Un check in inesperado
Nora Sisto
El aeropuerto parecía un hormiguero. Habían coincidido varios vuelos y como si fuera poco estaba arribando una delegación deportiva que había competido con éxito en otro país. Mavi, detrás del mostrador de check in para partidas, no daba abasto en la recepción de todos los que, en una larga fila con sus maletas aguardaban su turno para registrarse. Hacía varias horas que estaba ahí de pie, frente a la computadora controlando pasajes y pasaportes, y ansiaba que de una vez por todas pudiera irse a su casa a descansar. Cuando más enfocada estaba en terminar cuanto antes, su móvil sonó. En un gesto automático lo sacó de su bolsillo y sin quitar la vista de la pantalla en la que estaba procesando los datos de quien estaba atendiendo, respondió. Era Lea, su amiga y compañera de trabajo que la llamaba desde su puesto de inmigraciones.
— ¡Mavi! —dijo una voz exaltada, desde el otro lado de la línea—. ¿A qué no sabes a quién acabo de ver?
— Lea, ahora mismo no tengo tiempo para ponerme de charla. En una hora, cuando termine con todo este lío si quieres nos encontramos afuera y charlamos todo lo que quieras.
—
Pero
Mavi —insistió—, es que acabo de ver a Monte.
Se hizo un silencio y la mirada de Mavi sobre la pantalla de la computadora se congeló.
— ¡Mavi! —reiteró Lea, con énfasis—. ¿Escuchaste lo que dije?
— Lea, creo que estás equivocada. Habrá sido alguien parecido a él.
— No, no —insistió Lea—. Acaba de pasar por mi puesto para hacer el control de entrada, y Jesús del Monte Martínez Pérez de Quintana y León no ceo que haya muchos, ¿no?
Mavi le sonrió nerviosamente al pasajero que tenía frente a ella, como gesto de disculpa por demorarse en su atención, y sin responderle a Lea volvió a guardar el móvil en su bolsillo. Pero cuando terminó de atenderlo, sintió que las piernas se le aflojaban y todo daba vueltas a su alrededor.
En la salita de descanso no había nadie en ese momento. Entonces, agotada se dejó caer sobre una silla y quedó en blanco. Pasó un rato sin que ningún pensamiento acudiera a su mente. Cuando Lea entró, se alarmó al verla mirando fijamente la pared, como una zombi.
— Hija, no quise preocuparte. Te ves horrible. ¿Te traigo un café?
— Estoy bien —repitió Mavi, porfiadamente—. Ha sido solo la impresión.
— No, no estás bien —dijo Lea calmadamente, sentándose a su lado—. Si lo hubiera sabido no te habría dicho nada.
Mavi la miró y no tuvo que decir nada para que Lea entendiera. A pesar de haber pasado muchos años, Monte siempre había sido un cabo suelto.
Por aquella época Mavi García había llegado a aquel importante instituto de enseñanza becada por un programa de intercambio. Iba a culminar en él su último año de bachillerato y luego regresaría a su ciudad natal en donde asistiría a la universidad. Era una oportunidad única, ya que el instituto en cuestión gozaba de gran prestigio y su experiencia allí le proporcionaría un upgrade a su ya destacada escolaridad. Sin embargo aquel upgrade no iba a darse justamente donde se esperaba.
Para aquel fin de cursos iba a haber una gran fiesta de graduación y como era lógico, Mavi asistió con su amiga Lea, una compañera de clase conocedora del sitio por ser oriunda de aquella ciudad. Para la ocasión, Mavi se había vestido, peinado y maquillado provocativamente, y como era muy bonita enseguida se convirtió en el punto de mira de los muchachos. En particular de Jesús del Monte Martínez Pérez de Quintana y León, un chico lindo perteneciente a una familia acomodada, por el cual las chicas suspiraban y que tenía fama de conquistador. Como era previsible, la fiesta giraba en torno a una descontrolada canilla libre de bebidas alcohólicas, a la que Mavi y su amiga se sumaron para no desentonar. En ningún momento Lea prestó atención a lo que entre Mavi y aquel chico estaba a punto de suceder. Pero al otro día, cuando se hubieron disipado los efectos de la bebida, quedó estupefacta: Mavi había perdido su virginidad con él.
A Monte, Mavi apenas lo conocía, y a pesar de ser un chico atractivo, estar con él nunca había sido su intención. Solo se había entregado a él llevada por la inconsciencia del barullo. Ahora, después del hecho consumado no le interesaba que su experiencia constituyera el comienzo de una relación. Apenas iba a ser el edulcorado recuerdo de su emocionante «primera vez». Pero pasados los días se dio cuenta de que aquella no había sido solo una inocente e intrascendente travesura, sino que se topó con una inesperada situación: estaba embarazada.
Monte se había marchado al extranjero a estudiar medicina en una costosa universidad, y eso le había facilitado no tener que hacérselo saber. Pero a pesar de haber cortado todo vínculo con él, igual había optado por poner a su hija un nombre acorde al suyo. Sería María del Camino García, aunque familiarmente la llamaría «Cami».
Descolocada ante la vertiginosa sucesión de los acontecimientos, Mavi se había negado a volver a la casa de sus padres, pero como no podía continuar alojada en la pensión estudiantil en la que estaba, se vio obligada a mudarse con su hija a otro lugar. Para ayudarla, su amiga Lea le había conseguido alojamiento en forma provisoria en la casa de unos conocidos, en las afueras de la ciudad. El lugar había oficiado hasta hacía dos años como pensionado para estudiantes, pero por motivos de fuerza mayor había dejado de serlo, y ahora era simplemente una gran casa familiar. Su propietaria, Iris Rosales, había accedido como excepción a recibirla, viendo en eso una oportunidad esperanzadora de pasar página a las circunstancias tristes que le había tocado vivir.
Iris era una cuarentona viuda con dos pequeñas hijas: Renata de doce años y Mariel de diez. Iris había heredado la propiedad de sus padres junto con su hermano Dani, diez años menor que ella, y desde hacía dos años los cuatro vivían allí. Desde un principio, a Mavi le encantó aquel lugar. Era una casona señorial de dos pisos, con techo de tejas y paredes exteriores de ladrillo prensado, ubicada en un tranquilo barrio residencial. A la entrada, un porche con dos columnas blancas resguardaba de la intemperie la puerta principal, y alrededor de toda la casa había un extenso jardín con árboles y plantas con flores, que a Mavi la cautivó.
La casa tenía muchas habitaciones. La de Mavi y Cami se encontraba en el piso superior, igual que las de Iris y sus hijas. Dani por su lado ocupaba en la planta baja las antiguas dependencias de servicio anexas a la cocina, lo que le daba libertad para entrar y salir de la casa cuando quisiera, sin molestar a los demás. Arriba, las puertas de las habitaciones estaban conectadas a un vestíbulo al que daban también las de los dos cuartos de baño de ese nivel. Estos habían sido el resultado de dividir en dos el gran y único cuarto de baño que existía inicialmente en la propiedad. Cada uno de estos contaba en la actualidad con artefactos modernos, aunque en uno de ellos subsistía además la antigua tina blanca de hierro esmaltado que había funcionado por años en el baño original. A Mavi esta le encantaba y era la que utilizaba cada vez que tenía tiempo para darse un baño de relax.
La vida en la casa era placentera. Por las mañanas era habitual tomar el desayuno en la gran cocina de época con paredes revestidas de azulejos blancos colocados al bies y combinados con pequeños mosaicos negros, sobre las cuales se apoyaban las encimeras de mármol blanco y los fogones a gas. En el centro había una gran mesa cuadrada de madera dura alrededor de la cual se congregaban diariamente para comer o para preparar los alimentos. Sobre una de las paredes había además una importante estufa a leña que se mantenía continuamente encendida durante los meses de frío, dentro de la cual existía una pequeña parrilla que usaban a veces para cocinar. A través de las ventanas de la cocina se podía admirar el hermoso jardín posterior, y por una puerta vidriada y bajando unos pocos escalones era posible acceder a él.
Mavi no solo se ocupaba de su beba y de las tareas de la casa. También había conseguido un empleo en el aeropuerto gracias a las gestiones de Lea que ya trabajaba allá. Durante sus horas de trabajo, Iris y sus hijas cuidaban de Cami, y cuando Mavi volvía ayudaba a preparar la comida para merendar o cenar. Iris se asombraba de su capacidad de trabajo, y admiraba su buena disposición y su fuerza de voluntad. Dani también la admiraba por todo eso, pero también por su belleza y su naturalidad, aunque se obligaba a contenerse para no contaminar aquella armónica convivencia familiar.
Era una tarde lluviosa. Mientras su bebé dormía en su cochecito al costado de la mesa de la cocina, Mavi aprovechaba a cocinar unos panqueques para merendar junto a Iris y las chicas cuando volvieran de su paseo por el centro de la ciudad. En el sartén ponía unos y sacaba otros, cuidando de que no se quemaran. De pronto se desató un gran chaparrón y al recordar que había dejado abierta la ventana de su dormitorio, subió rápidamente para cerrarla y de paso recorrió las demás habitaciones para cerciorarse de que no hubiera quedado ninguna a medio cerrar. En eso estaba cuando desde el piso superior escuchó que su bebé lloraba y se dispuso a bajar. Pero de pronto el llanto abruptamente cesó. Entonces se abalanzó corriendo por las escaleras para ir a buscarla. Pero cuando llegó a la cocina, el espectáculo ante sus ojos la dejó sin habla. Dani acababa de llegar y estaba parado de espaldas a la puerta sosteniendo a Cami en sus brazos, contra su pecho de modo que su cabecita asomaba plácidamente apoyada sobre su hombro. Al oír los pasos de Mavi volteó enseguida y dejó de masajear su espaldita.
— Eran gases —le explicó en voz baja para no despertarla—. He visto a Iris hacer esto más de una vez.
Para Mavi, Dani era como un mueble de esos que uno se cansa de ver todos los días y no les presta atención. Sabía que le habían faltado unos exámenes para recibirse como ingeniero aeronáutico, y que no tenía intención de volverlos a rendir. Cuando dos años atrás el esposo de Iris murió en un fatal accidente de tránsito, él había dejado todo, incluso el cómodo apartamento en el que vivía, y sin pensarlo había acudido a ayudar a su hermana. Él se ocupaba de muchas de las tareas de la casa y con Iris era incondicional. Pero tenía un defecto. Por las noches salía con su motocicleta y no volvía hasta entrada la madrugada. Esto a Mavi inconscientemente le molestaba, pero también inconscientemente le alegraba encontrarlo todas las mañanas en la cocina desde muy temprano, desayunando su acostumbrada leche con miel. Dani no era un juerguista empedernido ni un irresponsable; solo era un hombre que luchaba por canalizar de alguna forma su ansiedad.
— ¿Ves? Ya se durmió —le dijo, orgulloso de su diagnóstico.
Y enseguida se acercó a Mavi para entregársela.
— Ten —le dijo, casi como un susurro.
Al sentirlo tan cerca, Mavi se estremeció, porque percibió en lo profundo de su ser que la paz que él le transmitía a su hija con su abrazo la alcanzaba a ella también. Y él se inquietó al notarla turbada. Fue así que en aquel instante un mensaje inesperado, mágico y secreto los atravesó a los dos: ella comprendió que iba a ser inevitable que tarde o temprano se enamorara de aquel hombre, aunque por el momento no estaba en posición de comprometerse con nadie ni de dar alas a su corazón. Él, por su lado entendió que iba a tener que esforzarse mucho para estar con ella. Porque él sí, ya estaba total, absoluta e irremediablemente enamorado.
A esa altura, Mavi consideraba a la familia de Iris como propia, y su permanencia en la casa se prolongaba sin fin, por eso a partir de aquel día se propuso ser más comprensiva y amistosa con Dani. Pero desafortunadamente sus planes no llegaron a concretarse, porque en forma inexplicable él desapareció. Al principio notó que entraba y salía de la casa evitándola, y cierto día de buenas a primeras lo dejó de ver. Iris mencionó que había viajado porque, según él, necesitaba oxigenarse. Pero no dio ninguna otra explicación. Así pasaron cinco años durante los cuales Mavi intentó procesar su ausencia, aunque nunca lo pudo lograr.
Después de todo aquel tiempo, Dani se había vuelto para ella casi como un mito, como el legendario protagonista de una historia incipiente que no se había llegado a concretar. Pero ahora Monte surgía como una flagrante realidad. Había aparecido sin previo aviso y ella tenía que ponerse en guardia si quería ubicarlo sin conflictos en su panorama personal. La había contactado por teléfono para decirle que al haberse enterado de que tenía una hija, era su voluntad regularizar la situación. Pero las cosas no eran tan simples.
La tarde estaba muy fría. Mavi recién había llegado del trabajo y se había encontrado con una notita de Iris sobre la mesa de la cocina en la que le decía que había salido con Cami y las chicas y posiblemente tardaran en volver. Estaba agotada mentalmente por tanto estrés, así que se dijo que le vendría bien un largo baño caliente en aquella tina blanca. Encontró una vieja estufa que estaba archivada y la conectó en el baño para calentar el aire del lugar. Después se aprontó pensando en disfrutar de un largo rato de distensión. Se sumergió hasta el cuello en el agua tibia que acariciaba su cuerpo, esperando serenarse y no pensar. La aparición de Monte había sido siempre previsible, pero después de tanto tiempo había llegado a pensar que tal vez nunca se fuera a producir. Cami siempre había sabido que tenía un padre al que no conocía, pero aquel relato vago se estaba por convertir ahora en algo tangible con lo que ambas iban a tener que lidiar.
En ningún momento Mavi se percató de que la estufa en cuestión tenía los cables revenidos, por lo que estos de pronto al recalentarse provocaron un cortocircuito y la luz de toda la casa se apagó. Súbitamente, el frío de la oscuridad la invadió. Espantada, saltó fuera de la tina e instintivamente gritó. Sabía que en la casa no había nadie que pudiera responderle, por eso quedó petrificada cuando de improviso la puerta del baño se abrió y una sombra entró. La penumbra apenas le permitía distinguir su figura, y cuando vio que iba hacia ella comenzó a temblar. Pero no por temor ni por el frío que la atenazaba, sino por la emoción. Y aquella sombra no perdió el tiempo con palabras. Fue rápidamente hacia el armario, sacó una gran toalla con la que la envolvió de la cintura para abajo. Después se quitó la chamarra negra que traía puesta y se la puso a ella, masajeándole enérgicamente al mismo tiempo la espalda para que entrara en calor. Al sentir sobre su piel mojada la suave calidez de aquella prenda, Mavi se aflojó. Entonces él la alzó con determinación en sus brazos y la sacó al corredor. Al salir, le preguntó con premura, con aquella voz ronca que ella conocía muy bien:
— ¿Cuál es tu habitación?
Y ella se la señaló con el dedo.
Una vez dentro, abrió con decisión la cama, la acostó en ella y la tapó con una frazada hasta la nariz. La única luz en el ambiente era la de una luna llena que entraba por la ventana y comenzaba a iluminar el inicio de la noche.
— ¿Sabes quién soy, verdad? —dijo él, mirándola a los ojos.
— Sí —respondió Mavi, sin dudar—. Dani.
— Está bien —dijo Dani, suspirando tranquilo—. Cuando te sientas mejor te espero en la cocina para darte algo caliente para beber.
No tuvo que esperar demasiado, porque al poco rato Mavi apareció, vestida con un atuendo de entrecasa: un chándal abrigado, un buzo de tejido grueso con guardas de colores y cuello alto, y un gorro de lana con pompón. La luz ya se había restablecido, y a pesar del frío reinante, en la cocina el ambiente era cálido y acogedor. Dani estaba agachado junto a la estufa a leña, y acomodaba cuidadosamente un par de cacerolitas sobre la parrilla esperando a que se calentara su contenido.
— Había saltado la llave térmica —le informó, sonriente—. Tal vez sea hora de comprar una estufa nueva.
Mavi también sonrió asintiendo con la cabeza, aunque con una exaltación imposible de ocultar.
— Aquí te dejo la campera —le dijo, mientras la colgaba prolijamente en el respaldo de una silla—. No la he secado porque tuve miedo de encender el secador.
— No importa —respondió él, al mismo tiempo que quitaba del fuego las dos cacerolitas—. ¿Quieres leche o café?
— Leche, gracias.
Tomando la taza, Mavi se dirigió a la alacena, sacó el frasco de la miel y le puso una cucharada a la leche caliente, revolviéndola despacio al mismo tiempo que se sentaba a la mesa.
— Veo que no te has olvidado —dijo Dani, con cierta ambigüedad.
— Así es —afirmó Mavi, también ambiguamente.
Pero antes de que pudieran comenzar a entablar una conversación se escucharon gritos y exclamaciones provenientes de la puerta de entrada. Eran Iris y las chicas que habían vuelto a casa. Al entrar en la cocina, Iris fue directo hacia Dani, a quien abrazó emocionada.
— Podrías haber avisado que venías en otro vuelo —exclamó recriminándole—. No sabes los nervios que hemos pasado al ver que no llegabas.
— Perdona —se disculpó Dani, sabiendo que su hermana nunca podría rezongarlo en serio—. Es que como mi vuelo estaba retrasado, un amigo se ofreció a traerme en un jet particular. No me quería demorar.
Mavi se preguntó cuál habría sido el apuro de Dani por volver. Sin embargo, su pensamiento se pausó al poder observarlo a la luz. Hacía cinco años que se había marchado y ella nunca había sabido por qué. Durante todos esos años parecía haber crecido. Se lo veía aplomado, maduro y mucho más apuesto que antes. Sin la campera puesta, un buzo negro ceñido al cuerpo destacaba su musculatura, y su cabello levemente más largo conservaba el corte «a la taza» que lo caracterizaba, pero ahora mechones de distinto largo se entrelazaban sin control. No obstante, su pensamiento aterrizó bruscamente en la realidad cuando se dio cuenta de un asunto que hasta ese instante no había tenido en cuenta: Dani estaba en casa, otra vez.
Al día siguiente, lo primero que hizo fue increpar a Lea por no haberla alertado de su llegada.
— ¿Por qué no me avisaste que Dani había vuelto? —exclamó enojada, al verla—. Y no me digas que pasó inadvertido por tu mostrador. Después de todo, aunque no sea tan rimbombante como el de Monte, «Daniel Rosales» es un nombre bastante peculiar.
— Él no me lo permitió —confesó finalmente, Lea.
Y riéndose con picardía, agregó:
— Tal vez esperaba tener contigo un encuentro especial.
¡Y vaya que había sido especial! Ahora no tenía idea de cuánto tiempo se quedaría, y por cábala tampoco quería preguntar.
Dani había recuperado su antigua habitación al lado de la cocina, y su nueva vida parecía comenzarse a encaminar. Iris estaba feliz de volver a tenerlo a su lado, pero más aún porque ya no parecía empeñado en ejercer el rol de hermano protector que por un tiempo le había impedido avanzar. Mavi también se alegraba de que al fin encarara su propia vida. Había vuelto con su título de mecánico aeronáutico bajo el brazo y había conseguido trabajo en el mismo aeropuerto en el que ella trabajaba. Aun así, percibía que continuaba existiendo entre ellos una distancia que ella no sabía cómo zanjar. Tenía muchas preguntas para hacerle, mil interrogantes que habían quedado pendientes y que ella sola no había podido dilucidar. A veces lo observaba llegar desde la ventana de su habitación, lo veía estacionar su moto en el jardín y entrar a la casa directamente por la cocina, y le provocaba bajar y abordarlo. Pero invariablemente se abstenía. No quería forzar una conversación.
Ese día, Monte había quedado en pasar en la tarde por la casa para saludar, y su visita estaba rodeada de grandes expectativas. Mavi había ataviado a Cami muy bonita para recibirlo, pero en sí misma no había puesto demasiada atención. No le interesaba acicalarse para él. Iris, por su lado había preparado todo para servir un chocolate en el jardín, y con tal propósito había horneado una torta y unos bocadillos.
De parte de Monte, la reunión se había desarrollado sin contrariedades ni sobresaltos, y tanto Mavi como Cami, Iris, Renata y Mariel se habían sentido a gusto con él. Quien no había llegado aún era Dani, y por la hora que era parecía que no iba a llegar. Pero apareció justo en el momento culminante. Estacionó como siempre su moto al costado de la casa, se quitó el casco y fue caminando sin apuro con él en la mano hacia donde estaban reunidos. Saludó apenas con un gesto de su cabeza, comprobando con agrado que Monte ya se iba, y se quedó a un costado esperando pacientemente a que todos se terminaran de despedir. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando Monte hizo de pronto una jugada inesperada. Tomó a Mavi por los hombros y anunció que estaba dispuesto a intentar iniciar con ella una relación. Al oír esto, Dani no pudo asentir alegremente como los demás. Impávido y con el ceño fruncido miró a Mavi a los ojos buscando una respuesta. Pero se encontró con los ojos de ella que a su vez buscaban desesperadamente una respuesta en los suyos.
Aquel encuentro con Monte había sido para Mavi particularmente perturbador. Él parecía tener muy claro su propósito de formar una familia, pero para ella no era tan sencillo de aceptar. Monte era sin lugar a dudas un candidato excelente. Era un médico prestigioso y contaba con un importante patrimonio familiar. Por lo tanto su hija tenía junto a él un futuro prometedor. Sin embargo, aunque en el pasado ella se hubiera visto atraída por sus encantos, en el presente no sentía absolutamente nada por él. Por lo menos, nada como lo que sentía por Dani.
Ya era tarde en la noche y todos se habían ido a descansar, menos Mavi, que continuaba sentada en la escalera que daba al fondo de la casa rumiando sus emociones encontradas. Se la veía inmóvil, mirando hacia el vacío, seguramente intentando digerir lo vivido durante la visita de Monte, horas atrás. Desde la ventana de la cocina Iris la monitoreaba, pero sabía que no debía intervenir. En eso estaba, cuando Dani salió intempestivamente de su habitación. Había estado largo rato mirando a Mavi sentada sola ahí afuera, y se había decidido a salir a buscarla. Pero Iris lo detuvo.
— Déjala —le ordenó, tomándolo de un brazo—. Necesita aclarar lo que siente.
Dani miró a su hermana consternado, poco convencido de lo que ella le acababa de ordenar. Pero acató.
— Confía en ella —continuó diciéndole Iris en tono comprensivo—. Sé que decidirá lo mejor.
Dicho esto, Iris se fue escaleras arriba hacia su dormitorio y después de unos minutos Dani también se retiró a su habitación, aunque una vez ahí se quedó otra vez junto a la ventana, observándola. Cuando Mavi finalmente se decidió a entrar, al pasar por la cocina vio que sobre la mesa la esperaba una taza junto a una cuchara, una cacerolita con leche y el frasco de miel. A su lado, una notita decía: «Te hará bien». A la mañana siguiente, cuando Dani pasó muy temprano por la cocina antes de salir para su trabajo, vio con agrado que la cacerolita vacía, la taza y la cuchara estaban lavadas y acomodadas sobre la mesada.
Monte había comenzado a frecuentar la casa asiduamente. Iba generalmente por las tardes después de finalizar sus consultas, y se quedaba largo rato con la intención de entablar con su hija una relación. Dani nunca se cruzaba con él, ya que cuando regresaba a la casa, este ya se había ido. Sin embargo, el saber de su presencia allí lo malhumoraba. Se sentía impotente por no poder intervenir, y por eso no podía evitar comportarse hoscamente con su familia y especialmente con Mavi. Las cosas también estaban llegando a un punto insostenible para Mavi, que por un lado se sentía presionada por la insistencia de Monte y por otro, angustiada por el silencio ensordecedor que Dani se empeñaba en mantener.
Por eso, una noche, aprovechando que Iris y las chicas ya estaban durmiendo, se quedó en la cocina limpiando y ordenando, como una terapia doméstica para aplacar su inquietud. En eso estaba cuando escuchó el motor de la moto proveniente del jardín, y antes de que pudiera reaccionar, Dani irrumpió en el lugar. Se notaba que estaba ebrio, y al verla allí exclamó, riéndose afectadamente
— ¡Mira a quién tenemos acá! La futura señora de Quintana Pérez Martínez León —dijo expresando despectivamente el apellido de Monte en forma desordenada.
— ¿Qué dices? —respondió Mavi, enojada—. Estás borracho.
Él la miró sin decir nada. Después, dándole la espalda tomó un vaso de encima del fregadero, lo llenó de agua y se lo bebió de un tirón.
— Voy a hacerte un café para que te compongas —dijo Mavi, consternada ante su lamentable estado.
— No, querida —saltó Dani—. Esto no se arregla con un café.
— ¿Y cómo se arregla? —respondió inocentemente Mavi, aunque al instante se dio cuenta de que no debería haberle hecho esa pregunta.
Porque al escuchar sus palabras, él dejó inmediatamente el vaso golpeándolo sobre la mesada y se plantó frente a ella, mirándola fijo con una mezcla de exaltación e indecisión. Y la exaltación pudo más. Sin mediar palabra la atrajo hacia él aprisionándola con fuerza contra su cuerpo, e inmovilizándola contra la mesa la besó con desesperación. Ella no se animó a abrazarlo por temor a provocar en él un desatino mayor, pero no opuso resistencia. No podía. No quería. Sus bocas se fundieron en una sola, sin medida y el mundo a su alrededor desapareció. A través de su ropa ella sentía la imponente erección de aquel hombre, e instintivamente quiso responderle incrustando con vehemencia sus senos erizados sobre su pecho. Excitada ante aquel arrebato, deseó con todo su ser que ese momento no terminara jamás. Pero él, en un súbito rapto de lucidez la soltó con brusquedad y dejándola ahí, aturdida y sin explicación alguna, se marchó a su habitación.
Después de aquel episodio, por varios días Mavi no logró volver a conciliar el sueño. La balanza se había torcido definitivamente a favor de él. Dani, en cambio se mostraba alegre y entusiasta. A ella la trataba con su habitual indiferente amabilidad, como si nada hubiera pasado, y eso la hacía dudar de la brutal sinceridad manifestada en aquel acto. Él parecía no recordar nada de lo sucedido, posiblemente porque su estado etílico en aquel momento lo había desconectado de la realidad. Pero ella no podía olvidar y no encontraba la manera de planteárselo y conseguir de él una respuesta.
No obstante, Dani sabía bien cómo se sentía respecto a ella, solo que no podía hacérselo saber. Monte era el padre de su hija, y su peso en la vida de Mavi era innegable. Y aunque durante aquellos cinco años de ausencia había alimentado la ilusión de llegar a hacerla su mujer, la sombra de Monte invariablemente lo desalentaba. Al enterarse de que este había vuelto a hacerse presente en la vida de ella, se había apurado en regresar, pero solo era Mavi la que podía calmarlo.
Monte, ajeno a todo, continuaba con sus visitas vespertinas. Y Cami parecía hacerse cada día más cercana a él. Y aunque Dani evitaba intervenir en los asuntos de madre e hija, la convivencia entre ellos les confería una familiaridad que no se podía desconocer.
Esa tarde, Mavi llegaba cansada del trabajo, cuando al entrar en la cocina escuchó que afuera estaba teniendo lugar una interesante conversación. Eran Dani y Cami que, sentados en los escalones de la salida al jardín, parecían querer dilucidar un asunto trascendente. Entonces, se acercó despacio para escuchar sin ser vista.
— ¿Qué te parece Monte? —le decía Cami a Dani, ávida por escuchar su opinión.
— Mmm…..parece buena persona —respondía Dani, tomándose muy en serio su preocupación—. Aunque no lo conozco lo suficiente.
— ¿Crees que mi mamá quiera casare con él?
— Bueno —respondió confuso porque no se esperaba esa pregunta—. Pienso que eso deberías preguntárselo a tu mamá.
— ¿A ti no te gustaría casarte con ella?
Mavi sintió que se le aceleraba el corazón e intentó escuchar la respuesta de Dani, pero este carraspeó nervioso, evadió la pregunta y no le respondió.
— ¿Por qué lo dices? ¿Acaso Monte no te gusta? —le preguntó, a modo de respuesta.
— No lo sé. Es que dice que debería cambiar mi nombre.
— Sí, puede ser. Si Monte acepta ser tu padre deberías llevar el apellido de él. Imagínate: «María del Camino Martínez Pérez de Quintana y León» —dijo, riendo, pero revelando que sabía muy bien cuál era su apellido aunque antes lo hubiera querido ridiculizar—. En la escuela se vería genial.
— ¿Y «García»? —le recordó Cami, inocentemente.
— ¡Ah, sí! —exclamó Dani, gesticulando como si se hubiera olvidado de algo—. «García» va al final.
Ante esto último, Mavi no pudo evitar soltar una carcajada, lo que provocó que ambos voltearan al unísono hacia ella.
— ¡Mami! —saltó Cami, poniéndose enseguida de pie y yendo a abrazarla.
Pero Dani no dijo una palabra. Se puso de pie sin prisa observando complacido la complicidad entre ambas. Después sacudió un poco de su ropa el polvo de los escalones, tomó el casco que estaba sobre uno de ellos, y se fue. Cuando Mavi reaccionó y quiso hablarle, él ya se había alejado.
Por un par de días no lo volvió a ver y esto la alteraba. Tal vez Dani pretendía darle espacio para que aclarara sus ideas, sin embargo ella se sentía más fuerte si las aclaraba estando cerca de él. Sentía que a Dani le importaba, pero él no se manifestaba abiertamente y además parecía evitar a propósito encarar la situación. Por eso, al tercer día ya no pudo más.
El horario de trabajo de Dani en el aeropuerto comenzaba mucho más temprano que el suyo, así que un par de horas antes de que comenzara su turno, lo fue a buscar allá. No tenía idea de dónde quedaba el sector en el que trabajaba, pero después de mucho preguntar, dio con el lugar. El aeropuerto era muy grande, así que tuvo que ir en un bus interno que la dejó justo a unos metros de él, en un enorme hangar.
Estaba sentado frente a una computadora y se lo veía concentrado. De pie a su lado, y encorvado mirando hacia la pantalla otro funcionario lo secundaba y ambos comentaban lo que observaban ahí. Mavi, decidida enfiló hacia ellos y una vez a su lado se dirigió a él.
— Dani, necesito hablar contigo —dijo, con semblante serio.
Dani, sorprendido giró la cabeza para mirarla y el otro muchacho entendió al instante que debía alejarse para darles privacidad. Cuando Mavi se cercioró de que el muchacho estaba lo suficientemente alejado como para no escucharla, exclamó con una mezcla de imperativo y desazón:
— Quiero pedirte que por favor, ya dejes de confundirme.
Ante sus palabras, él giró la silla colocándose de frente a ella, pero sin ponerse de píe, y la miró fijamente a los ojos. Entonces le hizo aquella pregunta.
— ¿En verdad estás confundida?
Mavi sintió que un escalofrío le corría por la espalda. No era una pregunta retórica ni una respuesta en forma de pregunta a lo que ella acababa de decir. Era a la vez una confirmación de lo que ella esperaba y algo que él necesitaba saber. Por eso no atinó a decirle nada. Pero no fue necesario porque sus ojos dijeron todo lo que él necesitaba saber. Entonces, absolutamente calmado y sin moverse de su silla le indicó:
— Hablemos más tarde, en casa. Este no es el momento ni el lugar.
Llegó agitada a la casa. Sabía que debería esperar por lo menos un par de horas hasta que él llegara y se preguntaba qué había querido decir Dani con que lo hablarían después. Lo primero que hizo al entrar fue quitarse los zapatos, y al pasar por la sala fue dejando su abrigo, su bolso y sus llaves sobre lo primero que encontró. Se escuchaba ruido proveniente de la cocina, por lo que dedujo que Iris estaría con las chicas preparando algo para cenar, y hacia allí se dirigió. Pero cuando entró, su asombro fue fenomenal. No era Iris, sino Dani.
— ¿Qué haces aquí? —exclamó desconcertada, al verlo.
— Vivo aquí, por si no lo recuerdas.
Dani se veía tranquilo. De pie frente al fogón estaba manipulando dos o tres recipientes a la vez. Recién cuando los quitó del fuego y los colocó a un costado, volteó hacia ella.
— ¿Té, café o leche con miel? —le preguntó, con una sonrisa.
— Ya sabes lo que me gusta —respondió segura Mavi, sentándose a la mesa.
— Pues yo voy a tomarme otro café —dijo él, suspirando y tomando asiento frente a ella.
Mavi lo observaba en silencio mientras bebía despacio su taza de leche con miel. Él, después de revolver dos o tres veces su pocillo y bebérselo de un saque, comenzó a hablar.
— Dije que hablaríamos en casa. Y aquí estoy —dijo, mostrándose dispuesto.
— Gracias —fue lo único que a Mavi se le ocurrió decir. Estaba ansiosa pero no quería decir nada que fuera a arruinar el posible momento de franqueza.
— Mavi, me pediste que no te confundiera —dijo Dani, mirándola fijamente—. ¿Es así?
— Sí —respondió Mavi.
— Pero sin embargo no respondiste mi pregunta —afirmó Dani, y se lo veía ávido de conocer la respuesta—. ¿Estás confundida, o no?
Y agregó lo que ella tanto deseaba saber:
— Porque yo no lo estoy.
Mavi lo miró maravillada. Monte sería siempre el padre de su hija, pero Dani era el hombre de su vida. Por eso no dudó en responder.
— No, Dani, no lo estoy.
Dani suspiro sonoramente y se puso de pie.
— Entonces habrá que hacer algo al respecto —dijo, en tono reflexivo.
Mavi también se puso de pie esperando ansiosamente lo que él propusiera. Entonces él se acercó, la alzó en brazos, y le dijo al oído:
— ¿Vamos a tu habitación o a la mía?
— A la tuya —exclamó Mavi con picardía, sabiendo que era la que quedaba más cerca—. Pero espera, ¿dónde están Iris y las chicas?
— Tranquila. Por un largo rato no van a venir. Las mandé al centro comercial a hacer compras, después al cine y más tarde a cenar. Les dije que demoraran todo lo posible porque tú y yo teníamos mucho de qué hablar.
— Espera, Dani —dijo, otra vez—. Tengo un poco de vergüenza. La única vez que estuve con un hombre fue años atrás.
— No, mi querida, estás equivocada —afirmó Dani, con jactancia—. Tú nunca estuviste con un hombre. Los juegos de niños no cuentan. Esta va a ser tu primera vez.
…………………………………………………
— Hola, mami —dijo Cami desde el otro lado del teléfono.
— Hola, mi amor. ¿Cómo te está yendo con tu papá?
— Bien. Ayer me llevó a conocer la escuela en la que voy a estudiar. Es muy grande. Hay un gimnasio enorme y hasta una piscina. A ti te gustará. Y a mi hermano cuando sea grande también.
— Ya lo creo, aunque todavía falta mucho. ¿Vienes a casa este fin de semana?
— Sí, porque los extraño a todos.
Y agregó:
— Mami, quiero pedirte algo.
— Lo que quieras. Dime.
— Que al bebé no le pongan un nombre tan largo como el mío. Es muy difícil de escribir.
— ¡Por supuesto! —exclamó Mavi, riéndose—. ¿Y cuál nombre crees que iría bien con «Rosales»?
— No sé. Pregúntale a Dani. Lo que él diga me parecerá bien. Pero recuerda ponerle «García» al final.