Un "nene de mamá"

Nora Sisto


       Asomadas a la puerta del departamento, Jazmín y Susy despedían entre risas silenciosas a los dos chicos que ya se habían montado al ascensor y las saludaban también riendo. Cuando la puerta deslizante se cerró, las chicas se apuraron a volver a entrar al departamento, sin hacer ruido. Eran pasadas las cinco de la mañana y podía decirse que había sido una noche fenomenal. Susy había querido festejar en forma extravagante su cumpleaños número treinta con su novio Rolando y su mejor amiga, pero para poder pasar rato a solas con este, le había pedido que invitara a su vez a un amigo para hacerle compañía a Jazmín.

      Al principio, Jazmín se había negado, pero Susy había insistido tanto que al final aceptó. Y no se arrepintió. El amigo de Rolando se llamaba Camilo. No era lo que se dice un Adonis, pero pasada una hora de estar con él Jazmín se preguntó por qué habría dudado tanto en aceptar. Tenía la mirada de un niño desvalido  y su voz ronca y suave envolvía a la vez que sus brazos musculosos eran una invitación a sumergirse en ellos y quedarse a vivir por siempre allí. Lo cierto es que la “fiesta” resultó todo un éxito para las dos amigas. Después de  bailar y beber en exceso, Susy se había retirado con Rolando a su habitación y Jazmín había llevado a Camilo a la habitación de huéspedes en la otra punta del departamento, donde dieron rienda suelta a su fogosidad. 

      Además de grandes amigas, Jazmín y Susy eran compañeras de trabajo. Se  habían conocido un par de años atrás cuando Jazmín, recién recibida de abogada  había sido contratada en aquel  prestigioso bufete de la ciudad. Era un muy buen empleo y ganaban bastante dinero, por lo cual Susy se había dado el gusto de comprar aquel lujoso departamento y Jazmín soñaba con ahorrar lo suficiente para comprar uno similar.

—    Chica, ¡esta sí que ha sido una noche! —exclamó Susy, dejándose caer en el mullido sofá.

—    Todavía no me lo creo —dijo Jazmín estirándose boca arriba sobre la alfombra peluda.

—    ¿Y ahora qué me dices? ¿Hice bien en invitar al amigo de Rolando? —dijo Susy riéndose y tirándole un almohadón.

—    No lo sé —respondió Jazmín haciéndose la difícil—. ¿No tenías algo mejor?

—    Cállate, Jaz —rio Susy, bebiendo el vino que había quedado en el fondo de una copa—. Estoy segura de que apenas pudiste con él.

      Jazmín no le respondió. Era cierto. Aquel muchacho había estado fenomenal.

—    Relájate, amiga —agregó Susy—. Ya te dije que no vas a tener que verlo otra vez. Está de paso, y en un par de días regresa a su país. ¿Viste cuánto te facilito las cosas?

      Al oír las palabras de Susy, Jazmín se quedó pensativa. No sabía si prefería no volver a verlo.

      Cuando abrió los ojos se preguntó qué día era. Había llegado a su casa al mediodía y se había acostado otra vez a dormir. Estaba exhausta y todavía no tenía ganas de levantarse, pero miró el reloj de la mesita de luz y se asustó: eran las ocho de la noche. Rápidamente se dio una ducha y se dispuso a bajar a cenar.

      Su madre había fallecido años atrás y desde entonces vivía con su padre en una hermosa casa de dos pisos, un poco grande para solo ellos dos. Pero su padre había conocido recientemente a Mariel, una viuda al igual que él, al lado de la cual parecía estar recobrando la felicidad en su vida. Tanto es así que últimamente habían comenzado a hablar de matrimonio.

      A mitad de la escalera comenzó a oír voces y risas. Era su padre que estaba reunido con Mariel.

—    Acércate, Jaz —exclamó emocionado su padre al verla—. Mariel y yo queremos darte una noticia.

      Ella ya se lo esperaba. Aun así, fingió sorprenderse con la novedad.

—    Hija —dijo Mariel, emocionada—. Mañana haremos una reunión aquí para anunciar nuestro compromiso.

—    Así es, y van a venir los hijos de Mariel —añadió su padre—. Pero no tienes que preocuparte. Nosotros nos haremos cargo de todo.

—    Por supuesto —recalcó Mariel—. No vamos a ser una carga para ti. De paso será una buena oportunidad para que mis hijos y tú se conozcan. Como sabes, Tina y Lito no viven aquí, pero ya que han venido a la ciudad por otros asuntos, tu padre y yo hemos querido invitarlos.

      Se había olvidado de que Mariel tenía dos hijos. Los mencionaba con frecuencia pero ella nunca había prestado demasiada atención. Mariel era muy buena y cariñosa con su padre, por lo cual ella trataría a sus hijos con la misma amabilidad, ya que se convertirían en parte de su familia. Y si acaso no le cayeran bien, igual los trataría amablemente, ya que después de allí cada uno volvería a su propio país.

      Había sido una jornada extenuante en la oficina y a eso se le sumaba el cansancio acumulado durante el tumultuoso día anterior, por lo cual estaba contrariada por no haber podido  llegar más temprano, darse un baño caliente y cambiarse de ropa antes de que llegaran los invitados. Por eso cuando entró sudorosa y agitada lo primero que hizo fue pasar por la sala a disculparse, sobre todo con Mariel que la esperaba para servir la cena. Se estaba quitando atolondradamente el abrigo para depositarlo sobre una silla cuando al mirar hacia quienes estaban aguardándola casi se cae de espaldas. ¡Camilo estaba ahí!

      Como un rayo desvió la vista e intentó disfrazar su sorpresa esperando que nadie notara su turbación. Pero poco pudo hacer.

—    Jaz —intervino enseguida Mariel, ajena a todo—, te presento a mis hijos. Ellos son Cristina y Camilo.

      ¡«Tina y Lito»!, exclamó azorada para sus adentros. ¡Cómo no saber quiénes    eran si Mariel no cesaba de nombrarlos! Sabía que se trataba de una chica y un muchacho. «Tina» era «Cristina», porque era fácil de adivinar, pero nunca se había detenido a hacer esa otra, simple y obvia deducción: «Lito» era una abreviación de «Camilito», y Camilito no era otro que ¡Camilo! 

—    Mucho gusto —respondió, absolutamente abrumada, sin animarse a acercarse para darles la mano—. Disculpen, pero debo ir por un momento a mi habitación.

      Se encerró en su dormitorio sin saber qué hacer. No se había disipado aún el calor compartido por sus cuerpos en aquel apasionado encuentro y ahora él estaba allí como un perfecto desconocido. Se preguntó si debería comportarse como si no lo conociera. Pero si a él se le ocurría mencionar que ya se conocían, deberían explicar cuándo se habían visto, en qué lugar y por qué, y eso iba a ser un tremendo lío. En un segundo pasaron por su cabeza mil escenarios posibles y todos ellos desembocaban en un bochorno descomunal. Pero no podía quedarse encerrada en su habitación para siempre. Así que, armándose de valor se retocó apenas el maquillaje, se cambió el sweater y volvió a bajar.

      En la sala nadie parecía haber estado esperando por su presencia. Por el contrario, su padre, Mariel y sus hijos conversaban animadamente. Cristina parecía muy simpática, conversadora al igual que su madre, y no bien la vio bajando la escalera, la convocó.

—    Ven Jaz, siéntate a mi lado para que nos conozcamos, ya que nuestros padres están empeñados en emparentarnos—. Mi madre te llama Jaz, aunque no sé si prefieres que te llamemos Jazmín.

—    Si, lo sé —respondió ella escuetamente, evitando mirar a Camilo que por el momento se mantenía callado—. Y puedes llamarme como gustes. Para mí es igual.

—    Es que a mi madre siempre le han gustado los diminutivos —continuó diciendo Cristina—. Ya ves que a  mi hermano pequeño, que dicho sea de paso ya está bastante crecidito, todavía le sigue llamando «Lito».

—    Es que para mí siempre será mi bebé —aclaró Mariel, riendo orgullosa.

—    ¡Pero mamá —le recriminó cariñosamente su hija—, olvidas que tu hijo ya tiene treinta años y que es dueño de su propia empresa!

      En ese momento, Camilo que se había mantenido al margen de la conversación, se vio tentado a hacer una breve y jocosa acotación.

—    Aunque mi hermana se ponga celosa —dijo, mirando a Jazmín con fingida seriedad como para explicarle— sigo siendo yo el nene de mamá.

—    Cállate, tonto —intervino su hermana—. Jaz: no le hagas caso. Él es siempre así.

      Tembló sin poder evitarlo y contuvo la respiración. Ella sabía cómo era. Nunca había conocido a alguien igual. La había avasallado con su vitalidad impresionante y la había embelesado con su tierna forma de ser, y por un instante su piel se estremeció al recordar las atrevidas caricias que en aquel momento le prodigara.

—    Muchos critican a mi madre por haberme consentido desde que era niño —continuó diciendo Camilo, poniéndose serio—, pero están equivocados. Fue gracias a su actitud generosa que crecí sabiendo que era una persona digna de recibir afecto y atención, y eso ha orientado toda mi vida.

      Y riéndose, añadió haciendo una graciosa reverencia:

—    ¡Gracias, mamá!

—    No nos vas a convencer con sus discursitos —continuó diciendo Cristina en son de broma—. De todos modos, estamos deseando que al fin te cases, a ver si de esa forma nos dejas de molestar.

      Y pinchándolo para hacerlo hablar, agregó:

—    Diles por qué no te casas.

      Camilo sonrió y pensó en no responder. Pero al mismo tiempo creyó que era el momento justo para decirlo.

—    Es que no existe una mujer que me pueda seguir el tren.

      Todos rieron al escuchar esto, aunque Jazmín se atoró y tuvo que carraspear. Entonces él, que no se había percatado de la implicación de sus palabras, rectificó:

—    Lo que quise decir es que viajo a menudo. Nunca estoy en mi casa, no tengo horarios y por eso no he encontrado una mujer que quiera seguirme el paso. Sin embargo no descarto llegar a encontrarla.

      A pesar de todo, la cena transcurrió sin más sobresaltos. Camilo en ningún momento dio muestras de familiaridad para con ella, y ella agradeció secretamente su caballerosidad. No obstante, podía percibir una cierta tensión entre ambos y por eso esperaba que la reunión finalizara cuando antes. Pero la emoción de tenerlo cerca otra vez era tan grande que tampoco quería que se fuera.

      Cuando atisbó que llegaba el momento de despedir a los invitados, puso cualquier excusa y subió otra vez a su habitación. No se creía capaz de disimular su excitación si él apretaba su mano o le daba un beso en la mejilla.

      Ya era medianoche. Del piso de abajo no se escuchaba ningún ruido, y por fin  suspiró aliviada. Mariel y sus hijos se habían retirado hacía rato, así que supuso que por ese día ya no iba a tener ningún sobresalto más. Estaba por  acostarse cuando de improviso su móvil sonó. Atendió instintivamente, aunque era un número desconocido.

—    Jazmín, soy Camilo.

—    ¡Ah! —atinó a exclamar.

—    Disculpa si te desperté.

—    No, no —respondió rápido, evitando mencionar que estaba por meterse en su cama—. ¿Quién te dio mi número? ¿Fue Mariel?

—    No. Fue tu padre. Le dije que tenía que hacerte una consulta profesional.

—    ¡Ah!

—    Escucha Jazmín, quería decirte que hoy me sentí tan impactado como tú.  Te aseguro que no tenía ni la más remota idea de quién eras. Espero que no te hayas sentido mal por mi causa.

      Podía haberle respondido que no se había sentido mal por verlo sino porque tenía el presentimiento de que no iba a poder tenerlo nunca más. Pero se quedó callada.

—    No deja de impresionarme que en lo sucesivo tengamos que tratarnos como si fuéramos hermanos —prosiguió Camilo—, pero no quisiera que vernos vaya a ser un problema para los dos.

      Ella lo escuchaba atentamente pero no se animaba a interrumpirlo. Por eso él continuó:

—    Quiero que sepas que, por lo que a mí respecta puedes estar tranquila.  Estoy dispuesto a olvidar lo que sucedió.

      Como del otro lado escuchó un profundo silencio, se apresuró a decir:

—    No me malinterpretes. Lo pasamos sensacional, pero hasta donde yo sé   fue sin compromiso para ambos. Por eso te aseguro que voy a hacer de cuenta que nunca sucedió. Quiero decir que de mi lado no voy a ser un obstáculo para que en lo sucesivo podamos convivir como familia, en paz. ¿Te parece bien?

      Involuntariamente, Jazmín demoró unos segundos en responderle. No, no le parecía bien. Ella no deseaba olvidarlo. Todo lo contrario; aquel inicialmente liviano «touch and go» con el amigo de Rolando había adquirido en ella un peso tal que  ahora deseaba con todo su ser que se repitiera una y mil veces. Aun así, se apuró a ratificar la decisión de Camilo.

—    Sí, me parece bien. Gracias por decírmelo.

—    Bueno, habiendo quedado todo aclarado me despido hasta la próxima. Mañana regreso a mi casa pero el mes entrante seguramente vuelva para la boda. Ahí nos veremos e intentaremos ser buenos amigos. ¿Está bien? Hasta entonces.

      Él cortó y ella se quedó con el móvil en la mano, con la mirada perdida sin atinar a reaccionar. Camilo había estado muy considerado al aclarar las cosas y su propósito había sido proporcionarle tranquilidad. Sin embargo, su voz grave susurrándole tiernamente al oído solo había logrado intranquilizarla.

      La madre de Jazmín había fallecido cuando ella era aún adolescente y desde entonces la vida junto a su padre no había sido la ideal. Es que, a pesar de ser un buen padre, su rigidez y su falta de expresividad habían hecho que Jazmín sintiera aún más aquella pérdida afectiva. Pero ahora, la calidez de Camilo parecía retrotraerla a aquel cariño materno pues, a pesar de que aquel «intercourse» había conmovido a límites insospechados todo su cuerpo, la actitud contenedora y amigable de aquel hombre había llegado a conmover su corazón y su sensibilidad de mujer muchísimo más. 

      Los días siguientes pasaron más lentos de lo que habría esperado. Afortunadamente el trabajo en la oficina le ocupaba casi todo su tiempo y eso le evitaba pensar. A su amiga Susy no le había comentado su inverosímil  descubrimiento y esperaba que pasara el tiempo antes de que ella misma lo llegara  a descubrir. Pero se olvidaba de que Camilo era amigo de Rolando.

—    ¡Así que Camilo va a ser parte de tu familia! ¿Por qué no me lo contaste? —exclamó Susy recriminándole en tono de broma, no bien se enteró—.Sí, ya sé; es porque te habría gustado que formara parte de tu familia pero de otra manera, ¿no?

—    Cállate. No tienes idea del lío en que me metí. Y todo por tu culpa. ¿Tenías que presentármelo?

—    Ja, ja, ahora no me vas a decir que no te gustó.

—    Todo lo contrario —suspiró, entregada—. Es que no sé cómo hacer para que deje de gustarme.

—    ¿Por qué? Estoy segura de que a él también le gustas.

—    No lo creo. Me dijo claramente que para él fue algo de una sola noche y que de ahora en adelante podremos ser solo buenos amigos.

—    ¿Y le creíste?

—    Por supuesto. ¿Qué otra cosa podía hacer?

      Jazmín tenía previsto mudarse a su propio departamento cuando Mariel y su padre se casaran, para así darles privacidad. Había encontrado un departamento muy bonito, aunque pequeño, y estaba entusiasmada decorándolo, comprando  muebles y electrodomésticos. También había pensado hacer una fiesta de inauguración. Pero al instante había abandonado la idea, ya que era Camilo el único que le interesaba que fuera y por razones obvias no lo iba a poder invitar.

      Con motivo de los preparativos para la boda, Cristina había viajado unos días antes para colaborar con su madre, y de paso aprovechó la ocasión para confraternizar con Jazmín. Y la mejor opción era ayudándole con la mudanza.

—    Es muy lindo tu departamento. ¿Piensas vivir sola o con tu novio? —dijo Cristina como al pasar, mientras acomodaba unas sillas.

—    No tengo novio —se apuró a responder Jazmín—. Y por el momento no pienso tenerlo.

—    ¿Por qué no? Eres una chica muy linda y posiblemente tengas a más de un chico interesado en ti.

—    Puede ser —dijo, suspirando—. Pero no me interesa ninguno.

      Al igual que Mariel, su hija inspiraba confianza, por lo cual presintió que podía abrirse ante ella, Así que, después de unos segundos, agregó:

—    El único hombre con el que desearía estar no está disponible para mí.

—    ¿Por qué dices eso? ¿Acaso está casado?

—    No. No lo está…o al menos eso creo. Pero igual es complicada la situación.

—    Deberías hablar con mi madre —saltó enseguida Cristina—. Ella es experta en asuntos del corazón.

—    ¡No, no! —se apresuró a decir, espantada.

—    ¿Por qué no? Estoy segura de que querrá ayudarte. Verás, hace algunos años yo estaba locamente enamorada de un chico que ni notaba mi presencia. Mi madre con sus consejos me ayudó a conquistarlo y ahora estoy felizmente casada con él.

      Jazmín no lo sabía, pero a pesar de la distancia Cristina y su madre eran muy compinches. Hablaban todos los días por teléfono y casi todas las noches se veían por «zoom». Por eso, lo primero que hizo Cristina fue contarle a su madre lo que había hablado con Jazmín. Y Mariel comenzó a atar cabos.

      Se acercaba el día de la boda y en Jazmín crecía la impaciencia. Pero no porque ansiara que la boda se concretara, sino porque allí vería a Camilo otra vez. Pero cuando todo ya parecía encaminado y la cuenta regresiva se hacía cada vez más corta, una noticia inesperada la contrarió: la boda se posponía para el mes entrante. Al preguntar por el porqué del aplazamiento, Mariel le dijo que era porque Camilo estaba de viaje y no podría estar presente en la fecha elegida.

      Al enterarse de esto, Jazmín se molestó. Por lo visto, Camilo influía en las decisiones de su madre y esta no vacilaba en cumplir con su voluntad. Pero  su enojo no se debía al hecho de que los novios tuvieran que posponer la fecha de la boda. Era por la envidia que le despertaba aquel estrecho vínculo entre madre e hijo que ella añoraba desde tiempo atrás… y porque la próxima ocasión de ver a Camilo volvía a alejarse.

      Era el día anterior a la boda y Jazmín desbordaba de ansiedad. La ceremonia iba a realizarse en un salón a pocas cuadras de la casa de su padre, por lo cual la base de operaciones era justamente ahí. Y era un caos; en la sala podían verse amontonados paquetes con regalos, la indumentaria de los novios esperaba en sus perchas respectivas colgadas fuera del placar, y ya no había dónde acomodar las flores, la comida y todo lo demás.  Pero a pesar de que ella no estaba designada para resolver ningún asunto, la situación le producía un gran estrés.

      Pero su estrés no provenía de los preparativos para la boda; provenía de no saber con certeza si Camilo esta vez iba a venir. Obviamente la probabilidad de que viniera era muy alta, pero Mariel no había mencionado que hubiera vuelto de su viaje y ella no se atrevía a preguntar. Recién sus dudas se disiparon  cuando escuchó que esta hablaba por teléfono con él.

—    Sí, querido —le decía, sonriéndose—. Seguro llegarás a tiempo.

      Y sus esperanzas se ensombrecieron cuando le preguntó:

—    ¿Vienes solo?

      Cuando Mariel cortó y dejó el teléfono sobre la mesita, al darse vuelta la vio sentada hecha un ovillo sobre el sofá. Era obvio que había oído toda la conversación, por eso antes de irse hacia la cocina le dijo con cierta picardía:

—    Por suerte Camilo pudo arreglar sus cosas para venir. Parece que va a llegar sobre la hora porque su avión de regreso se demoró y perdió la conexión para llegar el día antes, pero no nos importa con tal de que esté aquí  ¿verdad?

      Y como confesándole un secreto, agregó en voz baja:

—    Por lo que me dio a entender parece que quiere hablarme de una chica. Su novia, tal vez.

—    ¿Tiene novia? —saltó Jazmín involuntariamente, corrigiéndose al instante y cubriéndose disimuladamente la cara con las manos para ocultar su rubor—. Es decir, no sabía que tenía novia. Cuando estuvo acá no lo mencionó.

      Nunca iba a contarle a Mariel que hacía unos días lo había visto con dos chicas en aquel restorán.

—    Es cierto. No lo mencionó —repitió Mariel, pensativa.

      Pero enseguida añadió con suspicacia, haciéndole un guiño:

—     Pero se nota que está enamorado. Ya nos enteraremos mañana.

      Jazmín no pudo dejar de inquietarse. ¿Acaso ya tenía novia cuando estuvo con ella? Si era así, era el rey de la simulación. Al fin de cuentas, ¡Camilo no era más que un hombre como todos los demás! Estaba tan angustiada que incluso pensó en no presentarse a la boda para evitar encontrarse con él. Pero no podía hacerlo.

      Como sabía que Camilo iba a llegar tarde, ella fue bien temprano para acomodarse en un sitio  lejos de la entrada y así poderlo evitar. A su padre y a Mariel se los veía felices y cuando al final de la ceremonia todos aplaudieron, ella se puso de pie para ir a saludarlos. Justo en ese momento escuchó detrás suyo una voz que gritaba, entusiastamente:

—    ¡Vivan los novios!

      Le pareció que era la voz de Camilo y casi voltea para confirmarlo pero se acordó de que era posible que hubiera venido acompañado. Entonces decidió hacer caso omiso y avanzar. Pero la mano de él la detuvo tomándola por el hombro. Entonces sí volteó.

—    No sé si felicitarnos entre nosotros —dijo Camilo, eufórico—. Ahora estamos emparentados tú y yo.

—    ¿Estuviste bebiendo? —respondió ella, al verlo tan desinhibido.

      Ahora sí estaba realmente enojada.  Según había escuchado en aquella conversación de Mariel, era posible que viniera  con una chica, por lo que no pudo evitar mirar nerviosamente a su alrededor.

—    ¿Esperas a alguien? —dijo él, también mirando hacia los lados—. ¿Un chico, quizás?

—    No —afirmó, molesta—. Estaba viendo si había venido una amiga.

       Le dolió que para él fuera intrascendente que ella esperara a un chico. Por eso agregó, con un dejo de ironía:

—    ¿Y tú?  ¿Viniste solo?

—    Sí, por supuesto —respondió, sorprendido por la pregunta—. ¿Qué te hizo pensar que vendría con alguien?

      Por suerte, Mariel los interrumpió antes de que ella tuviera que responderle.

—    ¡Lito, querido! Al fin llegaste —exclamó su madre al verlo, extendiendo los brazos—. Ven aquí.

      La impotencia la abrumó. Ella misma habría querido decirle aquellas palabras amorosas y darle aquel abrazo apretado con emoción. Pero no había podido hacerlo. Entonces, desilusionada aprovechó la situación para apartarse, e incluso pensó en irse del lugar. Pero su padre la retuvo. Se lo veía contento, y ella  por primera vez en su vida tuvo que fingir que estaba tan contenta como él.

      Al final de la reunión los novios se despidieron de los invitados y se marcharon rumbo a su luna de miel, aunque muchos amigos y parientes se quedaron  conversando sin intenciones de dar por finalizada la velada. Jazmín no estaba de humor para socializar, por lo que se escabulló sin despedirse de nadie.

      Ella se había comprometido a quedarse en la casa hasta que volvieran del viaje, después de lo cual se mudaría  a su propio departamento. Su amiga Susy, que la había estado observando durante la fiesta, cuando vio que emprendía a caminar sola, se apuró a acompañarla.

—    Amiga, ¿no estás feliz de que se haya casado tu padre?

—    Sí, por supuesto que lo estoy.

—    No lo parece. Tuviste cara larga durante toda la ceremonia.

—    Será que estoy cansada.

—    Jaz: nos conocemos desde hace mucho tiempo y en este caso me parece que hay algo más.

—    Es que estoy pasando por un momento complicado y no sé cómo lo voy a resolver.

      La noche era apacible, y por primera vez Jazmín se sintió animada para confesar a su amiga lo que le pasaba.

—    Es por Camilo.

—    ¿Acaso estás enamorada de tu nuevo hermano?

—    Tonta, no lo digas así. No es mi hermano.

—    Pero estás enamorada de él….

—    Sí —admitió, negándolo al mismo tiempo con un gesto de su cabeza—. Y no sé qué hacer para alejarlo de mi mente.

—    …y para acercarlo a tu cuerpo —acotó Susy, riéndose.

—    Y para acercarlo a mi cuerpo —repitió Jazmín, riendo nerviosamente también—. Tienes razón. Tú tienes la culpa por haberlo llevado a tu casa aquella vez. Ojalá no lo hubiera conocido.

      Caminaron despacio el corto trecho hasta su casa y al llegar Susy se ofreció por segunda vez para quedarse a acompañarla. Pero ella no aceptó. Estaban en la puerta despidiéndose, cuando en ese preciso instante alguien irrumpió. Era Camilo, que venía corriendo detrás de ellas.

—    Chicas, me disculpo por venir así, sin previo aviso —dijo, jadeante—, pero me surgió un imprevisto. Es que me entretuve más de la cuenta saludando gente a la que hacía tiempo no veía y tuve que cambiar el vuelo para mañana en la mañana. Y como ya es muy tarde para salir a buscar un hotel…

      Se interrumpió por un segundo para recuperar el aliento, y mirando directamente a Jazmín, prosiguió:

—    … mi madre y tu padre me aseguraron que no ibas a tener inconveniente en que me quede por esta noche aquí. ¿Qué dices? Son solo unas pocas horas, porque mañana a primera  hora me voy.

      Obviamente había bebido algunas copas de más, por eso Jazmín miró a Susy sin saber qué decir. Entonces su amiga tomó la palabra por ella.

—    No creo que haya problema. ¿No es así, Jaz?

—    No, no. Claro que no —respondió Jazmín, atontada.

—    Bien, entonces si me disculpan voy directo a zambullirme en el sofá. Ha sido un día de mucho ajetreo.

      Pero antes agregó, mirando a los ojos a Jazmín:

—    Descuida, ni siquiera vas a notar que estoy aquí. Hasta mañana. ¡Gracias!

      Y dejando a ambas con la boca abierta, entró rápidamente a la casa y fue directamente a la sala de estar. Ahí, un gran sofá lo esperaba y, así como venía se tumbó sobre él. Susy no pudo menos que soltar una carcajada y ante la expresión  azorada de su amiga se despidió riéndose y se fue.

      Camilo era en verdad muy carismático. Se notaba que sabía lo que quería  y era fácil adivinar que siempre lograba imponer su voluntad. Sin embargo, no se preocupaba por mostrarse seductor o conquistador ante ella y eso para ella significaba una sola cosa: falta de interés.

      En la casa reinaba el silencio, pero a Jazmín le costó conciliar el sueño. Era una prueba de fuego tenerlo en su casa, al alcance de la mano y no ir a su encuentro para rendirse en sus brazos otra vez. Pero no podía hacerlo. Camilo había decretado que lo debía olvidar.

      A la mañana, no bien se despertó salió de su dormitorio tratando de no hacer ruido. Suponía que en la planta baja Camilo aún dormía en el sofá. Pero cuando estaba llegando a la puerta del baño ésta de pronto se abrió y Camilo salió apresurado con una toalla envuelta alrededor de la cintura y secándose enérgicamente el cabello con otra.

—    ¡Buen día! —exclamó, con una sonrisa, al verla—. Espero que hayas descansado bien. Yo casi me quedo dormido, pero ya me voy. Es que no quiero perder el vuelo otra vez. Te dejo libre el baño; puedes usarlo tranquila.

      Con temor a seguirle la conversación, Jazmín se encerró rápidamente en el baño y se dispuso a demorar todo lo posible antes de salir. Estuvo un largo rato bajo la ducha, tratando de no pensar. Él no había aprovechado la ocasión para repetir aquel fenomenal acontecimiento y eso le producía una mezcla de enojo y decepción. Pero a su vez le estremecía la sensación de estar pisando el mismo suelo mojado y deslizar sobre  su cuerpo la misma barra de jabón que él acababa de utilizar. Cuando al fin salió, lo hizo con cautela por si acaso él todavía estuviera en la casa. Pero él ya se había ido.

      Habría pasado poco más de una hora, cuando su móvil sonó.

—    Jazmín, soy yo.

—    ¡Camilo! —exclamó espontáneamente, sin tiempo a corregir su exaltación—. ¿Dónde estás?

—    Estoy sentado dentro del avión, esperando a que despegue. Tuve que marcharme sin despedirme porque no quería perder el vuelo otra vez. Pero no quería irme sin decirte que lamento si te ayer te puse en una situación incómoda. Creo que había bebido más de la cuenta y te pido disculpas  si me extralimité.

—    No te preocupes. Me alegra que hayas podido llegar a tiempo.

—    Jazmín, si te parece bien las próximas veces que venga puedo hacértelo saber de antemano para no tomarte por sorpresa.

—    ¿Cuándo vuelves? —le dijo, sin pensar.

      Del otro lado de la línea se hizo un silencio y recién después de unos segundos, él respondió.

—    Posiblemente vuelva para el cumpleaños de mi madre. Ahora te dejo, porque está por despegar el avión.  Otra vez te agradezco que me hayas permitido quedarme en tu casa, y si dejé algo de desorden te pido disculpas por no haber podido quedarme a ordenar.

      Una vez más, Jazmín no tuvo palabras para responderle. Efectivamente, había dejado un gran desorden, pero este no había sido en la casa sino en ella misma, en su cuerpo y en su corazón.

      Pasó un largo mes sin que volviera a saber de él. Ya estaba instalada en su nuevo departamento pero su ánimo había decaído notoriamente. A medida que los días transcurrían se la veía más desganada y sin el entusiasmo que solía tener. Sus allegados se acercaban a ella preocupados, pero no podía decirles  cuánto extrañaba a Camilo y que moría por verlo otra vez. Tenía agendado su número de móvil y a veces tenía el impulso de marcarlo. Sin embargo no lo hacía; él había levantado una barrera entre los dos.

      Susy y Rolando conocían muy bien a Jazmín y hacía tiempo que la notaban decaída. Por eso, un día para animarla la invitaron a salir. Habían ido a un lindo restorán y hacía rato que estaban ahí, disfrutando de su charla y de una excelente  comida, cuando de pronto Susy le comentó a Rolando, en voz baja:

—    ¿No es tu amigo Camilo el que está en aquella mesa de allá? Se lo ve muy bien acompañado.

      Rolando giró disimuladamente su cabeza y asintió. Efectivamente, era él. Compartía  su mesa con un hombre y dos mujeres muy atractivas y se los veía concentrados en una conversación.

—    Qué raro. No me dijo que fuera a venir —dijo Rolando—. Ya le escribo a su celular.

      Los tres vieron cómo Camilo sacaba su móvil del bolsillo de su chaqueta y luego de leer los mensajes de Rolando apenas sonrió para sí mismo y, sin mirar hacia donde ellos estaban le respondió: «Con clientes cerrando negocio y me marcho». Jazmín se decepcionó. No parecía una cena de negocios y era evidente que no le interesaba acercarse a saludarla. Sin embargo cuando los tres se levantaron de la mesa para retirarse, ninguno de ellos se dio  cuenta de que él los siguió con la mirada hasta que salieron del restorán.

—    Es curioso —exclamó Rolando, una vez afuera—. Su madre siempre se quejó de que no venía nunca a la ciudad a visitarla y últimamente dos por tres anda por  acá.

—    Rolo —sentenció Susy, con sorna—: algún motivo tendrá. Si viene de juerga es obvio que su madre no va a enterarse.

      Una vez en su casa, Jazmín esperó largo rato a que su móvil sonara. Tenía la esperanza de que él, al igual que la otra vez la llamara y le explicara el porqué de su presencia allá. Pero por más que lo esperara, él era dueño de su vida y como tal no le debía a ella ninguna explicación. Así que, en un arranque de amargura borró de su móvil su número de contacto. 

      Era lunes y el vértigo de tener por delante otra semana depresiva sin saber nada de Camilo la angustió.  Así que al salir del trabajo, en vez de ir a su departamento fue directo a la casa de su padre. Allí seguramente Mariel con su habitual cháchara y su admiración por su hijo le daría, sin saberlo, esas noticias que tanto ansiaba tener.

      Al llegar a la puerta metió instintivamente la mano en su bolsillo para sacar  la llave, pero al instante recordó que esa ya no era su casa y por lo tanto iba a ser un atrevimiento entrar sin avisar. Entonces tocó timbre y esperó. No demoró mucho en abrirse la puerta y cuando lo hizo quedó estupefacta. Sintió un escalofrío y trató de disimular su emoción, pero sus pupilas ya se habían dilatado inconmensurablemente y debajo del pulóver sintió que se le erizaba la piel. 

—    Pasa —dijo Camilo, como todo comentario.

      Ninguno de los dos hizo ademán de acercarse y él solo se limitó a ponerse de lado para franquearle el paso sin decir nada más.

—    ¡Jazmín, qué linda sorpresa! —exclamó Mariel al verla entrar—. Pasa, hija. Como verás, estaba disfrutando de la inesperada visita de Camilo.

—    Sí, ya lo veo —respondió escuetamente—. Yo tampoco sabía que iba a venir.

      Era una tarde fría, y el calor de la estufa a leña daba al lugar una apacible sensación de calidez familiar. Camilo, sentado en una butaca baja parecía absorto moviendo de vez en cuando algunos troncos con el atizador. Mariel en cambio, con su amabilidad de siempre se apresuró a servirle una taza de té. Durante los pocos minutos que estuvo allí no pudo dejar de mirar a Camilo. Callado y cabizbajo, parecía un niño desamparado y un súbito deseo de abrazarlo la invadió.  Pero al mismo tiempo presintió que su presencia estaba  interrumpiendo una conversación entre madre e hijo. Por eso, entendió que se debía retirar.

—    Disculpen, pero venía a hablar con mi padre por un asunto de trabajo —inventó, para zafar—. Volveré otro día cuando él esté en casa.

      Dicho esto, se dirigió apresuradamente a la puerta, pero Camilo fue tras ella. Ambos se detuvieron en el umbral. La emoción que sentía al tenerlo cerca la anulaba, por lo cual no tuvo más remedio que defenderse compensándola con una artificial hostilidad.

—    Creí que ibas a avisarme la próxima vez que vinieras —le dijo, una vez  afuera.

      Él se había quedado del lado de adentro, con una mano apoyada sobre el marco de la puerta mientras que con la otra mantenía la hoja a medio cerrar.

—    Lo siento —respondió con voz más ronca de lo habitual—. Te pido disculpas por no haber cumplido con lo que te prometí.

      Sonaba cansado, como si no tuviera ánimo para seguir la conversación, pero a la vez Jazmín percibió en sus palabras cierta ambigüedad que en ese momento no quiso analizar.  

—    No te preocupes si lo olvidaste —dijo, forzando una actitud ruda—. Después de todo, no tienes por qué estar pendiente de mí.

—    No me olvidé —la corrigió Camilo—. Es que no esperaba verte. Vine porque me urgía hablar con mi madre.

—    ¿Tanto como la otra vez? —dijo, con despecho—. Aquella noche no parecías muy interesado en hacerle saber a tu madre que estabas por acá. Por lo menos, Mariel no comentó que lo supiera.

      Camilo la miró a los ojos, intrigado.

—    ¿Estás celosa? —dijo de pronto, con profunda curiosidad.

—    ¿Por qué iba a estarlo? —mintió—. Solo siento pena por tu madre, porque según Rolando cada vez que vienes no eres capaz de venir a visitarla.

      Y agregó, con amargura:

—    Pero conmigo no tienes ningún compromiso. A mí no tienes que darme ninguna explicación.

—    Sin embargo voy a dártela. Más allá de la suspicacia de Rolando y de lo que tú hayas querido suponer, es verdad que estaba con clientes concretando una transacción. Las dos chicas que viste son una pareja y van a abrir una franquicia de mi empresa en esta ciudad. Y el hombre que las acompañaba es su contador. No quise decirle nada a mi madre antes de concretar el negocio. Pero ahora ya lo sabe.

      Avergonzada por no poder responderle, se alejó rápidamente con la sensación de estar huyendo de un pavoroso incendio. Lamentaba haber sido  tan antipática con él, pero su orgullo no le había permitido actuar de otra manera. Para su consuelo sabía que en pocos días volvería a verlo, ya que seguramente vendría para el cumpleaños de su madre y, si se animaba a hacerlo, corregiría su actitud.

      Esta vez sí se había preparado mentalmente para verlo. Se había propuesto aparentar indiferencia, pero todo resultó en vano cuando lo vio. Su corazón comenzó a latir alocadamente y al saludarlo no tuvo éxito en ocultarle su excitación. Sin embargo, Camilo continuaba distante.

      Para festejar el cumpleaños habían venido a la casa varios amigos de Mariel y de su padre, y las risas y anécdotas jocosas surgían por doquier. Jazmín no tenía ganas de reír, pero le llamó la atención que Camilo tampoco exhibiera su característico estilo dicharachero.

      Cuando vio que se levantaba de su asiento, lo siguió disimuladamente hasta la cocina donde se encontraba Mariel preparando una fuente de bocadillos y,  evitando que la vieran espió su conversación.

—    Hijo, se te nota un tanto distraído. Nada te hace gracia  —dijo su madre, preocupada—. ¿Acaso no has resuelto aún tus cosas?

—    No —respondió Camilo con desazón.

—    ¿No has hablado con ella?

—    No. Es que no me siento bien con esto. Me equivoqué desde el comienzo. Por eso, si no te enojas, me voy a retirar. Volveré cuando todos se hayan ido.

      Era obvio que su presencia le molestaba. Se imaginó el triste escenario: Camilo le había contado todo a su madre. Le había dicho que ella estaba enamorada de él y que eso le incomodaba porque estaba de novio con otra chica. Como lo había temido desde un principio, todo estaba desembocando en un bochorno descomunal.

      Al ver que Camilo se iba, se desesperó. ¡Quién sabe cuándo iba a poder volver a verlo y aclarar, de una vez por todas, aquella situación! Pero no podía correr tras él. Cuando por fin pudo marcharse, no fue a su departamento. Fue al de Susy en busca de apoyo.

—    Jazmín, no te esperaba —exclamó su amiga un tanto descolocada, al abrir la puerta—. Pero pasa, no te quedes ahí.

—    Veo que estás con tu novio —respondió Jazmín, al ver de lejos la silueta de Rolando sentado en un sillón—. Mejor me voy a casa. Hablaremos en otra oportunidad.

—    No, no —la detuvo Susy, tomándola del brazo—. Entra.

      Se preguntó a qué se debería tanta insistencia de su parte, pero una vez adentro entendió. Susy no solo estaba con Rolando. Estaba también Camilo

—    Jaz, me alegra que hayas venido —dijo Susy, empujándola suavemente por la espalda para que pasara de una vez—. Justo estábamos hablando de ti.

      No supo qué decir. ¿Camilo habría sido capaz de contarles todo también a sus amigos? Instintivamente miró a Camilo, que estaba callado mirándola a su vez. Por eso, Susy con la complicidad de Rolando decretó:

—    Amor, vayamos a dar una vuelta que estos dos tienen que hablar.

      Quedaron solos en el departamento. Camilo permanecía sentado en el sofá.   Tenía los codos apoyados sobre sus rodillas muy separadas y las manos unidas con los dedos entrelazados, a los que apretaba y movía nerviosamente. Miró expectante a Jazmín que se había quedado parada  frente a él y, en un arranque de decisión se puso de pie.

—    ¿Viniste a buscarme? —dijo, caminando hacia ella.

—    ¿Para qué te vendría a buscar? —respondió ella, dando  un paso atrás.

      Camilo la miró con pena y no se animó a continuar aproximándose. Pero insistió:

—    Tal vez quieras decirme algo. ¿No hay nada que me quieras decir?

      Él no estaba siendo agresivo. Sólo estaba tratando de entablar una conversación. Pero Jazmín estaba tan dolida que en su torpeza no fue capaz de entenderlo y, dándose media vuelta escapó. Salió corriendo del departamento,  bajó los cuatro pisos por las escaleras sin esperar el ascensor y salió a la calle. Afuera, una lluvia torrencial se había desatado repentinamente, pero no impidió que se fuera caminando calle abajo.

      Pasó el resto de la semana encerrada en su departamento. La mojadura le había ocasionado fiebre y una gripe que, aunque leve le impidió ir a trabajar. Se sentía decaída y mantenía su móvil apagado para no tener que dar ninguna explicación. Los acontecimientos la habían desbordado, aunque su malestar físico no era nada, comparado con su malestar emocional.  

      Al cabo de varios días se sintió mejor. Pero ahora se lamentaba de su reacción desproporcionada hacia Camilo y se avergonzaba de haberlo tratado con brusquedad. No obstante, aquella forzosa cuarentena le había dado tiempo suficiente para meditar. Por más enamorada que ella estuviera de Camilo, él no estaba obligado a corresponder a su amor. Y había llegado a una sabia, madura y terminante conclusión: debía disculparse con él.

      Cuando tocó timbre en la casa de su padre fue este quien le abrió.

—    Querida, ¿estás mejor? —dijo, visiblemente emocionado—. Nos tuviste muy preocupados. Pasa, que afuera está frío. Justo estamos por merendar.

—    Hola, Mariel —dijo Jazmín humildemente al ver que ésta se había quedado esperando a que entrara.

—    ¡Hija, ven, siéntate! —le respondió, con simpleza de madre—. Estamos felices de verte.

      Jazmín se quitó lentamente el abrigo y se sentó junto a ellos cerca de la estufa a leña, observando que sobre una mesita ya estaban dispuestas tres tazas y la tetera con el té. Se preguntó cómo podrían haber adivinado su padre y Mariel que ella iba a presentarse, pero no quiso preguntar. Lo importante era lo que ella había venido a hacer. Obviamente Mariel y su padre estaban al tanto de lo que pasaba, así que no tenía por qué dar rodeos a lo que tenía que decir.

—    Mariel: debo hablar con Camilo, pero no sé cómo localizarlo. He perdido  su número de móvil y no sé cuándo viene a la ciudad. Por eso he venido a pedirte ayuda.

—    Enseguida te doy su número —dijo Mariel dándole un sorpresivo abrazo—. Aunque, si quieres puedes hablar con él  ahora mismo.

      Levantó la cabeza como un resorte y entonces lo vio. Camilo estaba en la cocina haciendo las tostadas cuando la oyó llegar. Y después se quedó allí, escuchando lo que decía. ¡La tercera taza era la de él!

—    Hola, Jazmín —dijo, con naturalidad entrando a la sala y sentándose junto a ellos—. ¿Pongo  una taza más?

—    Sí, por favor  —respondió ella, emocionada—. Lamento haber demorado tanto en venir.

—    No hay problema —asintió Camilo—. Me alegra que hayas venido al fin.

      Y mirándola con expresión de complicidad, le preguntó:

—    ¿Por casualidad no tienes que subir a tu habitación?

—    No —respondió muy rápido, sin haber entendido.

      Pero inmediatamente rectificó.

—    Es decir, sí. Voy a subir por un momento. Discúlpenme. Ya vuelvo.

—    Te acompaño.

      Mariel había conservado la habitación tal como ella la había dejado, solo que ahora en un costado se veía la maleta de Camilo a medio cerrar. Fue directamente a sentarse sobre la cama y Camilo se quedó de pie, observándola.

—    Gracias por prestarme tu habitación —le dijo—. Ya ves que está todo igual.

—    Me alegro de que te hayas quedado aquí. Temí que te hubieras ido.

—    No. Ya lo ves —dijo él, sentándose a su lado— te esperé. Dormir en tu cama se me hizo como dormir contigo.

      A Jazmín le encantó oír eso, pero no supo si era mejor responder o no. Por eso se quedó callada. Y él continuó:

—    El otro día te pregunté si querías decirme algo.

      Había ido hasta allí absolutamente decidida, pero con él tan cerca y mirándola de ese modo no supo por dónde comenzar. Entonces, él continuó.

—    ¿Querías decirme que me amas pero finges que no porque crees que no me interesas?

      Ella lo miró y, como una cortina que se descorre de golpe se dio cuenta de su error: Camilo sí le correspondía.

—    Mira —continuó Camilo—, sé que te confundí. Me apresuré a decirte que olvidaras lo sucedido entre nosotros y más tarde me arrepentí porque yo mismo no podría olvidarlo aunque quisiera.

—    Ni yo.

—    Después —continuó—, al querer acercarme te desorienté y me deprimí  porque pensé que con mi actitud había arruinado nuestra magia  para siempre. Quise irme pero mi madre me dijo que te esperara. Que necesitabas tiempo para procesar las cosas, pero que sabía que ibas a venir. Por eso no me fui.

—    Me alegra mucho que te quedaras. Pero sé que igual te vas a ir.

—    Jazmín, ya sabes que vivo en otro país. Mi casa y mis negocios están allá  y no puedo descuidarlos. Pero puedes venir conmigo si lo deseas. Es más, espero que así sea porque eres la única mujer con la que deseo vivir.

—    Camilo, tengo miedo de decirte que sí sin pensarlo, porque tienes un don especial para convencer.

—    Abogada, ¿vas a demandarme por eso?

—    Debería. A ti y a tu madre, por conspirar contra mí. Supongo que para Mariel fue fácil darse cuenta de que estoy enamorada de ti, ya que poco lo pude ocultar.

—    Es que a mi madre no se le pierde detalle. Aquella tarde en que apareciste aquí de improviso me había animado a confesarle  que estaba enamorado de ti pero no estaba seguro de dar un paso adelante. Y ella me animó. Como ya te dije aquella vez, soy el «nene de mamá»  —rio satisfecho—. Me aseguró que tu actitud poco amigable era falsa porque sentías lo mismo que yo, y fue al ver tu expresión cuando abrí la puerta que supe que estaba en lo cierto. También me aseguró que ibas a venir a buscarme, y aquí estás. Ahora se me antoja besarte, pero si lo hago sé que no voy a poderme controlar.

—    ¡No, Camilo, aquí no! —reaccionó Jazmín, espantada porque sabía lo que seguiría.

      Y como él espontáneamente se rio, le propuso algo que hacía tiempo deseaba decirle:

—     Vayamos a mi departamento. Hace tiempo que espero para  inaugurarlo junto a ti.  

—    De acuerdo —asintió Camilo, entusiasmado—. Pero ahora bajemos, que nos esperan para tomar el té.

      El silencio del departamento se quebró al sonar el móvil de Camilo, interrumpiendo uno de sus inacabables momentos de pasión.

—    Hola, mamá.

—    ………………….

—    Sí, estoy con ella.

—    ………………….

—    No. Hoy no voy a ir para allá.

—    ………………….

—    Sí. Quédate tranquila.

—    ………………….

—    Ja, ja. Tú siempre tienes razón.

—    ………………….

—    Por supuesto que lo vamos a conversar. Pero no ahora.

—    ………………….

—    No, no. Pienso quedarme varios días.

—    ………………….

—    Mamá, es muy pronto para eso, pero te prometo que vas a ser la primera en saberlo. Ahora te aviso que voy a apagar mi móvil. …y el de ella también.

—    ………………….

—    Y yo a ti.