Ventana al parque

Nora Sisto


 

         Después de guardar todos los archivos, Amanda puso la computadora en standby y la cerró. Quedó así, frente a sus ojos, el panorama exterior a la habitación: un hermoso parque que, encuadrado en el ventanal frente al  escritorio, parecía una escena impresionista.  Afuera todavía alumbraba un sol invernal que ese día no parecía tan débil, ya que a la gente que pasaba no se la veía demasiado preocupada por su abrigo. El despacho estaba casi en penumbra porque, enfrascada en lo suyo había olvidado encender la luz.

          Amanda era una cirujana reconocida a nivel mundial por sus trabajos en operaciones de cambio de sexo, los cuales habían sido pioneros en su país y en el mundo. Y en el hospital, en el que trabajaba desde hacía ya un tiempo, había surgido recientemente la posibilidad de que se presentara como aspirante para un cargo de Dirección. Para eso estaba abocada a elaborar una nueva propuesta  institucional, un proyecto innovador que podía sumar puntos a su expectativa. Se sentía cansada, agotada por la exigencia del delicado trabajo que realizaba. Pero más aún porque, a pesar de su esfuerzo, le parecía nunca iba a poder alcanzar un legítimo  lugar en el mundo. 

        Amanda tenía unos largos cuarenta años. Ella misma era transexual. Había asumido su condición de mujer encerrada en un cuerpo masculino, mucho tiempo atrás. Pero aunque ese paso había marcado el punto más  trascendente de su historia, también había trastocado los cimientos de su existencia. Era exitosa en su profesión y eso parecía colmarla por completo —o, por lo menos, eso era lo que sus colegas y sus amigos suponían—. Sin embargo, cierta sensación de vacío la agobiaba. Había convivido durante un tiempo con una pareja, pero la relación se desgastó cuando para él pasó el efecto de la novedad. Él no había sabido comprenderla como persona. Ella no era una mujer corriente; era una mujer transexual.

        Salió a la calle esperando, como siempre, recorrer en paz el trayecto hasta su casa. Le gustaba caminar sin apuro, y a su paso observar la gente con la que se cruzaba. En particular, le encantaba pasar por aquel parque que veía todos los días desde su ventana. Allí generalmente madres con sus niños se reunían en el sector de juegos infantiles, y en otra parte, donde había un amplio terreno cubierto de césped, grupos de muchachos se daban cita para llevar a cabo juegos de pelota. A ella le habría encantado tener un hijo, pero las lógicas circunstancias de su vida no se lo permitieron.

      En su trabajo se esmeraba por presentarse siempre elegante. Se había adaptado a aquel estereotipo de mujer que le obligaba a estar continuamente bonita y de punta en blanco, y así la veían todos los días en el hospital. Pero cuando emprendía esa caminata diaria, cambiaba sus altos tacones por unas zapatillas deportivas, mucho más cómodas. En ese momento iba pasando por la vereda a un costado del parque, cuando de pronto a sus pies llegó rodando una pelota de fútbol que se detuvo justo frente a ella. Miró enseguida a su alrededor y vio que, un poco más lejos, unos muchachos la miraban expectantes, haciéndole señas de que se las devolviera. Pensó si acaso eso habría sido una señal.

      Con una felicidad que hacía tiempo no experimentaba, se posicionó y, arremangándose un poco la falda tubo que podía arruinarle el movimiento, de un patadón impulsó la pelota con tanta puntería que cayo justo en las manos de uno de los muchachos, que le agradeció con gestos alusivos, mientras los demás la miraban asombrados. Prosiguió su camino sin percatarse de que, sentado en un banco, muy cerca de ahí, alguien había contemplado con interés lo ocurrido.

      Cuando entró en su apartamento se encontró con su empleado Matías que estaba manipulando la aspiradora. Vivía en un hermoso penthouse en un edificio de lujo, en un barrio de lujo. Todo en él era refinado, desde los muebles hasta los últimos utensilios de la cocina. Y es que Amanda, por su posición y su fama, tenía múltiples compromisos sociales que la obligaban a recibir visitas con bastante frecuencia. Había obtenido renombre internacional, en gran medida por su trabajo conocido  mundialmente, pero también por su cualidad de persona trans que no dejaba de ser, para muchos, un hecho curioso.

      Dejó su bolso y su abrigo sobre la cama, y se preparó un té. Matías seguía aspirando las alfombras, muy concentrado en su trabajo, por eso no le habló.  Pero tenía una inquietud, así que al rato se fue a sentar con su taza de té en uno de los sillones de cuero blanco del sofisticado living, y aunque no quería distraer a Matías de sus obligaciones,  igual le empezó a conversar.

—    ¿Juegas al fútbol?

      Él apagó por un instante la aspiradora, porque ensordecido con el ruido no sabía si había escuchado correctamente lo que Amanda le decía.

—    Te preguntaba si juegas al fútbol —repitió ella, entendiendo que él no la había escuchado.

—    Un poco —respondió él, sin saber a priori de qué iba la conversación. Y por discreción tampoco quiso preguntarle.

—    ¿Querrías acompañarme al parque a jugar?

—    ¿Ahora mismo? —dijo él, mirando alrededor todo lo que le quedaba por hacer.

—    Si, ahora. Solo un rato. Si quieres, por supuesto.

      En el parque, por el cual había pasado apenas un rato antes, quedaban a esa hora todavía unos cuantos muchachos enfrascados en un partido y se notaba que disfrutaban apasionadamente del juego. A los costados de la improvisada cancha se veían mochilas, zapatos de vestir, y algún que otro saco y corbata, que los jugadores dejaban amontonados, mientras tanto. Amanda ahora se había vestido igual a como acostumbraba hacerlo en otras épocas, ahora bastante lejanas. A pesar de los notorios cambios en su cuerpo, todavía le seguía sentando muy bien aquel uniforme que había conservado durante años, escondido en el fondo de su placar.

      Fue sencillo que Amanda y Matías se integraran, uno en cada bando. El juego era muy animado, y para beneplácito de su improvisado equipo Amanda convirtió un gol. A medida que pasaba el rato, los jugadores iban abandonando la contienda uno a uno, según el reloj les avisaba que tenían que ir a atender sus obligaciones personales. Incluso Matías. Amanda se había divertido como nunca, y cuando ya todos se habían retirado, fue a sentarse con su botella de agua en uno de los bancos que había alrededor. A pesar de las intensas sesiones semanales de gimnasia y spa a las que asistía regularmente, se daba cuenta de que había perdido el training. Y sintió que le gustaría recuperarlo.

      Estaba bebiendo sin apuro, cuando alguien a su lado le habló. Giró sorprendida la cabeza hacia el costado porque, absorta en sus pensamientos no había reparado en que había una persona a su lado. Era un hombre maduro, de cabello canoso. Tal vez un cincuentón. Tenía en sus manos un libro, el cual cerró por cortesía y dejó sobre el asiento, al dirigirle la palabra.

—    Partido difícil —le dijo en son de broma.

—    Si —asintió ella, sonriendo —. Me falta entrenamiento.

—    Mucho gusto —dijo él extendiendo su mano—. Me llamo Víctor.

—    Mucho gusto —respondió Amanda, estrechándosela—. Mi nombre es Amanda.

—    Si. Ya sé quién eres —continuó él, con simpatía—. Amanda Vannini, la famosa cirujana. Te veo muchas veces pasar por aquí. No sabía que jugaras tan bien al fútbol.

      A Amanda le encantó el cumplido, pero a la vez le intrigó. Se preguntó si acaso Víctor conocía su vida anterior. Pero no era ese el momento de aclararlo. Así que, luego de intercambiar dos o tres palabras, se despidió amablemente de él y volvió a su casa.

      Amanda en otra vida había sido Armando Vannini, jugador de fútbol de primera división. A sus diecinueve años, su carrera como futbolista estaba en su mejor momento, y había emigrado a ese lugar contratado por un importante equipo, por una cifra multimillonaria. El fútbol era su pasión, pero no podía seguir siendo más un hombre. Así que, cuando logró armarse de coraje para asumir públicamente una nueva identidad, renunció a su equipo y se apartó de aquello que tanto le apasionaba.

      Al tomar tan trascendente decisión, parte de su familia le dio la espalda, por lo cual no quiso regresar a su país. Como jugador profesional, había abandonado sus estudios de Medicina porque suponía tener, de ahí en más, el futuro asegurado. Pero al cambiar su situación, los retomó en una universidad de aquella ciudad en la que se había afincado. Había pasado muchas penurias, entre tratamientos hormonales, cirugías plásticas y la adaptación a una nueva realidad, pero todo eso finalmente había contribuido a darle un sentido concreto a  su carrera. Más tarde, un exitoso posgrado y la propaganda sensacionalista, le habían abierto las puertas para obtener un puesto destacado en la clínica donde ahora se desempeñaba.

      Al día siguiente, en el trayecto desde su casa al hospital, lo volvió a ver. Estaba sentado, igual que el día anterior, en el mismo banco a la sombra del  enorme árbol, ahora mirando su tableta. Cuando la vio pasar, le hizo adiós con la mano, a lo que ella respondió de igual forma, sin detenerse. Estaba bastante encaminada con el proyecto que presentaría a la brevedad, así que quería aprovechar todo el tiempo posible para trabajar en él, antes del horario de consulta.

      Al llegar al hospital, la recepcionista la estaba esperando, nerviosa. Agitaba  en su mano el móvil, el cual le mostró sin dilación.

—    Amanda, mira: publicaron en las redes sociales fotos de ti jugando al fútbol.

      Amanda no podía creer lo que veía. Era ella, efectivamente jugando al fútbol el día anterior. Pero ¿a quién podría habérsele ocurrido tal cosa? Sin lugar a dudas, eso la exponía públicamente, lo cual no le molestaba demasiado porque ya era una figura conocida. Pero le preocupó que, simultáneamente se expusiera al hospital. Ella aspiraba a obtener el cargo de Directora del departamento de Cirugía, por lo cual no podía permitirse mala propaganda. Seguramente sería una maniobra de alguno de sus competidores, que esperaba  beneficiarse desprestigiándola.

      La semana siguiente fue de gran actividad. Tuvo que realizar un par de  operaciones arriesgadas, y eso la había tenido nerviosa. Ese día, para colmo había discutido con  uno de sus colaboradores, que según le habían hecho saber, actuaba deslealmente denigrándola a sus espaldas. Su condición de transexual era delicada, porque no todos aquellos con los que trataba tenían la suficiente calidad humana como para convivir con ella sin caer en la discriminación. Así que, al finalizar su jornada de trabajo y salir por fin del  hospital, respiró profundamente esperando tener al fin un momento de paz.

      La tarde estaba bastante fría, pero igual iba a caminar. Sentía el aire helado golpear  sobre su cara, pero eso parecía darle un alivio al enfriar el calor que le había causado el mal momento vivido anteriormente. Al pasar por el lugar de su habitual caminata, notó que Víctor no estaba allí, como de costumbre. Esto la desilusionó, porque ese día más que cualquier otro, a pesar del clima inhóspito, le habría encantado sentarse a su lado y conversar un rato.

      Caía la tarde y el frío recrudecía, así que antes de llegar a su casa entró en un mercadito a comprar una botella de jerez. Con eso recobraría el espíritu. Cuando estaba por pagar, sintió que alguien le tocaba el hombro. Al darse vuelta,  vio que era él.

—    ¡Hola! —le dijo Víctor, sonriendo—. Veo que tuvimos la misma idea.

      Se notaba que la sorpresa lo había alegrado.

—    Hoy no me quedé en el parque a esperarte —dijo sinceramente—. Hacía demasiado frío, y yo ya no estoy en edad.

      Amanda estaba feliz de verlo, pero se preguntó si sería cierto que él la esperaba todos los días. Tal vez ella no había entendido bien. Pero no le pidió explicaciones, porque en el fondo le agradaba que lo hiciera.

—    ¿Quieres que vayamos juntos a tomar esa copa?

—    Bueno —respondió ella, sin saber a ciencia cierta en qué se metía. Pero,  instintivamente, él le inspiraba confianza.

—    Entonces vamos a mi casa. Vivo allá —dijo señalando el edificio blanco de la esquina.

      El apartamento de Víctor era en el primer piso del edificio. Tenía grandes ventanales que daban al parque, y además una terraza bastante amplia, de uso exclusivo para él. Ahí tenía varias macetas con plantas, y presumiblemente flores aunque todavía no era la época de floración. Había enviudado hacía varios años y desde entonces vivía solo. Le contó a Amanda que desde tiempo atrás se sentaba en ese banco de la plaza a leer, pero que desde que la había visto por primera vez, su principal pasatiempo era verla atravesar el parque cuando salía de su trabajo.

      Amanda escuchaba los relatos de Víctor, y se preguntaba por momentos si ese hombre sería acaso un acosador o un asesino en serie. Sentía que su lado femenino estaba siendo agradablemente halagado y alimentaba en ella una gran simpatía por él, aunque su lado masculino se mantenía alerta para responder con violencia, si fuera necesario.

      En los días siguientes, las charlas se volvieron más asiduas. Amanda se encontraba con él en la plaza, o si el clima no lo permitía, iba a su apartamento y allí pasaban horas hablando, escuchando música o mirando alguna película. Con él se había animado a hablar de sí misma. Le había contado lo difícil que había sido renunciar a todas sus costumbres masculinas para tratar de encajar en un esquema de feminidad que no la acababa de convencer. Ella necesitaba identificar su vida como mujer, pero no como un calco de todas las mujeres. Comprendía que debía conciliar dentro de sí sus partes contradictorias, que no eran excluyentes sino que podían complementarse entre sí dándole un definitivo —y maravilloso— estatus de persona. Y Víctor parecía  alentarla en esa búsqueda.

      Un día, sin embargo le comenzó a parecer extraño que con frecuencia le preguntara por su trabajo. A veces le parecía que la interrogaba. La Dirección del hospital parecía ser muy competente, según lo que a ella le parecía. También creía que sus compañeros de trabajo reconocían su idoneidad y estaban de acuerdo en que era la persona adecuada para postularse al cargo al que aspiraba, y que la apoyaban. No obstante, Víctor la hacía dudar.

      El día de la elección se aproximaba y Amanda no tenía paz. Las fotos comprometedoras  continuaban, y los comentarios en las redes sociales eran cada vez más ofensivos. Amanda no sabía a qué atenerse. Suponía conocer bien a sus compañeros de trabajo y no se animaba a desconfiar de ninguno de ellos. El colmo fue cuando le comenzaron a enviar mensajes amenazadores. Entonces se decidió a hacer una denuncia policial.

      En la comisaría, los agentes no le prestaron demasiada atención. Y era previsible. Según su escaso criterio, alguien como ella no tenía por qué ser merecedora de respeto. Y la denuncia fue archivada en un cajón.

      Amanda se hacía un recuento de lo que le sucedía. Aquellas publicaciones y amenazas habían comenzado justo después de aquel día en que conociera a Víctor. No podía ser casualidad. Él la había visto jugando al fútbol, y perfectamente le podía haber sacado fotos con su tableta. Por eso pensó que ella misma podía averiguar si era él quien la amenazaba.

      Continuó como si nada, aceptando las invitaciones que él le hacía. Un día, en su casa mientras él bajaba a la calle por unas bebidas, aprovechó para revisar sus cosas. Tenía un escritorio muy moderno. Y una biblioteca muy nutrida. A la vista no había documentos importantes. Aparentemente estaban bajo llave, y no le pareció oportuno forzar ninguna cerradura. Pero su paranoia no cesaba.

     Otra tarde, al pasar por el parque vio que Víctor estaba conversando con un hombre desconocido, y al verla se despidió rápidamente de él. El hombre se subió a un auto que estaba estacionado allí cerca, y se marchó sin mirarla. A Amanda le pareció algo raro aquel comportamiento, por lo que prefirió no acercarse. Así que lo saludó de lejos y siguió su camino.

      Comenzaba a sentirse decepcionada de Víctor, especialmente porque nunca antes con nadie se había sentido tan bien como con él. Con el tiempo se había involucrado mucho, y por primera vez creía sentir amor verdadero. Sin embargo, los hechos le llevaban a pensar que no era merecedor de su confianza. Le intrigaba saber si se había acercado a ella por casualidad, o si era parte de alguna estratagema. Él tal vez buscaba sacarle información del hospital, o en el peor de los casos era uno más de tantos hombres movidos por la morbosidad hacia su persona.

      Sin embargo, Víctor actuaba con ella con total naturalidad. Era cariñoso y la consentía sin limitaciones. No podía catalogarlo como alguien de mala fe. Sin embargo, todo a su alrededor lo apuntaba sospechosamente. De todos modos, un buen día decidió dejar de frecuentarlo. Su pasión por el fútbol se mantenía y no dejaba de ir al parque a practicar. Pero cuando lo veía, lo evitaba o se iba.

      Pasaron varias semanas en la misma situación. Ella no se sentía cómoda con eso. Víctor le agradaba mucho, pero no podía evitar desconfiar de él. En el hospital, las cosas tampoco parecían acomodarse. Su principal competidor para el puesto de Director parecía descontar que sería elegido en lugar de ella. Era obvio que aquellas fotos habían incidido para descalificarla.

      Finalmente, llegó el día de la elección. Ella se había desilusionado porque sabía que tenía en su contra muchos obstáculos a superar, y no había podido vencerlos. Era brillante como médica cirujana, pero una mancha infame la perseguía. Es que, para muchos no era una persona «verdadera», sino una advenediza que pretendía ser mujer. Y para colmo, aquel deporte al que tanto amaba, la rebajaba como un demérito. Así que, aunque ya presagiaba cuál iba a ser el resultado de la elección, era cuestión de esperar.

      Se sentó en aquel banco del parque, en el cual se había encontrado otras veces con Víctor. Pero ahora estaba sola. Aquella espera la exasperaba, y pensó lo bien que le habría venido en ese momento tenerlo a su lado. Estaba angustiada porque todo lo que había logrado construir en su vida, posiblemente estaba a punto de derrumbarse. Pensó en su vida en aquel tiempo pasado. A Armando la gente lo vitoreaba incondicionalmente. Todo era magnífico, aunque su vida era una falsedad. Ahora, con la verdad a plena luz, tenía que luchar denodadamente para ser aceptada.

      Se había tomado la cara con las manos, y por sus mejillas las primeras lágrimas comenzaban a caer.  De pronto, alguien palmeó su espalda. Levantó la cabeza sobresaltada. Era Víctor.

—    Doctora Vannini —le dijo con expresión seria, aunque en su mirada se notaba un brillo inusual—. ¿Qué está haciendo acá?

      Vio con extrañeza que, aunque cualquiera podía notar que estaba deprimida, él la miraba sonriendo. Su tristeza no podía hacerle gracia. Si él había influido para que la descalificaran, era cínico presentarse ante ella con una sonrisa y pretender consolarla. Pero no le dijo nada. En ese momento no estaba de humor. Se puso de pie, y lo miró resignada.

—    Es cierto —dijo, suspirando—. Voy a tener que regresar y hacer frente a las cosas. Seguramente la elección finalizó y mi competidor será el nuevo director. No los culpo. Él es una persona «normal», en cambio yo no soy más que una «friki». Y la gente necesita apoyarse en su seguridad. De alguna manera lo comprendo. Solo espero que en los próximos tiempos las cosas cambien y alguien como yo no tenga necesidad de sufrir.

      Se puso de pie e iba a marcharse dejándolo con la palabra en la boca, pero pensó que, jugada por jugada, era el momento de la verdad. Antes de despedirse de él tenía que sacarse la espina que la tenía dolorida desde hacía un tiempo.

—    Hace unos días estabas con alguien en el parque. Me pareció que al verme se fue rápidamente. ¿Me podrías decir quién era?

—    Sabía que lo habías visto. No tenía por qué ocultarse, pero sin embargo no te quisimos preocupar. Es alguien que contraté para investigar un asunto.

—    ¿Acaso me vigilas?

—    No, no. No tiene que ver contigo. Es decir, no directamente. Tiene que ver con el hospital. Sabrás que hubo gente interesada en sacarte del camino. Gente intolerante que pensó que ventilar tu vida privada era la solución para obligarte a dejar el camino libre para alguien más. Sin embargo, afortunadamente todo se aclaró.

      Lo escuchaba con atención y sorpresa, porque jamás se habría  imaginado que Víctor cubría sus espaldas.

—    Quiero que sepas que tu denuncia fue desarchivada y la investigación se tomó muy en serio. Pudimos dar con el perpetrador. Pero puedes quedarte tranquila, no va a volver a molestarte. Por cierto, creo que tengo que volver a presentarme. Soy el inspector Víctor Denes, de la Policía Federal.

      Amanda no salía de su asombro. Por supuesto, él nunca le había dicho en  qué trabajaba. Ahora todo le cuadraba. Él estaba al tanto de aquellas fotos y de la finalidad que estas tenían de forzarla a no luchar por sus derechos.

—    Ahora comprendo —dijo, amargada, pero por otra cosa—. Nuestra relación era una simple investigación policial.

      Estaba doblemente desilusionada. Había supuesto que él podía ser la  pareja que tanto había anhelado en su vida, pero por lo visto no era diferente a todos los demás. Abatida, se dio media vuelta y comenzó a alejarse. Pero se detuvo en seco cuando él le habló.

—    Doctora Vannini —le gritó, imponiendo su autoridad—. No me respondió. Le pregunté qué está haciendo a esta hora en el parque.

      Ella volteó y lo miró desafiante. Víctor insistía con una pregunta absurda que ella no tenía por qué contestar. ¿Acaso se estaba burlando de ella? Se acercó nuevamente y lo miró furiosa. Su puño venía preparado para golpearlo. Pero algo en la entonación de sus palabras había logrado despertar su curiosidad.

—    Creo que no tengo por qué darte explicaciones —le espetó con hostilidad—. ¿Por qué insistes en saber qué estoy haciendo aquí?

—    Porque en el hospital están esperándote. Mejor dicho, están esperando a la nueva Directora de Cirugía para que autorice una operación.

      Y agregó, con expresión seria:

—    Ah, y yo quisiera saber si mañana tienes partido, porque me gustaría invitarte a cenar.