Una vacante en Oklahoma
Nora Sisto
Evelyn protestó y protestó hasta que no pudo más. Su padre había sido claro y rotundo. El trabajar en su empresa no le daba ventajas por sobre los otros empleados. Y si no se retractaba y comenzaba a comportarse de otra forma, iba a darle el despido sin más. No importaba que tuviera un título de contadora, un máster de economista y varios estudios más; sus aires de superioridad y sus malas maneras hacia sus subordinados y sus potenciales clientes no iban a ser toleradas por su padre nunca más. Por eso le había planteado una solución perentoria que debería cumplir a rajatabla: dejaba de trabajar de inmediato en la empresa o se iba un tiempo lejos a meditar.
Sus padres la habían criado entre algodones y ahora se arrepentían de haberle consentido sus caprichos, habiéndole permitido creer que era «buena» su mala educación. Era su única hija y como tal, aspiraban a que fuera ella quien dirigiera la empresa en el futuro. Era una empresa financiera, de las más prestigiosas del país, con grandes perspectivas de crecimiento. A su padre le hacía ilusión que ella se convirtiera en la heredera de aquel importante negocio, pero también tenía algo muy en claro: no iba a dejar que, habiéndole costado tanto esfuerzo levantarlo, este fuera a terminar en las manos de alguien vanidoso y desconsiderado como lo era en ese entonces Evelyn.
Pero Evelyn no era tonta, y ante aquella disyuntiva eligió la solución que menos la podía desfavorecer. Así que comunicó a sus padres que se iría una temporada a casa de su abuela Mirta en una ciudad pequeña en una provincia del interior del país. Mirta era la madre de su padre, y tenía un carácter parecido al de él. No obstante, Evelyn descontaba que, como hacía tiempo que no la veía, la alegría de recibirla la distraería y entonces también terminaría consintiéndola. Después, una vez cumplido el exilio forzoso, su padre olvidaría lo sucedido y la admitiría otra vez en su puesto habitual. No se imaginaba que, aunque acostumbrara a hacer su voluntad, en este caso no iba a ser ella quien determinara caprichosamente el rumbo de su vida.
Hacía mucho que no visitaba a su abuela Mirta. La recordaba no solo como una persona cariñosa y trabajadora, sino también como alguien de decisiones firmes y sentido común, cualidades que había sabido trasmitir muy bien a su hijo. Mirta no daba puntada sin hilo, por lo cual Evelyn se imaginaba que ya tendría planes precisos para ella. Por eso no le sorprendió que, al no bien llegar, le ordenara ir a hacer las compras, tarea que sabía que nunca hacía, dado el estatus social que pretendía mantener.
Para Evelyn, aquella situación se le presentaba como un juego, un desafío que debería sortear si quería volver triunfante a su casa. Aunque aquella ciudad no era del tamaño de la capital del país en donde ella vivía, era sin embargo capital de provincia, pero ella se la figuraba como un pueblo remoto y simplón. Así que, como primera medida, para encajar en aquel nuevo escenario se le ocurrió ensayar una vestimenta más apropiada, según ella, para un contexto poco exigente como aquel. Por eso eligió un chándal, una camiseta holgada y unas ojotas. Y al salir a la calle se asombró, porque su atuendo parecía tener el poder de transportarla a otra dimensión espacial, muy diferente a aquella a la que estaba acostumbrada. Caminaba sonriendo para sus adentros, porque se pensaba a sí misma como una celebridad paseando de incógnito entre los pueblerinos.
Cuando estuvo frente a la puerta del supermercado le hizo gracia que su abuela le hubiera indicado que fuera al «Oklahoma», ya que en el inmenso cartel de su fachada se leía claramente «OKLA home mart». Entonces creyó que anotaba un punto para ella: la gente de ese pueblo, en verdad era simple e ignorante.
Pero al entrar, se asombró. Se había imaginado un galpón con cosas amontonadas y poco para elegir, en cambio sus instalaciones eran modernas y de buen gusto, y estaba más surtido de lo que ella esperaba. Tal vez algunos vagos recuerdos que tenía de su niñez la habían llevado a equivocarse. Pero el presente le sorprendía gratamente. Incluso, en su previo recorrido a pie había pasado frente a algunas tiendas en cuyas vidrieras se exhibían prendas de moda que habían despertado su interés, y sofisticados artículos electrónicos que nunca se le habría ocurrido que pudieran utilizar los habitantes de aquel pueblucho.
Se tomó su tiempo recorriendo con agrado las góndolas, y cuando creyó haber recolectado en su carrito todos los artículos que su abuela había anotado en la lista, guardó el papel en su bolsillo y se dirigió a las cajas para pagar. Había dos. En una de ellas no había nadie atendiendo y en la otra había una fila de dos o tres personas. La fila se demoraba porque con cada cliente que atendía, la cajera se ponía a conversar. Comentaban sobre el tiempo, sobre sus respectivas familias, hijos, primos y vecinos, sobre lo que llevaban y lo que iban a cocinar. Así que pensó que era cuestión de armarse de paciencia y esperar.
Faltaba solo una persona para que llegara su turno, cuando de pronto un muchacho apareció y acomodándose en la caja contigua la llamó.
— Pase por acá, que ya la atiendo —dijo, mientras la ponía en funcionamiento.
Evelyn suspiró aliviada y se cambió rápidamente de lugar.
Mientras el muchacho iba pasando por el lector la mercadería, Evelyn no pudo evitar observarlo. El cabello le caía sobre la frente ocultando parte de su rostro y cada vez que levantaba la vista, ella se esforzaba por adivinar de qué color serían aquellos ojos que parecían observar con cariño cada artículo como si supiera quién era su destinatario, a la vez que sus manos grandes y fuertes los iban colocando con cuidado en las bolsas blancas impresas con el logo del negocio. No estaba uniformado como los demás empleados y se dijo para sus adentros que tal vez por haber llegado tarde no le había dado tiempo de cambiarse. Sin embargo, imaginándolo de uniforme azul o vestido de cualquier manera pensó que se vería igual de guapo.
Cuando al finalizar, el muchacho le entregó el recibo al fin pudo ver sus ojos. Eran azules, muy brillantes, y su mirada penetrante por un momento la intimidó.
— Gracias por su compra —le dijo, amablemente.
Mientras se dirigía a la puerta, Evelyn disimuladamente volteó para verlo una vez más. Pero él ya se había levantado de su butaca y se retiraba hacia la zona restringida para el personal.
Al llegar a la casa, Mirta la estaba esperando junto a dos chicas.
— Evelyn —dijo, entusiasmada—. Quiero presentarte a Magda y a Zoe. Tal vez no las recuerdes, pero acostumbrabas a jugar con ellas cuando eras pequeña.
— Hola —respondió Evelyn, mirándolas sin reconocer a ninguna de las dos.
En realidad no puso mucho de su parte para tratar de recordarlas, porque su pensamiento se había quedado anclado al chico del supermercado que acababa de ver.
Las chicas parecían simpáticas y amigables, pero no eran acorde a sus estándares sociales: Zoe era gordita, aunque bonita y se veía bien arreglada, con ropa a la moda aunque seguramente de talla especial. Magda por su parte era bastante feúcha y desgarbada, con poca atención a su apariencia personal. Por eso, después de darles un vistazo se dijo que no estaban a su altura y que por nada del mundo estaba dispuesta a dejarse ver acompañada por ellas.
— Disculpen —dijo al cabo de un rato, al notar que la conversación no llevaba a nada que le interesara—. Voy a acomodar mi habitación.
Se sintió mal por su abuela, porque ella seguramente trataba de que su estadía en aquel lugar fuera lo más amena posible. Pero a esas chicas no las conocía ni tenía ningún interés en conocerlas.
— Acaban de irse —dijo Mirta, cuando Evelyn fue a la cocina, minutos después—. Son buenas chicas. ¿Cómo te fue en el supermercado?
Evelyn demoró unos segundos en contestar. Le había ido como en cualquier supermercado. A menos que la pregunta de Mirta fuera capciosa.
— Bien —respondió solamente, para cortar la conversación.
Al día siguiente, cuando fue a desayunar se encontró otra vez con Zoe y Magda. Estaban en la cocina junto a su abuela, y esta vez no pudo zafar. Ahí se enteró de que esa misma noche había baile en el club de comerciantes. Aunque su abuela intentó entusiasmarla para que fuera, dijo que no. Pero más tarde pensó que, aunque el tal baile pudiera llegar a ser un aburrimiento, podía ser una oportunidad para volver a encontrar al chico del supermercado. Entonces accedió a ir.
El baile estaba muy concurrido. Aunque iba poco convencida, se encontró con que la gente era receptiva y amigable. Además, como estaba con Zoe y Magda y estas conocían a todo el mundo, le fue fácil aclimatarse al lugar. La música era moderna y animaba a moverse sin parar. Se había vestido con un atuendo por demás provocativo porque estaba acostumbrada a ser, a cualquier lugar donde iba, el centro de las miradas, y ese no podía ser distinto a los demás. Sin embargo, se encontró con que poco le prestaban atención. Solo alguno que otro la había mirado con curiosidad por encontrarla ajena al entorno, pero las chicas, comedidas, se habían encargado de hacer correr toda la información.
Habría apostado a que iba a encontrar allí al chico del supermercado, pero entre los que bailaban no lo había logrado localizar. Comenzaba a decepcionarse, cuando de pronto lo vio. Estaba recostado en la barra y desde ahí la miraba. Como diversión se dispuso a seguirle el juego y comenzó a mirarlo ella también. Se contoneaba con movimientos sexis, y con disimulo se fijaba si él la miraba. Y efectivamente, él no la dejaba de mirar. Así estuvo durante un buen rato, esperando que él se le acercara. Pero él no se movía de su lugar. No obstante, su mirada era intensa y penetrante, lo que le pareció contradictorio con su manifiesta falta de interés. Entonces se enojó y se dispuso a no seguirle más el juego. Pero no se resignaba. No era posible que un simple cajero de supermercado no aspirara a estar con una chica como ella. Pero cuando quiso reanudar el juego, él ya no estaba ahí.
Disgustada, miró a su alrededor esperando verlo, pero no lo encontró. Entonces se dijo que para ella la velada había finalizado y se decidió a volver a su casa. Pero al salir a la calle se encontró con que él estaba ahí, y le pareció que la estaba esperando.
— ¿Te vienes conmigo, o no? —fue todo lo que él le dijo.
Y ella no necesitó palabras para decirle que sí.
Evelyn no se imaginaba, ni por asomo, lo que esas horas que pasaría con él iban a significar. Por más que tuviera experiencia en estar con otros chicos, éste no se comparaba con nadie más. Todo lo maravilloso que pudiera haber imaginado de antemano que sucedería, había sido superado infinitamente por la realidad. Él no era solo un chico lindo con el cual pasar un buen rato, tampoco un hombre excepcional: era una máquina de hacer el amor.
Se habría quedado junto a él para toda la vida, si no fuera porque a eso de las seis de la mañana, él le dijo:
— Vas a tener que disculparme, pero debo aprontarme para ir a trabajar.
Lo primero que pensó Evelyn fue que era domingo y que por lo tanto podían quedarse juntos un rato más, pero enseguida se dio cuenta de que en el supermercado también se trabajaba los domingos.
La casa de su abuela estaba a solo tres cuadras de la casa de él, así que tomó sus cosas y se fue sin decir nada. Iba caminando como en las nubes. Nunca se había sentido igual. Al entrar a la casa, su abuela estaba en la cocina preparando el desayuno. Pero ella siguió expresa hacia su dormitorio.
— ¡Vaya! —exclamó Mirta al verla—. Ahí viene alguien que pensaba que se iba a aburrir.
Eran casi las cuatro de la tarde cuando bajó a «desayunar». Estaba molida y su aspecto era de lo peor. Estaba despeinada y no se había bañado por no borrar de su cuerpo aquella sensación increíble del cuerpo de él. En aquel corto rato que habían pasado juntos, él había convulsionado todo su mundo. Desde la suavidad de su tacto erizándole toda la superficie de su piel hasta aquel dolor sublime y exquisito en lo más recóndito de sus entrañas repetido hasta el pasmo, la había transportado a un estado de excitación tan brutal que, abrazada a él con todas sus fuerzas no había podido evitar explotar en llanto. Por eso presentía que de ahí en adelante le iba a ser imposible prescindir de él.
Las voces y las risas en la cocina la habían despertado, y se imaginó a Mirta parloteando con Zoe y con Magda como el día anterior, pero al acercarse notó que sobre la mesa había varias bosas de supermercado aún sin abrir, y su abuela charlaba animadamente con un muchacho que estaba de espaldas. No tuvo tiempo de recular, porque cuando Mirta la vio, enseguida la animó a reunirse con ellos. Pero cuando el muchacho se dio vuelta para saludarla, Evelyn quedó blanca como un papel. Era él.
— Ven, Evelyn —le dijo Mirta, risueña—ya conoces a Kraus.
Evelyn lo miró horrorizada. ¿Acaso él le había contado que había pasado la noche con él?
— Chica, te has quedado muda —insistió Mirta, mirándolos alternadamente a ella y a él, sin entender—. ¿No lo recuerdas? Las chicas me contaron que lo conociste el otro día en el supermercado. Que fue él quien te atendió.
— ¡Ah, sí! —dijo, respirando aliviada como si recién lo ubicara, pero no se acercó a él sino que lo saludó con apenas un leve gesto de asentimiento.
— Como tú todavía estabas durmiendo, Kraus ha tenido la gentileza, como siempre, de acercarme las bolsas de la compra —agregó Mirta, con una sonrisa orgullosa, como si se tratara de su hijo.
Temía que él percibiera lo asustada que estaba y más aún, la emoción que le producía tenerlo cerca otra vez, a la vez que esperaba que su abuela no se diera cuenta de nada. Sintió que sus mejillas se enrojecían de golpe, por lo cual se apuró a darles la espalda y tomando de la alacena una taza comenzó a prepararse un café.
— Bueno —dijo Kraus, mirando sonriente a Mirta—, vuelvo al trabajo, si no quiero que me despidan.
Al decir esto, Mirta y él rieron sonoramente, delatando una extraña complicidad entre los dos. Cuando se fue, Evelyn, concentrada en batir nerviosamente con una cucharita el café y el azúcar dentro de su taza, suspiró profundamente diciéndose para sí misma, emocionada: «Así que ese es tu nombre: Kraus».
No dejaba de ser una molestia que ella, una chica de su clase, comenzara a interesarse por un chico sencillo como él. Pero le atraía sobremanera. Por eso, intentó averiguar más sobre él. Para eso, quien podía informarla era su abuela, y esta a su vez estaba deseosa de contarle todo sobre la vida de Kraus.
Ahí se enteró de que era hermano de Zoe. Y no era un empleado más del supermercado: era su dueño. El «Oklahoma», como lo llamaban todos, había sido fundado hacía años por un antiguo vecino, don Osvaldo Klarens, un pionero en aquel tipo de negocios que había conocido en sus viajes por el mundo. Orgulloso, había querido plasmar su nombre en el nombre del supermercado, por eso le había llamado «OKLA». Y para darle un toque cosmopolita le había agregado lo de «home mart». Después, al llegar a su edad de retiro pensó en cerrarlo porque a sus familiares no les interesaba conservarlo, y esto lo apenó porque no quería que el trabajo de toda su vida se perdiese. Pero cuando estaba a punto de rendirse, Kraus, que había trabajado en el mismo y conocía los pormenores del negocio, se lo compró. De ahí en adelante lo había reflotado llevándolo a ser el negocio exitoso que era en la actualidad. Eso sí, había mantenido el nombre del mismo en honor a su fundador y como recordatorio de su perseverancia.
Evelyn había escuchado con atención el relato de su abuela, pero este no cambiaba la idea que tenía respecto a Kraus. Le daba lo mismo que ese hombre fabuloso fuera el dueño del supermercado o un simple cajero. Creía que Kraus había sido una presa fácil de conseguir y por nada del mundo iba a soltarlo. Tal vez podría disfrutar de él durante su estadía en aquel pueblo y luego se marcharía a su casa para continuar con su vida. Pero se equivocaba. No había caído en la cuenta de que las cosas no eran como ella las pensaba, sino al revés. No era Kraus quien había caído presa de sus encantos: era ella quien, a partir de aquel extraordinario momento, pertenecía total y absolutamente a Kraus.
Con intención de encontrarlo, comenzó a ir en los días sucesivos al «Oklahoma» con la excusa de hacer las compras para su abuela. Con arrogancia suponía que Kraus al verla inmediatamente vendría a ella, pero eso nunca sucedió. También volvió a aquel club un sábado por la noche acompañada de Zoe y Magda, pero tampoco ahí lo encontró. Sabía que Zoe era su hermana, sin embargo no podía rebajarse a preguntarle por él. Entonces no supo qué hacer. Poco a poco fue dándose cuenta de que ya no había vuelta atrás: Kraus había encendido en ella un fuego poderoso y era el único que lo podía sofocar. No obstante, él inexplicablemente se negaba.
El tiempo pasaba y ella nada podía hacer. Sentía que su vida había sido marcada. Aquel encuentro no había sido un mero acto físico con un partenaire casual; había producido un inesperado y abrupto «click» en su vida. Su cuerpo había entendido a la perfección el mensaje del cuerpo de Kraus y estaba maravillada de ello. Pero había algo más. Había recibido al mismo tiempo otro mensaje para el cual no estaba preparada: era un mensaje de amor. Kraus no era un chico de tapa de revista al lado del cual mostrarse ufana en un evento social. Kraus era su hombre. Y él con su actitud le estaba mostrando que, al igual que como había hecho con su supermercado, también a ella la podía reflotar.
Ella tenía varios títulos y aspiraba a que su padre la contratara en su empresa, no obstante este le había dado el ultimátum: debía bajar los humos si quería trabajar con él. Por eso había ido a aquel sitio. Pero ahora, a aquel interés profesional por conquistar un puesto importante se sumaba otro a nivel personal que lo superaba con creces: deseaba con todas sus ansias conquistar a Kraus. Y se preguntaba si acaso ambos hombres se habrían complotado para hacerle la vida imposible. Ante ese estado de situación, Evelyn se dijo que debía elaborar un plan si quería ganarles a ambos.
Lo primero que hizo fue acercarse a Zoe. La estrategia le parecía adecuada, ya que Zoe era hermana de Kraus y por ese lado podría acercarse a él y ganar su atención. Entonces comenzó a fingir ser su amiga. Pero aquella amistad era forzada y la chica no tardó en entender su propósito final. Ante su rechazo, Evelyn no tuvo más remedio que intentar un acercamiento por otro lado. Iba al supermercado todos los días a hacer la compra, hubiera o no algo que comprar. Y cada vez que iba, buscaba por todo el local tratando de localizarlo. Pero este parecía haberse esfumado.
Era evidente que Kraus la evitaba, y no acertaba a entender el porqué. Con su actitud, él tiraba por tierra su teoría de que cualquier hombre debía caer rendido a sus pies. Su falta de humildad no la dejaba ver que para conseguir lo que tanto deseaba no se trataba de manipular a quienes la rodeaban, sino de ser franca. Solo bastaba con hacerle saber a Kraus que le había gustado desde la primera vez que lo vio y que aquella noche apasionada había sido suficiente para que se enamorara perdidamente. Eso era lo que él esperaba de ella, y no un alarde de suficiencia.
Con el correr de los días su desazón aumentaba, y no tenía a nadie, excepto su abuela, con quien poderse desahogar. Se sentía impotente por no poder solucionar por sí misma la situación y eso la deprimía. Lo que necesitaba urgentemente era un consejo.
Ese día, después de otra más de las fracasadas visitas al supermercado, en lugar de volver a la casa de su abuela se fue a una plaza cercana y se sentó en una banca a pensar. Llevaba en una mano colgando la bolsita del «Oklahoma» con la ridícula compra que acababa de realizar: una cajita de jugo, cuyo sabor ni siquiera se había detenido a elegir. Como una autómata, colocó la pajilla en el orificio de la caja y comenzó a sorber, aunque sin ganas, mirando a los chicos que rodaban sobre sus patinetas subiendo, bajando y haciendo piruetas en una pista, a unos metros de allí. Estuvo largo rato con la pajilla entre sus labios, aun cuando el contenido ya hacía rato que se había acabado, sin darse cuenta del tiempo que había pasado así. En eso, alguien que pasaba por ahí se le acercó. Era Magda.
— ¿Estás bien? —le preguntó Magda, al notarla ausente.
Evelyn la miró por unos segundos antes de contestar. Siendo bonita y atractiva como era, con un título de contadora bajo el brazo, con todas las ventajas de provenir de una familia acomodada, ¿cómo no iba a estar bien? Podría no estar bien si fuera fea y sin ningún atractivo como Magda. Pero solo le mintió:
— Sí, estoy bien.
Magda la miró, sabiendo que su respuesta era solo retórica. Por eso le dijo, amablemente:
— ¿Te puedo acompañar?
Ella siempre se había cuidado de no juntarse con personas que pudieran afear su imagen, esa imagen de persona espléndida y poderosa que está más allá del bien y el mal. Por eso frecuentemente rechazaba a todo aquel que se le acercara, si suponía que su presencia la podía perjudicar. Sin embargo, en este caso se sorprendió de que le agradara que alguien como Magda quisiera acompañarla. No sabía que Magda era psicóloga y que, habiendo hablado previamente con Zoe, tenía una idea de lo que a Evelyn le estaba sucediendo. Cuando vio el logo en la bolsita que estaba a su lado, supo cómo abordar el comienzo de su conversación.
— ¿Vienes del supermercado? —le dijo, capciosamente—. Yo también vengo de allá.
Al escuchar esto, Evelyn giró automáticamente su cabeza para mirarla. Magda captó su expresión interrogante pero notó que no se animaba a decir nada que la pusiera en evidencia. Entonces, Magda continuó conduciendo la charla.
— Sí —reiteró—. Kraus me ha solicitado entrevistar a los postulantes al cargo de administrador. Eran pocos, pero me ha llevado bastante tiempo evaluarlos. Voy a hacer un informe de cada uno de ellos para presentárselos, y de ahí, él decidirá.
Evelyn no supo si era mejor hablar o callar, pero su orgullo la llevó a decirle lo que pensaba.
— No sabía que hubiera una vacante de administrador. Tal vez si lo hubiera sabido me habría postulado. Como sabes, soy contadora.
— Sí, ya hace unas semanas —respondió Magda, obviando a propósito su último comentario—. ¿A ti te interesaba postularte? No me imagino que una chica como tú, sobre-calificada y con otras perspectivas, estuviera interesada en un cargo menor.
No supo qué contestar. Pero aun así pudo interpretar la ambigüedad de las palabras de Magda.
— De todas maneras —concluyó Magda—, Kraus aún no se ha decidido por ninguno de los que se postularon.
Magda también podía ser antipática si se lo proponía, así que agregó, para retrucarle su altanería:
— Como sabes, soy psicóloga y además soy la encargada de recursos humanos del «Oklahoma». Por eso, seguimos buscando.
Aquel «seguimos buscando» le sonó a Evelyn como una provocación. Tal vez Magda estaba alardeando frente a ella de ser cercana a Kraus. Pero aun así intentó no darse por aludida. De todos modos, no pudo reprimir un sentimiento de celos, y para conformarse se dijo que era imposible que Kraus se fijara en aquella chica sin ningún encanto, cuando podía tenerla a ella que, según su criterio, era mil veces superior. Por eso, solo sonrió como para quedar bien. Pero la psicóloga ya había inferido que aquella fachada de desenfado solo ocultaba una profunda pena.
Al llegar a la casa, su abuela la estaba esperando con un budín recién horneado.
— Bueno, parece que alguien necesita algo dulce para levantar el ánimo —dijo, al verla decaída.
El budín era dulce, pero no tanto como para calmar su amargura. Sin embargo, al probar el primer bocado, la buena intención de su abuela la hizo emocionar y rompió a llorar. Mirta tenía una idea bastante precisa del origen de su tristeza, por eso se dispuso a consolarla. Pero para eso, tenía que hacerle el relato de la vida de Kraus.
— Sabes, para algunas personas la vida no ha sido tan fácil como para otras. Mira el caso de Kraus.
Al escuchar su nombre se enjugó las lágrimas y la comenzó a escuchar con atención. Entonces, al obtener la certeza de lo que había supuesto, Mirta prosiguió.
— Cuando él y Zoe quedaron solos, él tuvo que hacerse cargo de los dos. Él tenía un trabajo en el «Oklahoma», haciendo lo que apareciera. Pero no ganaba demasiado, y su hermana aún era pequeña para ponerse a trabajar. Sin embargo, no se rindió. Puso su mayor empeño en lograr lo que quería. Fue así que cuando don Osvaldo se retiró y quiso cerrar el supermercado, él le hizo una oferta para comprárselo. Era algo irrisorio y cualquiera podría haber supuesto que don Osvaldo no iba a aceptar, pero sin embargo este le tenía un gran aprecio y aceptó. Entre los dos acordaron un plan de pagos a muy largo plazo y Kraus dio todo de sí para cumplir. Trabajó sin descanso por varios años y logró hacerse del negocio, y por lo que sabemos, actualmente le va muy bien.
Evelyn la escuchaba con interés, aunque todavía no sabía cómo cuadraba ella en aquella historia. Las palabras de su abuela eran emotivas y de ellas se deducía cuánto admiraba y quería a Kraus. Y sintió que con su relato estaba intentado hacerle saber que también empatizaba con ella.
— Verás. Para Kraus no todo fue tan simple. Su modesta solvencia y su empecinamiento en sacar el negocio adelante lo llevaron a meterse en muchas deudas y llegó un momento en que se vio abrumado por no poder cumplir con los pagos. Entonces se desmoralizó. Como se había atrasado en todas sus cuentas, en ningún banco conseguía un préstamo para poder sanear la situación. Fue así que un día vino a mí llorando porque según él iba a perderlo todo. Entonces yo lo mandé a hablar con tu padre, porque confiaba en que él le iba a proporcionar una solución.
En ese momento, Evelyn se inquietó, porque de las palabras de Mirta se deducía que, de alguna manera, Kraus estaba relacionado con ella.
— Ahí es donde entras tú —continuó relatándole Mirta—. Alentado por mí, un día fue a la empresa de tu padre y creo que fuiste tú quién lo atendió. En aquel entonces, Kraus no era como ahora, un hombre atildado. Usaba barba, el cabello largo y despeinado y se vestía con bastante desprolijidad. Fácilmente podía ser confundido con un pordiosero. Y cuando solicitó una entrevista con tu padre tú te interpusiste y no le diste oportunidad. Cuando volvió, no solo estaba decepcionado. También estaba humillado por haber sido discriminado sin razón. Entonces yo intercedí por él con tu padre y al fin obtuvo su préstamo. Tú ni te enteraste de nada.
Las palabras de su abuela eran duras porque le hacían ver que había vivido en una nube, lejos de la realidad. Ahora se daba cuenta de su estupidez y entendía a Kraus por completo.
— De ahí en adelante pudo levantar cabeza —finalizó diciendo Mirta—, y hasta el momento lleva la gestión del negocio de una manera muy estricta. Supongo que ahora que ya tiene todo controlado se ha animado a delegar las cuentas en alguien más. Por eso, seguramente busca un administrador en quien pueda confiar.
Al finalizar sus palabras, Evelyn suspiró y la miró desconsolada. Sus ojos tristes decían: «¿Qué puedo hacer, abuela? Estoy muy enamorada», y su abuela solo con mirarla la interpretó. Por eso le dijo:
— Zoe y Magda lo cuidan a muerte. Nunca permitirán que se le acerque alguien que lo pueda perjudicar.
Y ella entendió muy bien su mensaje.
Evelyn por primera vez en su vida sabía lo que era estar en crisis. Tendida en su cama mirando el techo, intentaba reflexionar. Su vida había cambiado, y el motivo era Kraus. Por eso le urgía hablar con él y decírselo, aunque no sabía cómo. Necesitaba pedirle perdón, decirle lo avergonzada que estaba de haber sido una persona horrible, pero temía que él no la quisiera escuchar. Ella no solo necesitaba acercarse a él para aclararle todo eso. También la acuciaba la imperiosa necesidad de estar con él, como hombre. No podía justificar sus errores pasados; solo necesitaba que él supiera que ya había aprendido a no volverlos a cometer. Así que se vistió y fue a buscarlo a su casa.
Cuando golpeó a la puerta, él enseguida apareció. Venía apurado, poniéndose la chaqueta, pero en lugar de hacerla pasar fue él quien salió, y una vez fuera cerró la puerta con llave.
— ¿Qué estás haciendo acá? —le dijo, mostrándose impaciente, como si estuviera retrasado y fuera a llegar tarde a algún lugar.
Ella lo miró desconcertada. Traía en la cabeza un borbollón de cosas descolgadas para decirle, pero al verle no logró hilar ninguna de ellas. Él esperó que ella hablara, pero al verla dudar, tomó repentinamente su rostro entre sus manos y la besó con pasión. Evelyn creyó que no iba a ser necesario decir nada porque percibió que él se estremecía igual que ella. Sin embargo, cuando aquel largo beso terminó, él le dijo bruscamente:
— ¿Esto es lo que viniste a buscar?
Ante sus injustas palabras, Evelyn sintió que el corazón le estallaba en mil pedazos. Y entonces, a lo único que atinó fue a asestarle una fuerte bofetada, luego de lo cual huyó corriendo hacia la casa de Mirta. Al otro día, armó su maleta y volvió a la ciudad.
No le costó demasiado convencer a su padre de que había cambiado, porque él mismo podía notar en ella un cambio radical. Y en virtud de lo prometido por este, recuperó su trabajo en la empresa.
Como premio a su esfuerzo, su padre le había cedido un apartamento en una zona costosa de la ciudad. Era nuevo y muy lujoso. Desde su dormitorio, a través del ventanal que daba a una amplia terraza, podía ver el mar. Y cada noche se quedaba ahí, de pie, sola, admirando aquel hermoso paisaje, pero a diferencia de antes, no lo lograba disfrutar. Había alcanzado sus ambiciosas metas profesionales. Era una alta ejecutiva e iba a ser la sucesora de su padre en aquella importante institución. Sin embargo, no era eso lo que ahora realmente deseaba.
Pasaron un par de semanas, durante las cuales intentó volcarse de lleno a su trabajo para no pensar. Pero su profesión ya no era el centro de su vida. Este había sido ocupado por Kraus, y por lo visto no había nada, ni iba a haber nada que pudiera desplazarlo.
Esa tarde estaba particularmente desganada. Había consultado su reloj una y mil veces esperando que finalizara su horario de trabajo de una buena vez, y ahora finalmente eran casi las cinco de la tarde. Había recogido su bolso y su abrigo de arriba de una silla y estaba por dejar el despacho e irse para su casa, cuando una empleada apareció.
— Señorita —le dijo, con cautela— hay una persona que quiere hablar con usted.
Se quedó pensativa. En otro momento le habría respondido tajantemente: «Que se vaya. Ahora no le puedo atender». Pero para sorpresa de la empleada, le dijo que lo hiciera pasar, y volvió a dejar sus cosas sobre la silla. Cuando vio quién era, sintió que cobraba vida otra vez, y la alegría de golpe la inundó. Sin importarle nada, corrió hacia él y lo abrazó con desesperación. Kraus la miró brevemente pero no dijo nada, y después dejó que lo besara tierna y largamente. Pero cuando terminó de besarlo, lo primero que ella le dijo fue:
— ¿Esto es lo que viniste a buscar?
— Sí…..no —respondió él, confundido—. Vengo a ofrecerte un puesto que está vacante desde hace mucho tiempo.
— ¿Una vacante en el «Oklahoma»? —preguntó, pensativa, haciéndose la importante—. No sé. No creo que pueda aceptar. Sabes que estoy sobre-calificada para trabajar en un supermercado.
— No te lo creas. El «Oklahoma» es un negocio muy sofisticado. Pero no es ahí donde te quiero contratar.
— ¿Ah no?
— Es un puesto en otro lugar, tal vez menos sofisticado, pero tú eres la única mujer en el mundo que lo puede ocupar. Y necesito que aceptes, por favor.
Evelyn lo miró seria, sin decir nada. Después caminó sin prisa hasta la silla en donde había dejado sus cosas, las recogió y se dirigió hacia la puerta. Al llegar a esta, volteó y poniendo la mano sobre el interruptor de la luz, haciendo el gesto de proceder a apagarla, le dijo con una sonrisa de oreja a oreja:
— ¿Te vienes conmigo, o no?
Era pasado el mediodía del día siguiente. Desde la terraza de su dormitorio, Evelyn observaba el hermoso panorama marino que ahora lucía con todo su esplendor. La bruma de días pasados se había disipado al fin y un sol radiante lo iluminaba todo. De pronto, su móvil sonó. Se apuró a atender.
— ¡Hola abuela! —exclamó, sorprendida.
— Hola, hija. Perdona que te llame tan temprano, pero estaba impaciente. Quería saber si llegó bien el «paquete» que te envié ayer.
— Si —exclamó Evelyn, divertida, siguiéndole la broma—. Llegó en excelente estado
— ¡Cuánto me alegro! Anoche quería llamarte para preguntártelo, pero no lo hice porque me imaginé que estarías muy ocupada «desenvolviéndolo».
— ¡Abuela! —exclamó Evelyn—. Me avergüenzas. ¿Es verdad que me lo enviaste tú? No sabes cuánto lo deseaba.
— Lo sé. Ese muchacho es la luz de mis ojos, pero a veces tengo que darle un empujón —rio sonoramente—. Además, tuve que convencer a Zoe y a Magda de que tú lo cuidarás mucho mejor.
— Eso puedes darlo por seguro, abuela. Lo amo con toda mi alma.
— ¿Estás con él?
— Sí, por supuesto —exclamó, con orgullo—. Ahora mismo está durmiendo.
— Me lo imagino. Habrá quedado exhausto…..por el viaje.
— ¡Abuela!
— ¿Cuándo vuelven? No solo yo los extraño. Saben que el «Oklahoma» tampoco funciona solo.
— Hoy mismo a la tarde salimos para allá. Espéranos a la noche con una rica cena.
— Está bien. Pero no se entretengan por el camino. Cuando lleguen acá, bien que se podrán entretener.
— ¡Abuela!
— Te quiero mucho, hija.
— Y yo a ti.