te esperé durante mucho tiempo pero nunca me llamaste. Sufrí mucho porque  pensé que tal vez te habías cansado de mí.

—    No, Ernestina, me prohibieron llamarte. Yo era apenas un chico. No pude quedarme para defenderte. Después, el tiempo pasó y tuve que convencerme de que tú habías continuado con tu vida. Pero a pesar de todo, nunca lograron que te olvidara.

—    Perdóname Kris, por favor, pero tengo que procesar todo esto. Para eso debo irme.

—    Te amo —declaró él, desesperado, esperando hacerla recapacitar—. No te vayas. Sabes que no puedo bajarme del barco. No te puedo ir a buscar.

—    Yo también te amo, Kris. Pero en este momento estoy demasiado aturdida para quedarme. Lo siento, pero me tengo que ir.

      Ella ya estaba poco convencida de querer trabajar junto a su padre, y ahora después de enfrentarlo, mucho más. Por eso optó  por distanciarse. También rompió su compromiso con su novio y se mudó a otra ciudad. Por fin sentía que era dueña de su vida. Sin embargo, ésta se había quedado con Kris. No lo había llamado y suponía que él tampoco lo hacía respetando su deseo de tomar distancia. No obstante, por primera vez se sentía segura y esperaba reunirse cuanto antes con él. Y no tuvo que esperar demasiado.

      No habían pasado dos meses cuando le llegó un extraño mail. En éste le avisaban que era acreedora a un viaje promocional y le adjuntaban el pasaje. Al principio no le prestó atención, porque generalmente esas promociones eran fraudulentas. Sin embargo, algo llamó poderosamente su atención. Se trataba de una excursión en un nuevo crucero de lujo, que justamente tenía como uno de sus destinos aquella isla paradisíaca en donde había estado con Kris. Entonces no lo pensó dos veces. Armó sus maletas y se fue.

      Cuando entró al camarote creyó que se había equivocado. Era una suite enorme, con un salón de estar, un dormitorio principesco y una terraza privada. Pensó que había habido un error, por lo que de inmediato enfiló hacia el mostrador de atención al cliente para subsanarlo.

—    No hay ningún error —dijo el empleado después de verificar en su computadora—. Es esa suite. Tal vez se confundió porque no vio a su acompañante, pero él ya se registró. Creo que en este momento está saludando al capitán. Seguramente bajará enseguida, ya que salimos en menos de una hora.

      La bocina del barco sonó tres veces, anunciando que zarpaban. Ernestina  se asomó a la terraza y se quedó mirando cómo lentamente dejaban aquel puerto atrás. Fue en ese instante cuando la puerta del camarote se abrió y él entró.

—    Quería estar seguro de que no te habías bajado —dijo satisfecho Kris.

—    No. Aquí estoy.

—    Y de ahora en adelante es aquí donde debes estar.

—    ¿Intentas secuestrarme?

—    No. Solamente planeo casarme contigo. Si estás de acuerdo, a la noche nos espera el capitán para la ceremonia en el piso superior.

—    ¿Por qué no traes puesto tu uniforme?

—    Porque estoy de vacaciones. Eso significa que durante los próximos dos meses podemos ir adonde tú quieras.

—    Quiero que volvamos a aquella isla.

—    Está bien. Pero eso será dentro de unos días. Antes tenemos mucho por hacer.