Vacaciones frente al mar
Nora Sisto
La nochebuena había alcanzado su apogeo. Tras los fuegos artificiales que un rato antes habían iluminado el cielo y habían sido presenciados con admiración por todos ellos desde la calle que separaba la casa de la playa, los más pequeños habían corrido a buscar los regalos que esperaban bajo el arbolito de navidad. La familia de Gemma era muy grande. Sus abuelos, tíos y primos se reunían cada año en el mismo balneario para pasar las vacaciones, y al ser ella hija única de padres separados, siempre era invitada para que no echara en falta a ninguno de los dos. Desde hacía tiempo disfrutaba entonces, año tras año de aquel acostumbrado evento junto a su familia, aunque cada año parecía hacerlo con un interés mayor.
La casa en la que se hospedaban era una construcción de época, sólida y bien conservada que había oficiado en sus comienzos como un pequeño hotel. Había sido heredado por un viejo conocido de la familia, el cual no tenía interés en explotarlo como negocio dado que el balneario en el que se encontraba hacía tiempo que había perdido popularidad, razón por la cual se los cedía cada año para que lo aprovecharan.
Era un edificio bastante grande, y los chicos cuando llegaban se divertían jugando a las escondidas y descubriendo cada recoveco. La mitad de la planta baja estaba ocupada por las dependencias de servicio, la cocina, que a pesar del paso del tiempo aún se conservaba en buen funcionamiento, un par de locales de depósito en donde se guardaban los enseres generales, un lavadero en desuso y una sala de máquinas donde funcionaban antiguamente los equipos de calefacción. En la otra mitad se hallaba un amplio salón con estufa a leña, que era el lugar donde acostumbraban a armar el arbolito de navidad, generalmente un pino natural de gran tamaño que solían adornar con lucecitas intermitentes de colores, las cuales podían apreciarse desde el exterior a través de los grandes ventanales que daban hacia la costa.
En el piso superior estaban las habitaciones, cada una con su baño privado y un pequeño balcón. Eran tantas, que en cada ocasión trataban de adelantarse unos a otros para elegir la que más les gustaba y disputaban entre sí por quedarse con la mejor. Sobre una de las azoteas se erigía una especie de torreta con un mirador, debajo de la cual había una habitación que se abría hacia una terraza privada. A Gemma le encantaba esa habitación porque con aquella torre con su escalerita exterior parecía sacada de un libro de cuentos, pero a pesar de que soñaba con alojarse allí algún día, nadie podía elegirla ya que carecía de mobiliario. No obstante, su terraza era el lugar donde habitualmente se reunían las chicas para chismorrear mientras tomaban sol tumbadas sobre gruesas mantas extendidas sobre el piso de baldosas.
Aunque el balneario no gozara por aquel entonces de gran interés turístico, tenía sin embargo sus encantos. El hotel estaba ubicado frente a una pequeña ensenada delimitada en ambos extremos por dos puntas rocosas, y había funcionado en su momento para uso exclusivo del hotel, pero al este dejar de funcionar como tal, había quedado abierta al público. Su playa de arena blanca, sumado a la vegetación que rodeaba las construcciones bajas de los alrededores, muchas de ellas con muros revestidos de piedra o de ladrillos pintados de blanco, hacían del entorno un oasis de tranquilidad. Excepto cuando el oleaje era propicio y los surfistas de la zona se congregaban en dicha playa.
Entre los pobladores permanentes del balneario estaba Tadeo, un chico que desde hacía años mantenía con Gemma y sus primos una amistad veraniega. Vivía a pocas cuadras del hotel, por lo que era frecuente verlo rondando por los alrededores en bicicleta o yendo hacia la playa a surfear. Tadeo no solo era un amigo de temporada. Con sus ojos negros de mirada amable, su cabello rubio y su cuerpo esbelto y bronceado, se había convertido con los años en un verdadero punto de interés local.
Aunque Tadeo era más grande que Gemma, a ella siempre le había gustado. Le gustaba desde niña, desde que lo había visto por primera vez. Y cada fin de año volvía a ese balneario entusiasmada con volver a verlo. Aun así, continuaba considerándolo inalcanzable.
Sin embargo, Tadeo no era pretensioso ni antipático. Era ella quien, no consciente de sus muchas virtudes personales, se consideraba incapaz de conquistarlo. Cuando observaba a otras chicas esmerándose por mostrarse listas y sexys frente a él se afligía porque su carácter retraído le impedía lanzarse ella también a la ofensiva. Por eso, invariablemente se retiraba de la escena. Pero esta vez parecía ser una ocasión especial, porque además de estar feliz por estar allí para el festejo de las navidades, estaba eufórica por su próximo ingreso a la universidad y eso parecía imprimirle un ímpetu inusitado. Es decir, con sus diecisiete años recién cumplidos, su expectativa por conquistar a Tadeo había subido de nivel.
Afuera los fuegos artificiales habían cesado, así que se dispuso a entrar. Al llegar a la sala vio a Tadeo sentado a lo indio sobre el reluciente piso de parqué. Observaba en silencio y con una sonrisa la algarabía de los chicos que se maravillaban abriendo aquellos regalos envueltos primorosamente en sus respectivos papeles de colores brillantes y adornados con grandes moños que habían sido colocados un rato antes por sus padres en el suelo alrededor del arbolito de navidad. Al verlo, sonrió y se dijo para sus adentros que el suyo se encontraba ahí sentado.
El jolgorio duró largo rato, y mientras los niños reían y jugaban con sus nuevos juguetes, los jóvenes también fueron congregándose en ese mismo lugar y, aprovechando que los adultos se preparaban para ir a dormir, hacían planes para continuar la fiesta. El programa más consensuado parecía ser asistir a la función de un conocido DJ que iba a tener lugar desde las dos de la madrugada en un balneario cercano y planeaban la mejor forma de organizar la ida. Sin embargo, a Gemma el susodicho DJ no le interesaba y había observado que Tadeo tampoco se había manifestado demasiado entusiasta con aquel plan. Cuando todos se dispersaron, notó que él permanecía sentado, como por inercia, como si estuviera esperando algo. Entonces se armó de valor, y acercándose le dijo, casi como un susurró:
— ¿Querrías ir conmigo al cine más tarde? Me he enterado de que a pedido de varios habitantes de la zona habrá una función de madrugada.
No estaba segura de que él fuera a aceptar un plan de ese tipo. Pero para su sorpresa, Tadeo le respondió con una sonrisa:
— Sí, está bien.
Pero cuando aún no había alcanzado a procesar lo inesperado de su respuesta, este al instante se retractó.
— ¿No te gustaría mejor ir a bailar?
Gemma nunca se habría imaginado que él quisiera invitarla a bailar. Pero después de superado su asombro, le dijo que sí.
El club de pesca estaba muy concurrido. El ambiente era familiar y el baile muy animado, por lo que ambos fácilmente se dejaron llevar. La música era rítmica y contagiosa, y por su alto nivel acústico no daba margen para conversar. Bailaron divertidos y sacudiéndose durante un buen rato, aunque Gemma no dejaba de preguntarse si Tadeo habría ido con ella por compromiso o si en cualquier momento la dejaría sola para ir a reunirse con sus amigos. Así igual, se reía cuando él la tomaba de la mano y la hacía girar, y se estremecía cuando con el impulso caía sobre él, y él la sujetaba contra su pecho. Tal era la algarabía que Gemma, en un instante de inconsciente arrebato lo besó. En ese momento se asustó, porque supuso que él iba a rechazarla. Sin embargo sucedió todo lo contrario y fue él quien le devolvió su osadía abrazándola y besándola largamente. Sus cuerpos estaban muy juntos y se podía percibir su excitación, por lo que Gemma presintió que la cosa iba a derivar inmediatamente en algo más. Pero antes de que pudiera dar rienda suelta a su loca fantasía, Tadeo la soltó de golpe y se fue, corriendo hacia otro sector del club, abandonándola por completo. Entonces, avergonzada por la actitud de Tadeo, se fue rápidamente del lugar.
Eran aproximadamente las cuatro de la tarde cuando salió de su habitación. Estaba de malhumor porque no había podido pegar un ojo. Pensó en desayunar, pero se dio cuenta de que ya había pasado incluso la hora del almuerzo, y eso la hizo poner más malhumorada aún. Estaba furiosa por la actitud de Tadeo y al mismo tiempo se sentía arrepentida de haber salido con él. Incluso se planteaba no volver a hablarle en su vida. Pero cuando pasó por el gran salón, se encontró con que ahí estaban sus primas y Tadeo, sentados en el piso como de costumbre, contándose las anécdotas de la noche anterior.
— Ven Gemma —dijo una de ellas al verla—. Estábamos contándole a Tadeo lo genial que estuvo la fiesta del DJ. Es una lástima que no haya asistido con nosotras.
— Sí —afirmó otra, dirigiéndose a Tadeo—. No sé cómo en cambio pudiste ir a ese otro lugar.
Tadeo no respondió inmediatamente, porque se había quedado mirando a Gemma, esperando su reacción. Pero al ver su expresión de desagrado, se apuró a decir:
— Sin embargo deberían ir alguna vez al club de pesca. No se imaginan lo bien que lo podrían llegar a pasar.
— ¿Y tú, Gemma? —dijo otra de las chicas—. ¿Fuiste a alguna parte? O eres tan aburrida que te fuiste a la cama a dormir.
La miraban divertidos, por eso Gemma pensó bien antes de contestar. Todavía podía sentir el calor del cuerpo de Tadeo rodeándola con sus fuertes brazos, y la suavidad de sus labios sobre los suyos despertando mil mariposas en su interior. En aquel momento había creído en la sinceridad de Tadeo, y eso había despertado en ella una gran ilusión. Pero él la había hecho desaparecer en un segundo.
— Acertaste —dijo al cabo de unos segundos, dirigiéndose a la chica con tono despectivo y evitando mirar a Tadeo—. En efecto, estaba tan aburrida que me fui a la cama a dormir.
Se sentía tan avergonzada por lo sucedido con Tadeo, que al día siguiente inventó una excusa cualquiera, y se marchó.
Pasó todo aquel año rumiando su desdicha. Había entrado en la universidad pero nada la hacía sentir mejor. Evitaba reunirse con sus primas por si acaso en alguna conversación pudiera surgir el tema «Tadeo». Incluso lo había borrado de la lista de sus contactos telefónicos. Pero no lo olvidaba. Así se sucedieron seis años más. Al balneario no había vuelto a ir. Su familia había continuado yendo por uno o dos años más, pero al casarse alguna de sus primas y otros irse a estudiar al extranjero, poco a poco se fue perdiendo la costumbre de festejar allá las navidades.
Su nuevo empleo era cansador aunque le gustaba mucho. La empresa la enviaba continuamente a asesorar locales en distintas partes del país, y cuando tenía algún día de descanso solo pensaba en tirarse a dormir. Y como si fuera poco, una vez al año se realizaba un congreso de actualización con todos los funcionarios, al cual no podía dejar de asistir. Para su desgracia, ese año, el lugar de encuentro iba a ser en aquel bendito balneario.
— Vamos, Gemma, apúrate —exclamó inquieta una de sus compañeras de trabajo mientras acarreaba su maleta—. No sea que pierdas el autobús. Tal parece que no te hiciera ilusión ir a ese balneario. Dicen que es espectacular.
— No es eso —respondió Gemma, sin querer contradecir a su compañera porque, según recordaba, no tenía nada de espectacular. Claro, a excepción de Tadeo—. Ahí voy.
El viaje en autobús le pareció mucho más largo de lo que recordaba. O tal vez se le había hecho largo debido a la ansiedad que tenía por llegar. Se preguntaba por qué a la empresa se le habría ocurrido organizar un congreso justo ahí, en aquel balneario que, según su criterio, no tenía ningún interés turístico ni comercial. Es más, iba pensando adónde irían a alojarse, ya que estaba segura de que no había ningún lugar apropiado para tal fin.
Reclinada en su asiento, mientras miraba pasar el paisaje por la ventanilla, recomponía en su mente lo acaecido hacía siete años en aquel lugar. Nunca más había regresado. Y se preguntaba si debería ir preparada para encontrarse con Tadeo, o si no, porque después de tanto tiempo era posible que ni siquiera continuara viviendo allá.
Cuando el bus estacionó en la puerta del hotel, creyó que el chofer se había confundido y los había llevado a un sitio equivocado. Pero no. Era el mismo hotel en donde acostumbraba alojarse con su familia tiempo atrás, solo que ahora lucía como uno de varias estrellas. Se sintió agradablemente sorprendida por su nuevo aspecto, y el ver que su renovación había sido hecha con tan buen gusto le hizo olvidar por completo su animosidad inicial.
Al entrar sintió que su corazón comenzaba a palpitar descontroladamente. Aquel enorme salón vacío en el cual acostumbraban a reunirse ella y sus primos era ahora el lobby del hotel. Sobre una de las paredes se encontraba la recepción, cuyo mostrador, flanqueado en ambos extremos por dos grandes macetas con plantas de interior parecía extraído de una revista de decoración. Detrás de él, dos chicos prolijamente uniformados se veían muy ocupados en sendas computadoras haciendo el checkin de los pasajeros que, al igual que ella esperaban con sus maletas haciendo fila.
Mientras esperaba pacientemente su turno, aprovechó para echar un vistazo a su alrededor. Aquel piso de parqué se veía remozado, mucho más brillante que antes, e inconscientemente sus ojos buscaron el punto exacto donde Tadeo estaba sentado la última vez, deteniéndose sobre aquel dibujo en zigzag de las tablillas como si estas conservaran secretamente su figura. En la esquina donde habitualmente se armaba el árbol de navidad ahora había un moderno juego de living en el que unos huéspedes sentados cómodamente hojeaban concentrados los folletos turísticos que estaban desperdigados a propósito sobre la mesita junto al sofá.
Cuando le tocó el turno, no pudo evitar comentar a la recepcionista:
— No sabía que habían renovado este hotel. Lo conocí tiempo atrás, cuando estaba abandonado.
— ¡Sí! —exclamó la chica, entusiasmada—. Es cosa de hace unos pocos años. El dueño es una persona que ha vivido siempre en la zona. Cuando el balneario comenzó a reflotarse gracias a emprendedores privados que han estado invirtiendo, compró el edificio y ha venido convirtiéndolo en lo que es actualmente: un hotel boutique de primera categoría.
El primer día del congreso fue bastante agotador. Se había llevado a cabo en un salón que ella no conocía, que al parecer había sido construido recientemente anexado al edificio principal y se llegaba a él desde la recepción por un camino sinuoso rodeado de árboles y plantas tropicales. Junto al mismo había una cafetería y al finalizar la media jornada, sus colegas se pusieron de acuerdo para ir a almorzar allá. De afuera parecía muy moderna, pero a pesar de despertar su curiosidad dijo que prefería quedarse en su habitación a descansar.
Desde la ventana de su habitación, la playa se veía muy apetecible y pensó que si la sesión de la tarde iba a ser tan pesada como la de la mañana, le iba a convenir des-estresarse de antemano dándose un buen chapuzón.
Tomó el caminito construido con tablas de madera que desembocaba directamente en la arena. Iba con un largo pareo semitransparente que ocultaba su diminuto bikini, llevaba sus sandalias en la mano, sobre su cabeza una pamela de ala muy ancha, y puestas sus gafas de sol. Pretendía pasar desapercibida, por eso iba mirando hacia abajo para evitar que alguien la pudiera reconocer. Sin embargo, no iba a pasar desapercibida para alguien que la conocía muy bien.
— Hola Gemma —Escuchó que un surfista que venía en sentido contrario con su tablón bajo el brazo le decía al pasar junto a ella, sin detenerse.
Levantó la cabeza y se dio vuelta inmediatamente para ver quién la había saludado con tanta familiaridad, pero no lo reconoció porque solo lo pudo ver de espaldas. Pero sí pudo observar que iba con el traje negro de neopreno desprendido hasta la cintura, dejando a la vista su torso y sus brazos muy bronceados, los cuales contrastaban con el dorado de su cabello largo y greñudo. Un escalofrío la recorrió de golpe, pero se dijo que Tadeo no podía ser. Seguramente habría sido algún colega de otra sucursal, que la conocía de la empresa. A la tarde, durante la continuación del evento se fijó especialmente si entre los asistentes había un hombre con tales características. Pero no lo encontró. Entonces su ansiedad se incrementó.
A la tardecita ya no pudo más. Entonces, sin saber por qué, fue nuevamente hasta la playa. Se sentó sobre la arena y se quedó ahí largo rato observando de lejos a un grupo de bañistas que retozaba en las aguas tibias. Los otros pocos que quedaban ya estaban desarmando sus respectivos campamentos y se iban cargando con sus sombrillas, bolsos y reposeras. El sol ya se había ocultado, y para no quedarse sola también se puso de pie y se dispuso a regresar al hotel. Mientras se sacudía la arena, una voz detrás de ella la sorprendió.
— ¿Me estabas buscando?
Se dio vuelta, sobresaltada y quedó frente a él. Sí, en efecto, era Tadeo.
— ¿Te sorprende verme?
— Sí, un poco —balbuceó Gemma—. No esperaba encontrarte aquí.
— ¿No? He vivido aquí toda mi vida —le recordó, con cierto tono de reproche—. Pero entiendo que ya ha pasado mucho tiempo.
Al decir esto, sus ojos se clavaron en los de ella, y no pudo responder. Era cierto que había pasado mucho tiempo. En todo ese tiempo no había podido olvidar la vergüenza que él le había hecho sentir. Pero por encima de todo, lo que no había podido hacer era olvidarlo a él.
— ¿Viniste solo por el congreso? —continuó diciéndole Tadeo, lo que ella interpretó con ambigüedad.
— Sí, claro. ¿Por qué otra cosa iba a venir?
Se hizo un silencio tenso, al cabo del cual Tadeo dijo:
— ¿Ya cenaste? Te invito al restorán del hotel.
— ¿El hotel tiene restorán? —preguntó confundida—. No recordaba que lo tuviera.
Efectivamente, había un restorán en una de las azoteas. Pero no era en realidad un restorán sino la terraza del penthouse en el que vivía Tadeo. A este se accedía directamente desde la calle, por una escalera angosta quebrada en varios tramos, lo que confería privacidad al lugar. Al verla se emocionó. Millones de veces, había subido y bajado por ella en su tierna adolescencia, imaginándose una princesa yendo al encuentro de su príncipe azul.
Al recorrer con sus ojos aquella terraza, vino a su mente, como en una vieja película, la imagen de ella y sus primas pasando largas horas tomando sol mientras cotilleaban, y una placentera sensación se apoderó de ella al constatar lo hermosamente arreglada que estaba ahora. Hacia un costado podía verse la habitación donde residía Tadeo. La recordaba muy bien, porque todas las veces que había deseado alojarse allí se había decepcionado, ya que nunca habían llegado a amueblarla. Ahora, un sinfín de detalles daba cuenta de un reciente reciclaje realizado con esmerada perfección. A través de sus ventanales de vidrios ahumados podía apreciarse su interior, iluminado por la luz tenue de algunos focos de led, y por un momento se emocionó porque su deseo se había vuelto realidad; aquel espacio yermo se había transformado en un coqueto monoambiente.
Para la ocasión, Tadeo había dispuesto una mesa pequeña con mantel blanco junto a la barandilla, desde la cual sentados se podía contemplar el mar.
— ¿Vives aquí? —preguntó con suspicacia, notando que no parecía un lugar demasiado grande como para compartirlo con alguien más.
— Así es. Este es mi mundo. Aquí me refugio cuando me agobian los asuntos del trabajo.
Habría deseado preguntarle si también lo agobiaban asuntos personales como lo mal que la había tratado años atrás, pero se abstuvo; el espectáculo de la noche era tan maravilloso que no lo quiso malograr. Aspiró profundamente el olor del mar y sintió que este le transmitía su calma. La espuma de las olas podía verse a pocos metros y al romper sobre la orilla resplandecía con una mágica fosforescencia. Intuyó que, por lo reservado del lugar no muchas personas lo frecuentarían.
Antes de servir la comida, Tadeo trajo una botella de vino.
— ¿Te gusta el lugar? —preguntó orgulloso mientras descorchaba la botella—. Sé que lo conociste antes, pero creo que hora está mucho mejor.
— Sí —respondió Gemma, al mismo tiempo que miraba con agrado a su alrededor.
La profusión de macetas con flores y los elegantes muebles de jardín le conferían un carácter único.
— Sí —repitió, levantando su copa—. Siempre me agradó.
Brindaron sin ningún motivo especial, aunque para cada uno el motivo parecía estar sentado enfrente. Tener a Tadeo frente a frente removía en Gemma sentimientos encontrados y se preguntaba si él estaría sintiendo igual. Tadeo la había rechazado y eso le había causado un gran dolor, pero más le había dolido el suponer que su rechazo pudiera haberse debido a que, por su actitud osada en aquel baile, la hubiera tomado por una chica «fácil».
— Está muy bonito —recalcó, después de sorber un trago—. Me gustan los cambios que has hecho. No te imaginaba como propietario de un hotel.
Tadeo rio apenas.
— Tampoco yo. Pero verás, cuando noté que el balneario tendía otra vez a estar de moda me apuré y lo compré. Me metí en algunas cuentas pero afortunadamente salí adelante y aquí estoy, disfrutándolo, porque el negocio funciona a las mil maravillas.
Y agregó, por si ella no lo sabía:
— Es que toda mi vida soñé con que fuera mío. Especialmente por los buenos momentos que pasé aquí.
La conversación estaba resultándole a Gemma bastante llevadera hasta que Tadeo sacó a relucir el tema que tanto temía.
— Gemma —comenzó diciendo lentamente—: necesito preguntarte algo.
— Sí, por supuesto —respondió sin quitar la mirada de su plato y llevándose el tenedor a la boca, como si nada de lo que él fuera a decir le pudiera afectar—. ¿Qué es?
— Me gustaría saber por qué te fuiste tan repentinamente aquella vez.
Ante su cara de sorpresa él se interrumpió creyendo que tal vez ella fuera a molestarse. Pero al ver que se quedaba callada, continuó:
— No me avisaste que ibas a irte y tampoco te despediste de mí.
Se daba cuenta de que Tadeo le hablaba sinceramente, con naturalidad, mientras que ella tenía que esforzarse por ocultar lo tensa que estaba.
— Ah —respondió, suspirando en forma displicente, como si se tratara de un tema menor—. ¿Debería haberlo hecho? Disculpa. No se me ocurrió que te tuviera que avisar.
Pero la mirada de Tadeo era demasiado expresiva y no la pudo sostener. Por eso, en un arranque de impotencia se puso de pie y se quedó con las manos fuertemente apoyadas sobre la baranda de la terraza y la mirada fija sobre el mar.
Al ver que, a pesar de su actitud ella no mostraba intenciones de retirarse, Tadeo se mantuvo sentado en su silla y suspiró profundamente. Ella tenía interés en escucharlo.
— Aunque no lo creas —continuó—, durante mucho tiempo traté de entender qué cosa podía haber provocado tu actitud. Después de darle mil vueltas, llegué a la conclusión de que me habías malinterpretado. ¿Es así?
Ella no le contestó y tampoco giró la cabeza para mirarlo, pero como se quedó escuchándolo, Tadeo entendió que, efectivamente, era así y que por lo tanto podía continuar.
— Gemma, aquella vez me gustó mucho que los dos nos entendiéramos tan bien. Nunca había disfrutado tanto estar con alguien. Pero creo que sin quererlo te decepcioné.
Tenía que ir despacio para poder explicarle, y ella parecía estar dispuesta a seguir su explicación.
— No es novedad que toda chica sueña con volverse mujer con alguien de su agrado y habría estado orgulloso de que tú lo hicieras conmigo. Pero en aquel momento no iba a poder ser. Yo ya era un hombre y tú una adolescente menor de edad. Y no estabas preparada. Por eso no tuve más remedio que pisar el freno y reprimirme abruptamente.
Ahora sí, ella lo miró. Quería gritarle que a ella no le habrían importado las consecuencias, que deseaba con toda su alma convertirse en su mujer. Pero no pudo. Sólo sus ojos se lo dijeron. Entonces él se puso de pie.
— Aunque te cueste creerlo, hacerlo me costó mucho más que a ti —dijo, apenado—. Posiblemente interpretaste que no quería acostarme contigo, o que no deseaba tu compañía. Pero no fue así.
Ella permanecía callada pero lo miraba desolada, igual que un niño al que acaban de revelarle que los reyes magos son sus papás. Entonces fue él quien desvió la mirada hacia el mar. Negó varias veces con un gesto de su cabeza y continuó hablando sin ver que los ojos de ella comenzaban a empañarse.
— Gemma: me gustabas mucho. Durante mucho tiempo estuve pendiente de ti, pero siempre te mostrabas distante o poco interesada. Y cuando al fin te acercaste, me emocioné, tanto que por un instante tuve miedo e intenté evitar que por imprudencia malográramos una relación que recién estábamos comenzando y que era importante, al menos para mí. Pero ya ves —dijo, desanimado—, todo fue inútil.
Tomó aire nuevamente para continuar.
— Supuse que al día siguiente iríamos a conversar sobre lo sucedido, pero no me diste oportunidad. Y como si fuera poco desapareciste y nunca más te vi. Durante todos estos años esperé volver a verte para aclarar las cosas, pero no sucedió. No sé si estás casada, si tienes novio u otro compromiso, pero quiero que sepas que siempre me gustaste y que en ningún momento me burlé de ti. Si te digo todo esto es porque creo que, aunque sea tarde, deberías saberlo.
Era demasiada información para poder asimilarla en tan pocos minutos, por lo que, en silencio y con la cabeza gacha se fue caminando, agobiada a su habitación.
El congreso duró dos días más, durante los cuales agradeció no volver a encontrarse con Tadeo. Si antes se había sentido avergonzada, ahora se sentía arrepentida por no haber confiado en él.
Había finalizado el último día de actividad y debía volver a su casa. Pero la invadía la nostalgia. Tadeo le había recriminado el que aquella vez se hubiera marchado sin despedirse, y ahora no podía decirle que habría querido no tener que despedirse nunca de él. Había pasado demasiado tiempo.
Mientras hacía el checkout, preguntó por él a la recepcionista.
— ¿El señor Tadeo? —respondió la chica, mirando hacia un lado y hacia otro un tanto desconcertada—. No sabría decirle dónde se encuentra en este momento, porque siempre anda de aquí para allá. Vive a las corridas. ¿Probó buscarlo en la playa? Cuando está estresado toma su tabla y se va a surfear.
Regresaba a su casa y a su vida de siempre, sin embargo esta ya nunca iba a ser igual. Al subir al bus junto a sus colegas se dio cuenta de que otra vez se marchaba sin despedirse de él.
No habría pasado ni un mes, cuando su teléfono sonó.
— Gemma, soy yo.
Respondió tranquila, porque de alguna manera estaba segura de que él iba a llamarla.
— Hola, Tadeo.
— ¿Vas a volver? —preguntó, sin más vueltas.
— Sí.
Se hizo un silencio de ambos lados, al cabo del cual él retomó la conversación.
— ¿Cuándo? ¿Dentro de otros siete años?
— No. Dentro de siete días. Antes tengo algunos asuntos que resolver.
Lo había mandado buscar y estaba esperándolo sentada en el sofá del lobby, cuando alguien le comunicó que lo había visto ir hacia la zona de rocas que quedaba de espaldas a la playa. Así que se armó de valor y fue hacia ese lugar. Nadó hasta que desde el agua lo vio. Estaba sentado sobre la roca, recostado hacia atrás, con aquella estrecha malla roja que mojada revelaba con nitidez su masculinidad. Parecía absorto, con la mirada perdida en el horizonte. A su costado estaba la toalla del hotel, doblada tal cual la había llevado, y sobre ella sus gafas de sol. Cuando vio a Gemma, apenas se movió.
— Dijiste siete días, y han pasado diez.
Entonces ella se encaramó a la roca y se sentó junto a él.
— ¿Estabas ansioso por verme? —dijo, jocosa.
— No es asunto tuyo —respondió él, girando apenas la cabeza hacia ella—. ¿A qué has venido?
Gemma se acomodó mejor sobre la roca, más cerca de él.
— En realidad no lo sé —respondió, dubitativa—. Acabo de renunciar a mi trabajo. Sé que es una locura, porque era un trabajo muy bueno. Pero tal vez encuentre alguna otra cosa acá. Este lugar me gusta mucho. Y soy muy buena administrando empresas.
A continuación acercó su boca a la de él y lo besó. Pero Tadeo no reaccionó. Entonces, por un segundo pasó por su mente como un flash el desplante que él le había hecho. Por eso se apartó inmediatamente, bajó la mirada y se dispuso a volver al agua. Entonces él la detuvo, tomándola de un brazo y la retuvo con fuerza.
— ¿Qué es lo que pretendes? —le dijo, con aquella voz ronca que a ella tanto le excitaba.
— Me gustaría que siguiéramos bailando. ¿Recuerdas que algo nos interrumpió la última vez? Ah, y tengo una noticia para darte: ya soy mayor de edad.
Gemma creyó desfallecer cuando sus fuertes brazos la rodearon y sus labios la besaron apasionadamente al mismo tiempo que sus manos calientes desataban primero en su espalda el nudo de su pequeño sujetador y más abajo las dos graciosas moñitas que mantenían en su lugar la parte baja de su bikini. Y cuando ambos se deslizaron hasta quedar sumergidos en aquellas aguas cristalinas sintió, temblando de agonía cómo, mientras estas acariciaban tibiamente toda la superficie de su cuerpo, el hombre de su vida incendiaba violentamente su interior.
Volvieron al hotel del brazo y sonriendo. Gemma iba envuelta en aquella toalla a rayas llevando en la mano como un atadijo las piezas de su bañador y Tadeo disimulando el brillo de sus ojos detrás de sus gafas de sol.
— No te lo dije, pero también voy a necesitar un lugar en donde quedarme —dijo al llegar al pie de la escalera, simulando preocupación—. No tengo más apartamento. He rescindido el contrato de alquiler. ¿Tendrás alguna habitación libre en el hotel?
— ¡Qué lástima! —respondió Tadeo, fingiendo contrarío—. Estamos llenos. El único lugar disponible es una habitación con terraza en el piso superior. Pero es un tanto pequeña.
— No importa. Estoy segura de que servirá.