Una apuesta de película

Nora Sisto


Era su último año en el Instituto. Sara estaba contenta porque pronto comenzaría la universidad, pero a la vez se sentía triste porque posiblemente a él nunca lo volvería a ver. Lucas había sido su compañero de clase desde la escuela primaria y desde entonces creía estar enamorada de él. Parte de su enamoramiento se debía a que Lucas desde pequeño había sido el «lindo» de la clase, el chico al que los otros varones envidiaban y por el que las chicas suspiraban sin cesar, contrariamente a ella que era una niña promedio, con ningún rasgo físico especialmente llamativo y que por su carácter apocado no se relacionaba fácilmente con los otros chicos.

Ahora, ya en un aula de secundaria, desde su pupitre lo observaba disimuladamente mientras él conversaba animadamente con las chicas sentadas a uno y otro lado de su mesa, ubicada en la primera fila cerca del pizarrón. Lucas no había sido nunca su amigo, pero Sara conservaba la ilusión de que en algún momento él se fijara en ella, e íntimamente se apostaba a sí misma que iba a lograrlo.

En la mesa al lado de la de Sara se sentaba Moro, un chico nuevo, y era la primera vez que coincidía en una clase con él. Moro era un par de años mayor que ella y que el resto de sus compañeros, lo que a esa edad parecía hacer una diferencia mayor. Sus compañeros comentaban que era porque había vivido durante largo  tiempo en el extranjero, viajando con sus padres de un país a otro, y eso le había significado ciertos desfasajes en su educación formal. Moro se consideraba un outsider de la clase y no se le daba el socializar. La mayor parte del tiempo se lo veía concentrado en el estudio, para lo  cual parecía tener una aptitud especial. De vez en cuando, Sara notaba que él giraba la cabeza hacia donde ella estaba, lo suficiente como para observarla, pero no le dirigía  la palabra. Aun así, a Sara aquella actitud no le molestaba, ya que apreciaba que alguien por lo menos se diera cuenta de que ella estaba ahí.

Desde la primera vez que lo vio, su rostro le había llamado la atención. Es que Moro  había nacido con labio leporino, una malformación congénita, motivo por el cual había sido sometido a varias cirugías plásticas desde que nació. Era la primera vez que Sara conocía a alguien con tal característica, y lejos de provocarle rechazo le enternecía su  boca con vestigios de cicatrices, porque le parecía una boca de bebé. Sin embargo, aunque no tenía dificultad para hablar, Moro era hosco con todos.

Era viernes y la última clase del día. Cuando sonó el timbre de salida, antes de levantarse de su asiento Sara dio una última mirada a Lucas, que en ese momento reía con una chica. No iba a verlo hasta el lunes y la invadía la desazón. Por eso se lo quedó mirando lánguidamente cuando él pasó a su lado rumbo a la puerta sin siquiera notar que ella lo miraba. No se dio cuenta de que Moro, sin levantarse de su asiento también se había quedado mirándola a ella, observando a quién miraba con tanto interés.

A la clase siguiente, Sara se apuró para entrar en el salón. Sabía que Lucas se sentaba siempre en el mismo pupitre junto al pizarrón y quería ocupar el mismo lugar de siempre, desde el cual le resultaba fácil observarlo. Sin  embargo, al dirigirse al mismo se encontró con que Moro se había cambiado de asiento y ahora ocupaba su lugar. Eso la contrarió, porque ahora iba a tener que ubicarse en la misma fila que Lucas, y los chicos delante de ella  le obstruirían la visual. De todos modos, resignada, se sentó en el lugar que quedaba libre, sin protestar.

No habrían transcurrido más de dos minutos de comenzada la clase, cuando Moro, girando apenas la cabeza hacia ella le hizo un comentario que no esperaba.

—    ¿Te gusta Lucas, no es así?

Sara lo miró pero no le respondió. Pero no porque le hubiera parecido antipática su pregunta. Es que le había sorprendido que aquella voz tan varonil y sensual saliera de aquella boca deforme. No obstante, optó por no responderle y continuó con la cabeza gacha escribiendo en su cuaderno.

—    Lucas no ha mirado ni un segundo hacia donde estás —insistió él, sin desatender lo que a su vez estaba escribiendo.

Desconfiada, Sara levantó la vista y lo comprobó. Efectivamente, Lucas estaba absorto en sus cosas y no miraba hacia donde ella estaba. Pero ella ya lo sabía. En todos aquellos años, Lucas nunca se había fijado en ella.

—    No le interesas —continuó afirmando Moro rotundamente—. Si le interesaras, hace rato que habría intentado acercarse a ti, y por lo que veo nunca lo ha hecho. Así que deja de comportarte como una tonta.

Al oírle, Sara lo miró desafiante con intención de reprocharle sus palabras. Pero él también la miró y entonces ella no fue capaz de hablar. Sus ojos eran negros y brillantes y su mirada tan intensa que parecía quemar. Ella podía perdonar las insolencias que provenían de sus labios, pero aquella mirada se le hizo difícil de sostener. Por eso, en lugar de responderle bajó la cabeza e hizo como si continuara con su tarea, aunque desde ahí no pudo seguir escribiendo nada más.

Al haber asistido a varios colegios en diferentes países, Moro había perdido la continuidad de sus estudios, pero como compensación había adquirido mucha experiencia. Sin embargo, no se las daba de sabihondo; es que ya había vivido muchas de las cosas que para el resto de los chicos eran novedad. Por eso, la mayor parte del tiempo se lo pasaba aburrido. No era llamativo como Lucas, que por su físico estilizado, su cabello rubio y sus ojos celestes se había convertido en el chico más guapo de la escuela. Moro no era comparable con Lucas; era robusto, desgarbado y caminaba sin preocupación, como si el resto de las personas no existiese. Su expresión siempre parecía poco amigable, pero quien lo observara detenidamente podía descubrir el brillo de su mirada franca y sagaz tras una melena oscura que caía sobre su frente y parte de su rostro, tal vez como una cortina para ocultar su deformidad.

A Sara, Moro no le interesaba, o al menos eso quería creer. No obstante, su personalidad no pasaba desapercibida. Era inteligente y se destacaba en todas las asignaturas, incluso sorprendía a los profesores en más de una oportunidad. Además de despertarle curiosidad sus labios, también le llamaba la atención una pulsera que siempre llevaba en su mano derecha junto a otras pulseras de cuerdas de colores. Era de plata, con eslabones gruesos muy pulidos y una chapa alargada grabada con sus iniciales, y Sara imaginaba que podría ser el objeto preciado que entregaría en su momento a su chica como prueba de su amor. Pero Moro no parecía en ese momento estar interesado en buscar novia.

Un día, Moro dejó de asistir a clases. Y de ahí en adelante, el lugar que acostumbraba ocupar permaneció vacío. Sara lamentó su ausencia repentina, pero al mismo tiempo creyó que, habiendo quedado  libre ese asiento podía ser una buena oportunidad para que Lucas aprovechara a ocuparlo si quisiera acercarse a ella. Sin embargo, eso no sucedió.

—    ¿Te molestaría que cambiáramos de lugar? —le dijo un día una  compañera de clase que había ocupado el lugar de Moro—. Es que Lucas es tan divino y desde aquí no lo puedo mirar. ¿No te importa, verdad?

En parte le  importaba. Pero igualmente aceptó con ella cambiar de lugar. A partir de ahí, observando el comportamiento de su compañera se dio cuenta del lastimoso papel que había estado representando. Moro había sido con ella grosero y maleducado. Sin embargo, Sara sabía que tenía razón; se comportaba frente a Lucas como una tonta. Y entonces decidió cambiar de actitud. Aun así, de vez en cuando, observaba si Lucas miraba a alguna de ambas. Pero no. A Lucas definitivamente lo que le interesaba era que lo miraran a él.

A fin de año llegó el momento de los exámenes finales. Sara, así como muchos de sus compañeros, había eximido con buenas calificaciones todas las asignaturas y lo que ahora les interesaba más era el festejo final.

El día del baile de graduación se había vestido, maquillado y peinado con el mayor esmero. Sabía que era su última oportunidad de conquistar a Lucas, ya que después de allí cada cual tomaría su camino y posiblemente no se volvieran a encontrar. Por más que todo le indicara que debía darse por vencida, quería por lo menos una vez concitar su atención.

Y en efecto, cuando llegó al lugar fueron muchas las miradas que recalaron sobre ella. Lucas todavía no había llegado, así que se dispuso secretamente a esperar. Cuando este irrumpió en el lugar, las chicas enloquecieron. Estaba muy guapo, casi como un actor de cine. Sin embargo a ella ni la miró. Mientras esperaba, con su vista había hecho una rápida recorrida panorámica del lugar y había encontrado a Moro que, de pie en un rincón también observaba el panorama. Hacía tiempo que no lo veía, y por curiosidad se acercó a él.

—    ¿Todavía no conquistaste a Lucas? —dijo él, burlonamente al notar que Lucas había entrado sin mirar a nadie—. Si no se fija en ti hoy, con lo bonita que estás, no creo que lo haga nunca.

Iba a reprocharle sus palabras, pero algo la frenó. Moro le estaba diciendo que estaba bonita. Y la miraba con aquellos ojos que ahora volvían a posarse en ella con inquietante intensidad. A pesar de reconocer que Moro también era atractivo, le fastidiaba que fuera él y no Lucas quien coqueteara con ella. Por eso era ruda con él. Sin embargo, algo en su forma de ser la atraía.

—    Dejaste de ir a clases —le dijo, casi como un reproche.

—    Es que tenía aprobadas todas las asignaturas menos una, y esa la aprobé dando  el examen.

Ante sus palabras, Sara se preguntó por qué entonces se había tomado el trabajo de asistir diariamente a todas las asignaturas. Tal vez si se lo hubiera preguntado a él directamente, él le habría respondido que era para verla.

—    Para que lo sepas —dijo, ofuscada, retomando la conversación—, te apuesto que en unos años voy a casarme con Lucas

—    ¿Ah sí? —respondió Moro, desafiándola—. Permíteme dudarlo.

Y como ella amagó a seguir su camino, le dijo con voz muy alta haciendo que ella se diera vuelta a escucharlo:

—    Acepto la apuesta. Pero será a mi manera: si la próxima vez en que nos veamos aún no lo conquistaste, vas a casarte conmigo.

El año lectivo finalizó y esa generación de alumnos se dispersó. Algunos de ellos fueron a la Universidad, otros a diferentes escuelas. A Sara desde siempre le había gustado el teatro, por eso paralelamente a sus estudios de arte, entró en una escuela de actuación.

El mundo del espectáculo era fabuloso. En los últimos cinco años había tenido oportunidad de conocer a mucha gente del ambiente artístico e incluso de destacarse en él. Sabía que Lucas también se había dedicado a la actuación, y a veces se preguntaba si su propia vocación por la vida artística habría sido o no un reflejo de aquello a lo que él se iba a dedicar. Lo había visto una vez en un anuncio de televisión modelando para una tienda de ropa y seguía tan atractivo como siempre, sin embargo a medida que el tiempo iba pasando, Sara se daba cuenta de que pensaba cada vez más en su carrera, y cada vez menos en él.

Dio la casualidad de que para el casting de una película coincidieran los dos. Sara, por supuesto lo saludó emocionada, esperando una respuesta amigable de parte de él. Sin embargo, tuvo que explicarle de dónde se conocían. A pesar de eso, los productores decidieron que hacían una muy buena pareja y les otorgaron los roles protagónicos.

La trama del film era bastante trillada: un amor no correspondido que finalmente llega a cuajar. El film tuvo bastante éxito, a raíz de lo cual la compañía decidió realizar una conferencia de prensa para que los periodistas tuvieran oportunidad de entrevistar a los actores. Eso produciría un aumento del interés del público y como consecuencia una ganancia mayor. A esa altura, dado la buena pareja que formaban en la pantalla, el público comenzó a adorar a Sara y Lucas, y especulaban con que estuvieran viviendo  una relación personal. A pesar de negarlo enfáticamente por ambas partes, la publicidad era grande y había llegado a todos los rincones del país. Y por supuesto, a Moro.

En unos días iban a ser la entrega de los premios anuales de producción artística nacional, y en el ambiente ya se percibía bastante revuelo. Se comentaba que la película de Lucas y Sara podría sacar el premio a mejor película del año, o por lo menos Lucas sería el ganador del premio a mejor actor. La gala era en uno de los teatros de mayor prestigio, y la flor y nata del espectáculo se había dado cita allá.  Como estaba previsto, la película salió ganadora y Sara y Lucas junto a otros integrantes del elenco subieron al escenario a recoger el trofeo. Mientras Lucas, emocionado hablaba frente al micrófono, Sara miraba el público que respetuosamente escuchaba su alocución. En una de esas, sus ojos se detuvieron en alguien que desde la platea no miraba a Lucas sino que la miraba fijamente a ella. Sin explicarse por qué, se estremeció. Era Moro.

Al finalizar la ceremonia lo buscó disimuladamente entre los asistentes pero no lo pudo encontrar. Recién cuando llegó a su casa, una llamada a su celular la sorprendió. Era un número desconocido, pero igual atendió.

—    ¿Ya lo conquistaste? —le dijo la voz al otro lado de la línea.

Una incomprensible sonrisa se apoderó de sus labios. Lo que había escuchado emocionada no había sido el contenido irónico de sus palabras, ni tampoco sus ocurrentes  palabras; había sido su voz.

—    Te vi en la platea —dijo, espontáneamente, sin darle importancia a su pregunta.

—    Ya lo sé. Yo también te vi.

—     ¿Qué estabas haciendo ahí?

—    Solo fui a verte. No pude contenerme. La curiosidad me carcomió.

—    ¿Y quién te dio mi número? Sabes que no cualquiera lo puede tener.

—    Es que yo no soy cualquiera —rio—. Soy quien va a casarse contigo si a Lucas no lo logras conquistar.

A la mente de Sara vino como un flash aquella apuesta disparatada. Nunca pensó que él iba a tomársela al pie de la letra. Pero, al igual que en aquel entonces, la idea no le disgustó.

—    Estás loco —respondió también riéndose, aunque no lo negó—. ¿Cómo es que entraste al teatro? Era solo para público restringido. ¿Te dedicas a lo mismo que yo?

—    ¡Dios me libre! —exclamó exaltado—. Nunca se me dio eso de fingir. Es que soy amigo de uno de los productores y él me invitó. Por cierto, estabas muy bonita.

Sara no respondió. Aunque solo lo había visto de lejos, él también parecía estar muy guapo.

Pensó que con el correr de los días Moro volvería a llamarla. Pero no fue así. Ahora estaba abocada a un nuevo proyecto para una serie de televisión y pensó que le habría gustado compartir sus impresiones con él. Pero Moro no parecía compartir esa actividad con ella.

En esta oportunidad no iba a estar acompañada por Lucas, porque  con el éxito de aquella primera película, su popularidad había aumentado en forma exponencial y ahora su caché se había incrementado considerablemente. Pero no lo lamentaba. Contrariamente a lo que había supuesto al comienzo de su carrera, las escenas románticas con Lucas no habían resultado ser tan emocionantes como había querido suponer. Aunque en la película se viera lo contrario, besarse con él era apenas un trámite sin nada de emoción, y sus abrazos teatrales, demasiado estudiados, nunca le habían hecho estremecer. Era lógico que el público adorara a Lucas por su figura cautivadora en las pantallas, pero no imaginaba que en la vida real difícilmente alguien pudiera ser cautivado por él.

Al haberse convertido Lucas en un artista de renombre, los paparazzi lo perseguían a sol y a sombra, y sus fans no lo cesaban de acosar. Hasta que un día, un hecho desagradable desencadenó un escándalo. Una de sus fans lo denunció falsamente por abuso. Temiendo que la fama de Lucas se desmoronara y que, agobiado por su cotización a la baja pudiera sumirse en una profunda depresión, su agente decidió encarar una medida publicitaria urgente. Entonces se comunicó con Sara para hacerle una proposición. Aunque Sara y él nunca habían sido realmente amigos, ella sí se consideraba su amiga, por lo que, de común acuerdo entre sus respectivos agentes, ella y Lucas comenzaron a mostrarse públicamente como una pareja real. Las aguas inmediatamente se aquietaron al verlos juntos en diversos eventos, y sus fotos mostrándolos «enamorados» se viralizaron rápidamente en las redes sociales. Pero todo aquello no era más que una simulación. Por más química que los espectadores pudieran apreciar entre ellos en sus actuaciones, Sara era consciente de que con Lucas una relación sincera jamás podría funcionar.

Uno de los eventos a los que acudieron fingiendo ser pareja fue en un prestigioso hotel de una importante ciudad. El hotel era muy lujoso, e iban a reunirse con periodistas para anunciar el comienzo de una nueva filmación. Ella y Lucas volvían a ser los protagonistas de la película, pero en este caso iba a ser una saga de aventuras y no una historia de amor. Cuando la reunión finalizó, Lucas se retiró a descansar y ella se quedó conversando con algunos conocidos.

Se había despedido de casi todos y se disponía a marcharse ella también a su habitación a descansar, cuando sintió que alguien le tocaba el hombro. Se dio vuelta  instantáneamente para ver quién era el atrevido y al verlo se quedó muda. Era Moro.

—    ¿Así que ya eres la novia del «chico bonito»? —fueron sus palabras.

A diferencia de otras veces, enseguida se dio cuenta de que él no se dirigía a ella con su habitual sonrisa jovial. Por el contrario, su expresión era rara, y ella pudo captar en su semblante una mezcla de ironía y preocupación. En ese instante vaciló y no supo qué responderle. Podía simplemente haberle dicho la verdad, que todo aquel paripé era solo una estrategia publicitaria y que por un acuerdo de confidencialidad no lo podía revelar. O más aún: que se sentía ridícula con toda aquella pantomima y que en ese momento estar frente a él era lo único que la emocionaba de verdad. Pero superado el primer momento, también sonrió de la misma manera y le respondió con otra pregunta:

—    ¿Quieres ir a tomar un café?

El bar del hotel quedaba en el ala opuesta a aquella en donde se había realizado la conferencia de prensa y afortunadamente los periodistas ya se habían retirado del lugar.  El supuesto café se transformó en una copa, a la que siguió otra copa, y a la que siguieron otras copas más. Moro le comentó que al enterarse de que ella y Lucas participarían en aquel evento había sentido curiosidad, pero omitió decirle cuál era la curiosidad que lo motivaba. Sara a su vez le contó sobre su vida actual y sobre su trayectoria, pero a Lucas en ningún momento lo mencionó, y él no quiso ahondar en aquel tema. Se habían ubicado en una esquina discreta, en un sillón rinconero de terciopelo que rodeaba una pequeña mesa circular. Moro estaba cambiado. El chico hosco y de pocos amigos de la secundaria se había vuelto un hombre elegante y mundano. Mientras él hablaba, ella se complacía mirando su rostro que ahora, con el cabello muy corto se destacaba en su totalidad, comprobando que sus expresivos ojos color azabache no habían perdido la intensidad de años atrás.

Al cabo de un largo rato, Sara había bebido más de la cuenta. Sus ojos estaban vidriosos y su conversación se estaba tornando más desinhibida de lo habitual. A medida que hablaba, se había ido arrimando cada vez más a él, deslizándose en aquel asiento mullido y al verla cualquiera podía interpretar que le estaba comenzado a coquetear. Moro, más acostumbrado a beber que ella, la monitoreaba con cautela.

—    Estás diferente —le dijo ella de repente, mirándolo más de cerca.

Él no dijo nada. Pero ella insistió y al cabo de unos segundos de escudriñar su cara  detalladamente, se dio cuenta.

—    ¡Te operaste los labios! —exclamó como si hubiera hecho un descubrimiento trascendental. E inmediatamente agregó, sin ocultar su desilusión—: Nunca me dijiste que te los ibas a operar.

—    ¿Acaso tenía que pedirte permiso? —acotó él—. ¿Por qué? ¿No te gusta?

—    No es eso —replicó ella, pensativa, sin poder explicarle que igual, con operación o sin ella, sus labios siempre habían sido su secreta devoción.

De pronto, extendió una mano e intentó tocarle los labios con el dedo. Pero él, con un rápido movimiento de su mano le sujetó la muñeca impidiendo que lo hiciera.

—    Quiero tocarte —dijo Sara, con voz quejosa.

—    ¿Por qué? —preguntó duramente él—. No te confundas. No soy Lucas.

—    Ya lo sé —afirmó Sara, contrariada.

Moro creía que era el exceso de bebida lo que la hacía desvariar. No se imaginaba que por el contrario, era justamente la bebida lo que estaba haciendo que afloraran sus verdaderos sentimientos. Sara lo miraba con los ojos llorosos porque él no soltaba su mano y parecía empeñado en no entender. Ella quería decirle que no le interesaba ningún «chico bonito», que ella estaba profundamente  enamorada de un hombre de verdad.

Por eso le repitió, aunque su lengua parecía, por momentos patinar:

—    Ya lo sé.

Desanimada, bajó la vista y al ver que en la mano con que la sujetaba él aún llevaba aquella preciosa pulsera, con su mano libre comenzó suavemente a acariciarla. Él, descolocado, no atinó a soltarla, pero sintió que la piel se le erizaba.

—    Moro —dijo entonces, al ver que él bajaba la vista y parecía temblar al sentir el contacto de su mano acariciándole—: Sé muy bien quién eres.

Y agregó, ahora sí con voz segura:

—    Eres el hombre de mi vida.

Dicho esto, se le cerraron los ojos y cayó desmayada. Era obvio. Nunca había bebido tanto en su vida. A la mañana, cuando se despertó se vio tendida en la cama en su habitación del hotel, con el mismo vestido que llevaba. Al incorporarse se dio cuenta de que le dolía la cabeza y enseguida recordó el bochorno de la noche anterior. No estaba abochornada por su borrachera tanto como por la confesión que creía haberle hecho a él. Llevándose las manos a la cabeza trató de acordarse de lo sucedido. Vagamente veía la imagen de Moro sentado junto a ella, su bendita pulsera y después nada más. Quiso pensar que todo aquello había sido solo una alucinación de su parte, fruto del alcohol, pero su cuerpo recordaba muy bien la emoción de haberlo tenido tan cerca.

Cuando bajó con su maleta al lobby se encontró con Lucas y los demás integrantes de la comitiva que estaban esperando el transfer para volver a sus casas. Y por supuesto, Moro no estaba ahí. Se preguntó cuándo volvería a verlo.

En otra oportunidad, Sara, Lucas y varios integrantes del staff fueron invitados a la boda de uno de los productores conocidos en el ambiente. La recepción se llevaba a cabo en el salón principal de una bella casona antigua con un gran parque alrededor. A través de los ventanales era posible apreciar una enorme explanada cuyo piso de losas de piedra terminaba en una blanca balaustrada decorada con macetas. En el medio de su tramo más largo se abría, dejando paso a una escalinata de unos siete u ocho escalones que bajaba desembocando directamente en el césped de un gran campo de golf.

Había mucha gente, y Sara, que tenía que aparentar ser la pareja de Lucas, caminaba entre los presentes mirando el piso, sin prestarles atención, y esquivando a quienes no conocía, para no tener que mentirles o darles alguna explicación. Se arrepentía de haber fantaseado durante tanto tiempo con que ella y Lucas pudieran llegar a tener una boda similar. En sueños se había visualizado muchas veces vistiendo un vaporoso vestido blanco, acompañada por aquel apuesto galán, sin embargo, ahora sabía que había sido una vana fantasía. Ella nunca había estado enamorada de Lucas; se había enamorado de una idea y se había aferrado a ella con tozuda ilusión.

Cuando más inmersa estaba en sus reflexiones, se topó de frente con Lucas que venía acompañado por dos personas más.

—    Sara, quiero que saludes a mis amigos. Hacía mucho que no nos veíamos y de casualidad nos hemos vuelto a encontrar.

—    Mucho gusto —dijo Sara, como por inercia, levantando apenas la cabeza y  extendiendo su mano para saludar al primero.

Pero cuando fue a saludar al segundo, de pronto quedó petrificada. La mano extendida lucía en su muñeca la pulsera de Moro. Entonces espabiló de golpe, levantó la vista y lo miró. Moro la miraba a su vez, con su habitual sonrisa burlona.

—    Hans es productor de TV —le explicó Lucas a Sara mientras se daban la mano—. Y él es su socio Moro.

Sara no supo si decir que ya se conocían. Por eso lo saludó como si fuera la primera vez.

Intercambiaron palabras durante algunos segundos, y después Hans y Moro se disculparon y fueron a saludar a otras personas. Moro había fingido muy bien no conocerla y en ningún momento la incomodó. Pero a través de esa breve conversación, Sara se  enteró de que Moro desde hacía tiempo que conocía a su agente y al de Lucas. Entonces cayó en la cuenta de que siempre había estado pendiente de ella

Al quedar solos, Lucas le comentó a Sara:

—    Me sorprendí tanto como tú de verlos. Hasta parece que Moro estaba en nuestra misma clase, en el mismo salón. Si él no me lo dice, yo ni lo recordaba.

Pero ella sí que lo recordaba. Desde aquella velada surrealista en aquel hotel no había dejado de pensar en él. Había deseado volver a verlo una y mil veces pero no se había animado a llamarlo y él al parecer tampoco la había querido llamar. Ahora la casualidad los volvía a reunir, pero su presencia inesperada la había descolocado de tal forma que  no se le ocurría  ninguna excusa para volver a acercarse a él. Por eso, cuando vio que nadie reparaba en ella salió a la terraza para tomar aire e intentar tranquilizarse.

La terraza era magnífica, y por suerte a ninguno de los invitados se le había ocurrido salir. El campo de golf se veía infinito y la luna en lo alto coronaba el magnífico cielo estrellado como salido de un cuadro de Van Gogh. Subiéndose apenas la larga falta tubo que llevaba, se quitó los altos tacones y, dejándolos al comienzo de la escalinata, bajó. El césped húmedo acarició inmediatamente sus pies devolviéndoles la comodidad que le quitaban aquellos zapatos y sintió que al mismo tiempo su mente y su cuerpo también se comenzaban a distender. Caminó unos pocos pasos, hasta donde los focos en las altas columnas  alcanzaban a iluminar, y se quedó ahí de pie, inmóvil, mirando hacia lo lejos la inmensidad de aquel paisaje espectacular. Suspiró profundamente. Durante todos aquellos años había deseado infantilmente conquistar a Lucas, pero había sido Moro quien finalmente había penetrado poderosamente su corazón.

Cuando supuso que debía volver a la fiesta, dio la vuelta y comenzó a subir los escalones. Subía pisando con desgano. Para ella ya no era intrascendente fingir que salía con Lucas, y estaba decidida a terminar con aquella farsa. Al llegar al último escalón, tomó aquellos altos tacones y parándose sobre el piso de piedra comenzó a calzárselos. En eso estaba cuando de improviso una sombra la sorprendió y la hizo trastabillar. Pensó que iba a rodar escaleras abajo, cuando de pronto unos brazos fuertes la sujetaron y la abrazaron a un cuerpo más fuerte aún. No tuvo que mirarle la cara para saber que era Moro. La sostenía como solo él la podía sostener. Entonces, sin decir nada, se abrazó a él con fuerza. Al sentir su cuerpo tan pegado al suyo tembló  de emoción, y deseó febrilmente que la hiciera suya. Entonces alzó apenas su cabeza  esperando recibir de él un beso apasionado. Sin embargo, Moro lo evitó y en su lugar le dijo con voz ronca, casi al oído:

—    Espero que estés disfrutando tu triunfo.

Y asegurándose de que no volviera a perder el equilibrio, la soltó despacio y se fue sin mirar atrás.

De todas las personas en el mundo que habían creído en aquella estúpida relación inventada, Moro era el que ella menos deseaba que lo hiciera. Pero él lo había creído. Por sus palabras, era evidente que había desestimado aquella bizarra confesión que ella le había hecho bajo los efectos del alcohol. Por eso no había llegado a enterarse de que, desde hacía ya mucho tiempo, ella se había rendido a otro amor, un amor adulto y real que la contenía y la arrollaba completamente: el amor por él.

Era entrada la madrugada cuando el teléfono de Moro sonó. Solo intercambiaron siete   palabras.

—    Moro, yo no……

—    Disculpa. No quiero hablar.

La conversación con Lucas y su agente también fue corta y contundente. Sin entrar en detalles, ambos entendieron que esa situación fingida no podía alargarse más. Pero obviamente acordaron que seguirían trabajando juntos. Lucas además se sentía agradecido con Sara, por lo cual le aseguró que de ahí en adelante podía contar con su más sincera amistad.

Un nuevo proyecto laboral comenzaba para ella y con él no solo una nueva oportunidad de trabajo sino también un motivo de distracción. Era una idea de la productora de Hans y Moro, por eso quería lucirse con la producción. Se trataba de una serie en pocos capítulos para una plataforma de TV. Como era un nuevo cliente, tanto los guionistas como todo el staff estaban abocados a rendir al máximo. Otra vez la pareja estelar estaba compuesta por ella y Lucas, pero en este caso interpretaban a dos hermanos separados por la guerra, que finalmente se volvían a encontrar. La trama era atrapante, y como en anteriores oportunidades se vislumbraba un éxito total. Y a Sara no le llamó la atención que, al ser otra producción de Moro, tampoco se tratara de una historia de amor.

Las locaciones eran variadas y muchas de las tomas eran en escenarios naturales, por lo que habían tenido que desplazarse a diferentes lugares del país. Uno de los lugares claves de la filmación era un pueblito de montaña, muy pintoresco y con unas vistas realmente «de película». A Sara, más que la trama de la película le emocionaba estar en aquel lugar, y esperaba ansiosa el momento en que Moro se hiciera presente.

Unos días antes de que finalizara el rodaje, cuando Sara ya no lo esperaba, Hans y Moro se presentaron en el set de filmación. Lucas los recibió con gran entusiasmo y para Sara fue toda una conmoción. Estaban alojados en una posada típica de esa zona y Sara pensaba que era el lugar perfecto para tener un encuentro amoroso con Moro. Sin embargo, a pesar de sus intentos de hablar con él, no le fue posible ni siquiera acercársele. Ese día justamente filmaban varias tomas en las que ella aparecía, por lo cual no tuvo un momento libre para ir a buscarlo. A la noche intentó concertar con él un encuentro a través de Hans, pero al parecer tenía programada una reunión de trabajo con los técnicos del staff. De madrugada intentó telefonearle pero su celular estaba apagado. Al verse frustrada, la impaciencia la comenzó a invadir. Sabía que al día siguiente él se marchaba y quién sabe cuándo volvería a encontrar otra oportunidad tan inspiradora como esa, para estar con él.

A la mañana se levantó muy temprano. Estaba demasiado tensa, decepcionada por no haber podido aclarar las cosas con Moro y por eso no había podido dormir. Supuso que probablemente ya se habría ido, así que sin esperanzas de encontrarlo bajó sin prisa a desayunar. Pero al entrar al comedor su corazón dio un salto. Él aún estaba ahí. Estaba sentado en una mesa conversando con Lucas.

—    Chica, ¡qué cara traes! —exclamó Lucas, al verla—. Pareciera que no has dormido en toda la noche. Toma, bebe mi café.

Sara lo miró a través de sus gafas oscuras pero no le respondió y se limitó a sentarse a su lado. Después tomó el pocillo de café y comenzó a revolver parsimoniosamente su  contenido  con una cucharita, aunque no lo bebió. Por un segundo miró a Moro y se encontró con que él a su vez la estaba mirando. Lo notó raro. Pero por las dudas, no le habló. Sin embargo, se emocionó, porque le dio la impresión de que él había retrasado su partida para esperarla.

—    Bueno —exclamó al fin Moro —. Me voy, si es que no quiero que Hans se vaya sin mí.

—    Te acompaño —dijo Lucas, poniéndose también de pie.

Sara esperaba que Moro por lo menos se despidiera de ella de manera afectuosa, pero solo lo hizo de lejos, con un ademán de la mano a modo de todo saludo. Después los dos se encaminaron hacia la puerta.

Desilusionada, se quitó las gafas y las puso sobre la mesa. Después, con el pocillo de café entre sus manos miró dentro del mismo buscando el reflejo de su cara de resignación. En eso estaba, cuando de improviso notó que alguien se le acercaba. Levantó rápidamente la vista. Moro había regresado. Vio que se agachaba junto a la silla que había ocupado minutos antes, y al incorporarse tenía su bufanda en la mano.

—    Lucas me dijo que viniera a buscarla —dijo, mirándola a ella con expresión triunfal—. Creía que la había perdido para siempre y Lucas me dijo que no debía  resignarme. Que me estaría esperando acá.

Acto seguido se acercó a Sara, que se había quedado paralizada en su silla, y tocándole con su mano derecha la cabeza, le despeinó simpáticamente el cabello.

—    Volveré pronto —le dijo, con una sonrisa.

Ella lo miró desconcertada. Más aún cuando al hacer Moro aquel gesto, su pulsera deseada la había sobrevolado, provocándole un deseo incontenible de abrazarse a él. Moro estaba ahí y le desesperaba no poder retenerlo. Intentó  entonces levantarse de su silla, pero antes de que llegara a hacerlo Moro la tomó por los hombros, e inclinándose, acercó su boca a la de ella y la besó largamente. Después, apartándose apenas, le dijo en secreto «¿Así está mejor?», a lo que ella, todavía aturdida por la suavidad de aquellos labios, solo atinó a asentir dos veces con su cabeza.

Ya habían finalizado de rodar todas las secuencias de la película. Después de eso, esta pasaría a edición y posteriormente a exhibición en las diferentes salas y plataformas. Pero pasaban los días y Moro no aparecía. Se imaginaba que él y Hans estarían atareados detrás de toda la producción, sin embargo no se los veía a ninguno de ambos.

Cuando la serie estuvo lista, se decidió hacer una avant première para mostrar el tráiler a algunos integrantes del ambiente. La proyección iba a ser en una sala pequeña, con solo algunos invitados. Sentada en su asiento, vistiendo apenas un atuendo casual  y zapatillas deportivas, Sara suspiró lánguidamente. Estaba feliz por la culminación exitosa de su trabajo, pero se preguntaba por qué Moro no estaba ahí. Cuando la sala se oscureció,  ella también se oscureció y tuvo el impulso de irse. Estaba levantándose de su asiento cuando sintió que una mano la obligaba a volverse a sentar.

—    No puedes irte —le dijo Lucas, en voz baja—. Tienes que quedarte hasta el final.

Resignada, se volvió a acomodar en el asiento, pero como se sabía la película de memoria, nada de lo que veía le hacía entusiasmar. De pronto, la proyección se detuvo abruptamente y las luces de la sala se volvieron a encender. Pensó que había ocurrido algún desperfecto técnico, pero antes de que pudiera averiguar nada, Moro apareció en el escenario y la gente comenzó a aplaudir. Él miró hacia donde ella estaba, y pidió que los aplausos cesaran. Entonces, Sara se sonrojó y no supo qué hacer. Pero cuando él se hincó de rodillas frente al público sosteniendo una cajita pequeña en sus manos, y un foco se encendió de repente sobre ella, iluminándola, como impelida por un resorte, se puso de pie.

—    ¡Perdiste la apuesta! —le gritó Moro, desde donde estaba.

—    ¡Sí! ¡Sí! —gritó a su vez Sara con toda su fuerza, al mismo tiempo que corría hacia él y la sala estallaba en aplausos.

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Cuando su celular comenzó a vibrar, Sara se apuró a atender. Lo había puesto en silencio para evitar despertarlo.

—    Buenos días —dijo Hans del otro lado de la línea—. Dile al desconsiderado de tu marido que hace rato que lo estoy llamando y tiene apagado su celular. Es que hay mucho trabajo pendiente y necesito consultarle algo. Lo menos que puede hacer es atenderme, después de todo lo que lo ayudé con la puesta en escena que montó.

Sara giró hacia su costado y constató que efectivamente el celular de Moro se encontraba apagado sobre su mesita de luz. Se estiró para agarrarlo, y entonces su torso desnudo rozó la espalda de Moro, que dormía plácidamente boca abajo. Al sentir el contacto de su piel, este se dio vuelta perezosamente y antes de decir nada la rodeó con sus brazos. Y luego exclamó con voz muy fuerte para que Hans lo escuchara.

—    Dile al desconsiderado ese que le agradezco infinitamente su ayuda, pero si tengo el celular apagado es porque no quiero que me molesten en mi luna de miel.

Y quitándole de la mano el móvil a ella, también lo apagó.

—    Moro, ya que estamos, quiero decirte algo —dijo Sara—. Le comuniqué a mi representante que ya no voy a continuar actuando. Ahora quiero trabajar contigo en la productora.

—    Me parece bien. Pero te habrá recordado que tienes un contrato que cumplir.

—    Sí, pero lo convencí de cancelarlo.

—    ¿Y cómo lo convenciste?

—    Lo amenacé con hacer correr la voz de que Lucas es un maltratador.

—    ¿Lo es? —preguntó, alarmado.

—    No. Por supuesto que no lo es, pero ya has visto que la gente tiende a creer cualquier cosa. Cambiando de tema, ¿vas a prestarme tu pulsera?

—    No lo sé. Me trae muchos recuerdos. Pero ven, tal vez me llegues a convencer.