Voces de Santa Lina

Nora Sisto

A medida que Carmela  se iba acercando al enorme arco que separaba a aquel recinto abierto de la acera cubierta de césped, la música se hacía cada vez más viva. Y cuando llegó al umbral se quedó observando con orgullo a aquel grupo de chicos y chicas que daban lo mejor de sí ensayando para la próxima actuación.

El coro de Santa Lina gozaba de gran prestigio en aquel lugar. Una vez al año, los coros de las distintas localidades rurales se reunían en alguno de los pueblos de la región y competían entre sí dando un espectáculo sin igual. Lo integraban chicos y chicas muy jóvenes, los cuales se preparaban con entusiasmo durante todo el año esperando con ansiedad el día de la competencia. Para eso se reunían cada semana para ensayar con un esmero casi profesional la interpretación de melodías tanto clásicas como populares.

El lugar en donde acostumbraban a hacerlo era en el recinto semiderruido de la antigua iglesia de Santa Lina, cuyas paredes ahora ya sin techo daban al edificio el aspecto de  un conjunto escultórico al cual los lugareños llamaban eufemísticamente «la catedral». Su  piso, que en su momento de esplendor había refulgido con sus baldosas monolíticas de color morado decoradas con arabescos en verde y blanco, con el paso de los años y por haber quedado a la intemperie se había convertido en un terreno desnivelado cubierto de césped. En algunas esquinas  habían crecido árboles y arbustos que en la primavera se llenaban de flores, haciendo que la nave primitiva se asemejara a un oculto jardín al que acudían a regocijarse los pueblerinos. Las paredes ruinosas, por su parte  hacían las veces de un pintoresco marco teatral, a la vez que servían como pantalla de resonancia.  

Ya en la entrada, Carmela escuchaba de pie con religioso respeto aquel despliegue  sonoro que por momentos parecía el de una misa angelical. Los cantores,  alineados de pie sobre una especie de promontorio que se había ido formando en lo que antiguamente era el altar, estaba escalonado en dos niveles. En el de más arriba se ubicaba generalmente el grupo de las chicas, dispuestas en dos filas. Eran unas veinte,  cuyas voces agudas y suaves contrastaban con el vozarrón uniforme del grupo de varones ubicado más abajo, los cuales en número similar ejercían de contrapunto. La luz de la luna, reforzada por algunos focos colocados recientemente por la comuna sobre una de las paredes más altas, daba al entorno una mística luminosidad que acompañaba exquisitamente la música.

De un rápido vistazo, Carmela comprobó que Lohara estaba ahí. Era la última de la izquierda en la segunda fila, alejada como si intentara desmarcarse del resto. Una vez hecha la comprobación se decidió a entrar, no sin antes ayudar al pequeño que traía de la mano a sortear los dos escalones de mármol blanco que, aunque partidos por el uso, aún marcaban la entrada. No bien Lohara los vio, abandonó la formación y corrió hacia ellos, porque no era común que Carmela se apareciera por ahí, y menos con el pequeño.

—    ¿Pasó algo? —exclamó agitada mirando alternadamente a Carmela y al niño.

—    No ha pasado nada —la tranquilizó Carmela—. Manolito está muy bien. Es que como la tarde estaba tan apacible, se me ocurrió sacarlo a pasear.

Sin embargo, la intención de Carmela no era sacarlo a pasear, sino otra.

—    Míralo; está feliz de haber venido a verte —le dijo, para que la chica volviera adentro—. Regresa a tu lugar. Te esperaremos afuera hasta que termine el ensayo.

Y como todavía faltaban varias canciones por ensayar, Carmela sabía que iba a disponer de  un largo rato.

Afuera el césped se extendía sobre toda la acera hasta terminar en un borde prolijamente recortado siguiendo la línea del cordón que lo separaba de la calle. A un costado de la fachada había una banca construida con una gran losa rectangular de piedra apoyada sobre dos soportes también de piedra, que era el lugar indicado para sentarse a esperar.

Arrullado por las melodías, Manolito se había dormido, motivo por el cual al salir del recinto Carmela lo llevaba en brazos. Cuando miró hacia la banca, vio que un muchacho ya estaba ahí, con las piernas estiradas hacia adelante y las manos a sus costados apoyadas sobre la losa gris. Aunque estaba encorvado mirándose hipnóticamente los pies, lo reconoció enseguida. Entonces se acercó a él.

Al verla, éste hizo rápidamente ademán de levantarse para cederles el lugar.

—    ¡Hola Emanuel! —dijo entonces Carmela, sorprendiéndolo, al mismo tiempo que con un gesto de su mano le indicaba que no se moviera—. Quédate. Hay lugar para los tres.

Emanuel asintió con un movimiento de su cabeza y se corrió un poco, haciéndoles lugar para que se acomodaran.

—    Es pequeño pero pesa una barbaridad —comentó Carmela, con una amigable sonrisa.

Él intentó responder también con una sonrisa, pero la mueca apenas se le notó.

Emanuel ya era un chico tímido cuando Lohara lo conoció. Dependía mucho de sus padres y parecía no tener vida propia, hasta que pasó lo que pasó. En aquel momento crucial había creído poder tomar las riendas de su vida, solo que después de aquel repentino rapto de madurez volvió a sumirse en una obediencia absoluta. Ahora, después de cuatro años del inaudito suceso, Carmela se preguntaba si habría mejorado su relación con sus padres, si habría madurado o seguiría todo igual. Pero sobre todo se preguntaba cómo estaría él.

El muchacho escuchaba en silencio la música, con respetuosa atención. Por eso Carmela supo que no tenía intención de irse.

—    ¿Te gustaría reincorporarte al coro? —le preguntó Carmela a boca de jarro, con expresión amigable.

Antes de marcharse, Emanuel había sido una voz importante en él. Aunque en aquel entonces no solo se destacaba por su inigualable voz, sino por su porte elegante y su figura atractiva, motivos por los cuales Lohara se había enamorado de él.

—    Tal vez —respondió el muchacho, con cierta melancolía.

Carmela no le respondió porque se quedó pensando en cómo reaccionaría Lohara. Pero no quiso entrar en ese tema de conversación. Y como notó que Emanuel observaba al niño de reojo, se aventuró a ir al grano.

—    ¿Lo conocías? —le dijo, aun sabiendo que no era así.

—    No —respondió Emanuel, acompañando su monosílabo con un franco giro de su cabeza hacia el costado, para mirarlo.

El niño seguía sumido en un plácido sueño y Emanuel al verlo sintió que se le aceleraba el corazón. Su cabello rubio y ensortijado le hizo recordar su propia niñez y los rasgos de su rostro eran claramente de Lohara. Emanuel parecía no poder quitar la vista de aquel niño. Y entonces Carmela a su vez aprovechó para observarlo a él.

—    ¿Quieres cargarlo? —le dijo tan inesperadamente que no le dio tiempo a negarse, porque ya se había puesto de pie y le entregaba el niño en sus brazos.

No bien Emanuel lo sostuvo, el niño abrió los ojos y lo miró. Y  Emanuel tuvo que contener la respiración al ver sus propios ojos azules en los ojos de aquel pequeño. Y como si el chico hubiera percibido la seguridad de estar en los brazos de su propio padre, enseguida los cerró  y prosiguió ufano con su siesta.

—    Se llama Manolito —continuó informándole Carmela, con orgullo—. Bueno, en realidad, es Manuel. Lohara no se animó a ponerle tu nombre porque no sabía si tu familia estaría de acuerdo, aunque  quería que le recordara a ti. Está por cumplir tres años.

Emanuel no respondió. Tenía la vista puesta en su hijo y el pensamiento en lo sucedido cuatro años atrás. Pensó en lo rápido que había pasado el tiempo y en el espacio en blanco que esos años habían dejado en su vida.

Aquel verano, Lohara había venido al pueblo a pasar sus vacaciones. Sus padres se lo habían concedido como premio por haber culminado con buenas notas su etapa liceal. Con diecisiete años recién cumplidos, era la primera vez que pisaba aquel pueblo en el que habían nacido sus abuelos y donde había vivido toda su vida su madrina Carmela, hermana mayor de su padre. Con las expectativas que traía, dado el misticismo romántico que le había trasmitido su familia, enseguida se enamoró del lugar. Pero no solo del lugar.

Emanuel, por su parte era oriundo del pueblo. Era hijo único y sus padres ambicionaban un gran futuro para él. En aquel entonces estaba por cumplir veinte años y a pesar de haber comenzado sus estudios de abogacía en una universidad cercana, sus padres aspiraban a que continuara sus estudios en una aún más importante en la capital. Para eso habían ahorrado mucho dinero. Pero a punto de lograrlo, todo se había salido de control. Ahora, después de aquel exilio forzado y con un título de abogado abajo del brazo, volvía con la incertidumbre de no saber cuál sería, de ahora en adelante, su lugar.

No bien se conocieron, Emanuel y Lohara se enamoraron sin más. Había sido tal el flechazo que al finalizar los tres meses de vacaciones Lohara ya estaba embarazada de él. Cuando los padres de Lohara se enteraron, rompieron inmediatamente su relación con Carmela y le prohibieron volver a acercarse a la chica nunca más. Emanuel había intentado por sus propios medios de ocuparse inmediatamente de regularizar la situación. Como estudiaba leyes, se enteró de que, de acuerdo a la normativa de aquel país era posible, siendo mayor de edad y certificando la responsabilidad sobre el estado de gravidez de la chica, contraer matrimonio con ella sin necesidad de obtener autorización de sus padres. Y así lo hicieron, en el más completo secreto. Esperaban que con el paso de los meses la situación por sí sola se fuera acomodando por su propio peso. Sin embargo, no había resultado así. 

Estaba sumido en sus pensamientos, cuando Carmela de improviso le volvió a hablar.

—    Emanuel, ya es tarde. Tenemos que marcharnos —le dijo, poniéndose de pie y acercándose a él para que le entregara el niño.

Él parecía estar tan a gusto con este en brazos, que Carmela intentó una picardía:

—     Veré cómo hago para llevarlo —exclamó, suspirando—. Este chaval es pequeñito pero pesa un montón, y es mejor que no se despierte porque si no, se malhumora y no hay quién lo haga volver a dormir.

Emanuel tuvo un primer impulso de entregárselo, pero se detuvo.

—    ¿Puedo acompañarte? —le ofreció, espontáneamente—. Para mí no será una carga. Si lo deseas, lo puedo llevar.

Como si hubiera estado esperando que él se lo ofreciese, aceptó enseguida. Emanuel ya no era aquel chico de pueblo que ella había conocido desde que nació. Ahora se veía como un hombre hecho y derecho, y después de observarlo disimuladamente pensó que hasta se veía mucho más guapo que tiempo atrás. Caminaron despacio las pocas cuadras que separaban la casa de la «catedral», y mientras lo hacían Carmela aprovechó para contarle detalles acerca de la vida de Manolito y también intercaló como al pasar algunos otros de la vida de Lohara. Cuando llegaron a la casa, lo invitó a pasar y lo condujo hasta la habitación del niño, bajo la excusa de que era mejor que él mismo lo acostara para evitar que se despertase.

Después de dejarlo bien arropado, Carmela acompaño a Emanuel hasta la puerta y lo despidió, no sin antes decirle que podía pasar a visitarlos cuando lo deseara. Cuando vio que él se alejaba tomó el teléfono y llamó a Lohara.

—    Hija, te encargo que cuando vuelvas traigas el coche de Manolito. Está detrás de unos arbustos junto a la banca de la entrada.

—    ¡Madrina! —exclamó la joven, preocupada— no me digas que lo cargaste hasta la casa.

—    Es que no quería que se despertara —mintió, de forma convincente—. Pero no te preocupes. Hemos llegado muy bien.

Carmela nunca se había casado. Había heredado de sus padres un importante viñedo, el cual gestionaba con idoneidad y con la ayuda de  varios colaboradores. En su juventud había sido maestra, pero había abandonado el ejercicio de su profesión para pasar a desempeñarse como administradora del campo.  A falta de hijos propios, consideraba a su ahijada Lohara como la hija que habría deseado tener. Y había sido a través de la agitada relación de esta con aquel chico, que había creído concretar la historia romántica que en su juventud habría deseado protagonizar. Por eso conservaba la esperanza de que tuviera un final feliz.

En aquel entonces, los padres de Emanuel al enterarse del embarazo de Lohara habían puesto el grito en el cielo y hasta manifestaron sus dudas sobre la veracidad de su paternidad. Y como Emanuel no cejaba en su propósito de estar junto a ella, llegaron a torcerle el brazo convenciéndole de que el padre de la chica estaba dispuesto a denunciarlo por abusar de una menor. Entonces fue cuando lo matricularon de apuro en aquella universidad y lo sacaron de la escena.

Lohara había quedado devastada con el alejamiento de Emanuel, pero en ningún momento pensó en renunciar a su maternidad. Sin embargo, su estado emocional había sufrido tantos sobresaltos que tuvo que pasar los dos primeros meses de su embarazo en estricto reposo. Mientras tanto, su angustia y su resentimiento aumentaban, a la par que a Emanuel lo ahogaban la culpa y la vergüenza por haber sucumbido a la amenaza de sus padres.

Doblegado por la impotencia de no poder cambiar la situación, Emanuel se había aislado de todos. Resignado a estar atrapado en aquella universidad, se había empecinado en estudiar porque sabía que un título universitario podría darle la posición de poder y de libertad que necesitaba para emanciparse y hacerse cargo de su vida. Pero a la vez se mortificaba porque creía haber tomado una mala decisión, y se culpaba por no haber sido capaz de hacer frente a las consecuencias de su pasión, principalmente por no haber podido retener junto a él a Lohara y a su hijo.

La falta de comunicación entre ambos llevó a Lohara a convencerse de que Emanuel la había abandonado por egoísmo, por no renunciar a ir a estudiar a aquella maldita universidad en la que probablemente conocería otra chica y se olvidaría de ella. Por eso accedió a volver a la casa de sus padres, aunque solo mientras durara la gestación,  y porque según estos el parto iba a ser más seguro si se atendía en una clínica privada y no en el modesto hospital de aquel pueblo en medio del campo. Así fue que, después de dar a luz se quedó con ellos hasta que Manolito cumplió tres meses, y entonces se mudó definitivamente con Carmela. De ahí en más, Carmela, Lohara y Manolito se convirtieron en una familia.

En el pueblo, el coro de Santa Lina era toda una institución, y Emanuel desde su adolescencia había formado parte del mismo. De niño se había destacado por su voz aguda, propia de su edad, que ya llamaba la atención por su dulzura, y al crecer se había transformado en un destacado barítono. Por eso, para mantener su afición y también como una vía de escape, había participado activamente en el coro de la universidad. Ahora pretendía reincorporarse al coro de Santa Lina aunque su estadía en el pueblo solo fuera temporal. Es que su decisión no solo tenía que ver con su vocación musical; sabía que ahí iba a coincidir con Lohara.

Ese día, el ensayo parecía estar en su apogeo y como de costumbre, Carmela estaba otra vez ahí con Manolito esperando a que finalizara. Cuando menos lo esperaba, vio salir de adentro a Emanuel. Obviamente estaba ensayando, por lo que Carmela dedujo que él y Lohara se habían encontrado. Al ver a Carmela y a Manolito sentados en la banca como la vez anterior, fue a sentarse junto a ellos. Pasó un rato, la música continuaba sin interrupciones y nadie había salido a reclamar la presencia de Emanuel, por lo cual Carmela se dijo que era la oportunidad perfecta para que continuaran  conversando. Como de costumbre, el niño se había dormido, así que se lo cedió a él para que lo sostuviera en sus brazos.

—    ¿Has hablado con Lohara? —preguntó, sin perder tiempo.

—    No, aun no.

—    Pero se han visto.

—    Sí, pero solo de lejos. Llegué cuando el ensayo ya había comenzado.

—    ¿Vas a esperarla?

—    No lo sé.

Su conversación se interrumpió abruptamente cuando Lohara repentinamente apareció. Venía visiblemente alterada. Decidida, fue directamente hacia Emanuel, a quien no  saludó, ni siquiera por cortesía.

—    ¿Qué  haces? —le dijo, arrebatándole bruscamente al niño.

Y dirigiéndose a Carmela, agregó:

—    Vámonos. El ensayo terminó—. Y se fue corriendo como loca con su niño en brazos, calle abajo.

Al momento, apareció un muchacho con semblante preocupado, que había estado adentro del recinto presenciando el ensayo y salió justo para alcanzar a ver cómo Lohara huía  despavorida. El chico miró a Carmela, después miró a Emanuel pero no les  habló y salió velozmente tras Lohara.

Carmela y Emanuel se quedaron ahí, inmóviles contemplando la escena. Para Carmela era previsible esa reacción, pero para Emanuel era incomprensible.

—    ¿Quién es ese? —preguntó con curiosidad.

Carmela le respondió sin mirarlo. No iba a decirle que Lohara salía con él. Por eso, dijo  simplemente:

—    Es Javier, un compañero de la facultad.

Como por inercia, ambos comenzaron a caminar lentamente rumbo a la casa de Carmela. El corto trayecto alcanzó para que Carmela lo pusiera al tanto de que Lohara estudiaba ciencias agrarias, con el propósito de llegar algún día a gestionar ella sola el negocio rural. La conversación estaba siendo amena para Carmela, pero no para Emanuel, que parecía haber quedado con la cabeza en otra parte. Por eso, a los pocos pasos este se detuvo, y haciéndole un gesto con la mano para que ella siguiera, dijo:

—    Sigue tú. Yo, mejor me voy.

Y se fue camino arriba, en la otra dirección.

Con la reincorporación de Emanuel, el coro se había fortalecido y el director estaba fascinado porque su voz incomparable hacía posible la interpretación de piezas que antes no había podido incluir en el repertorio. No obstante, Lohara se mostraba indiferente a su presencia y, aunque el momento del ensayo era la única instancia en que se veían, intentaba ignorarlo o actuaba de forma displicente frente a él. Pero a pesar de aquellos cuatro largos años de ausencia, Lohara no había dejado un solo día de pensar en Emanuel. Aunque lo culpaba por todo.

Aun así, Carmela se encargaba de que Emanuel no perdiera contacto con su hijo. Cada vez que sabía que Lohara iba a ausentarse largo rato, lo invitaba a su casa  para que pudieran pasar juntos todo ese tiempo. De paso, lo ponía al tanto no solo de las novedades de Lohara y Manolito, sino que también aprovechaba para asesorarlo acerca de todo lo referido al negocio del viñedo.

Esa noche, aprovechando que Lohara tenía que rendir un examen que le iba a insumir unas cuantas horas, Carmela se dijo que podía ir a casa de unas amigas a jugar a las cartas, y le pidió a Emanuel que se quedara con Manolito. Distraída por el juego, a Carmela se le pasó la hora y cuando quiso acordar, se dio cuenta de que Lohara ya debía haber llegado a la casa. Entonces, a lo primero que atinó fue a salir a escape, pero al pensarlo mejor, se frenó. Es que podía ser una ocasión inmejorable para que Emanuel y ella se encontraran.

Lohara venía de buen humor por haber aprobado el examen, por eso al entrar a la casa no se percató de nada anormal. Fue primero a la cocina esperando encontrar a Carmela despierta, como de costumbre, esperándola. Estaba feliz porque en el examen le había ido muy bien y esperaba comentarlo tomando un té junto a ella. Pero al entrar no la vio. Entonces fue hasta su dormitorio pensando que ya se habría acostado, pero tampoco la vio ahí. De pronto, le pareció escuchar que alguien cantaba. No parecía ser la voz de Carmela, ya que ella nunca había tenido dotes para cantar. La melodía era dulce y le pareció conocida. Provenía de la habitación de Manolito, así que rápidamente fue hacia allá. Pero cuando entró, quedó tiesa.

La imagen parecía sacada de un retablo religioso. Emanuel sostenía en sus brazos a Manolito con firmeza y ternura a la vez que entonaba suavemente una canción cerca de  su cabecita que descansaba plácidamente sobre su hombro. Al oír pasos, Emanuel volteó instintivamente, y entonces el corazón de Lohara se detuvo al mismo tiempo que la canción. El reloj pareció retroceder vertiginosamente a años atrás, y por un instante ambos sintieron que el tiempo no había transcurrido. Tuvieron que mirarse bien para ver  que ya no eran aquellos chicos que, apabullados por sus hormonas habían saltado al vacío, confiados en que iba a protegerlos la fuerza de su amor. Ahora eran un hombre y una mujer ante la presencia viva del fruto de su pasión. Emanuel la miró a los ojos en silencio y ella quiso sostener su mirada, pero esta era ahora mucho más sensual que aquella que la había enamorado tiempo atrás. Entonces, se desarmó.

Emanuel, consciente de su turbación le hizo un gesto cariñoso de que guardara silencio para no despertar al niño, y ella acató. Como en un maravilloso ritual, ambos se inclinaron sobre la cuna, para acostarlo. Al hacerlo, sus brazos se rozaron suavemente y ambos sintieron que los conectaba una extraña electricidad. Entonces él se apartó, quedándose a un costado observando cómo Lohara terminaba de arroparlo. Después, con aquella sensación vibrando en sus cuerpos, ambos salieron de la habitación.

—    Ya me voy —dijo él, al llegar a la sala.

Ella asintió con un gesto silencioso. Pero al cerrar la puerta supo que jamás lo iba a dejar alejarse otra vez. Cuando al rato Carmela llegó, la encontró en la cocina sentada a la mesa, pensativa. Creyó que tal vez le reprocharía haber dejado a Manolito en manos de Emanuel, pero no fue así.

—    ¿Estás bien? —le dijo, como para matar el silencio—. ¿Quieres que te prepare un té?

—    No, gracias, Carmela —respondió Lohara, aparentemente tranquila—. Estoy bien. Solo estaba esperándote para irme a la cama.

A la mañana, Carmela se levantó muy temprano como de costumbre y se fue a trabajar al campo. Le había llamado la atención que Lohara no le hubiera comentado nada acerca de su encuentro con Emanuel, porque era obvio que se habían encontrado. Sin embargo, más tarde se sorprendió cuando al volver a la casa al mediodía, Lohara ya había cocinado y se encontraba muy activa haciendo la limpieza al mismo tiempo que jugaba con Manolito. 

—    ¡Vaya! —exclamó Carmela con una cauta sonrisa, al ver aquel panorama—. Parece que alguien se ha levantado hoy de muy buen humor.

—    Sí —respondió sonriente Lohara—. Es que ayer me fue muy bien en el examen. Pero cuando viniste estaba tan cansada que solo tenía ganas de irme a dormir. Por eso no te lo pude decir.

Sonrió para sus adentros porque tampoco le podía decir que había pasado toda la noche soñando despierta con el  encuentro tenido con Emanuel.

Carmela se alegró. Estaba segura de que aquel repentino entusiasmo no era tanto por el examen, sino por haber estado con Emanuel. Pero por las dudas, durante el almuerzo se abstuvo de mencionar su nombre.

No obstante, mientras ambas terminaban de limpiar la cocina, Lohara se animó a comentar, como al pasar:

—    ¿Hoy también vendrá Emanuel a ver a Manolito?

—    No lo sé —respondió Carmela sin manifestar sorpresa por su pregunta, aunque la sorpresa fue fenomenal—. Pero si quieres puedo preguntarle. O tú misma puedes llamarlo. El número de su móvil sigue siendo el mismo.

—    No, no —se apuró a decir—. No es algo que me preocupe. Ha sido simple  curiosidad.

—    Lohara —dijo Carmela, dejando por un instante de fregar los platos—. ¿Quieres que hablemos sobre eso?

—    Todavía no, Carmela —respondió Lohara, sin dejar de secar con el repasador el plato que tenía entre las manos—. Necesito procesar las cosas un poco más.

Animada por la buena disposición de Lohara, Carmela se atrevió a darle más  información.

—    Emanuel no se ha quedado en la casa de sus padres —acotó, como al pasar, continuando con su tarea—. Está alojado en el nuevo hotel frente a la plaza principal.

—    Si, lo sabía. Alguien en el coro lo comentó.

—    Entonces sabrás también que es abogado. Y que tiene un buen trabajo en la capital.

—    Sí, también lo sé.

Carmela se alegró de que ella estuviera al tanto de todo sobre Emanuel. Aunque se preguntaba si sabría lo más importante. Por eso estimó que debía decírselo.

—    Parece que va a quedarse en el pueblo solo por pocos días. A lo sumo un mes. Dijo que vino a arreglar unos asuntos y después regresa a la capital.

Lohara no respondió, pero Carmela observó muy bien la expresión de desazón en su rostro.

Se acercaba la fecha del certamen de coros, y los ensayos en Santa Lina continuaban a todo vapor. El director seguía adelante entusiasmado con el programa sin tener en cuenta que era probable que después de finalizado el festival ya no contara con su voz principal. Lohara también estaba al tanto de eso, y por su parte se preguntaba hasta cuándo le iba a ser posible escuchar la voz de Emanuel. Aunque moría de la impaciencia, intentaba no hablar con él y mantenerse distante. Pretendía que él entendiera su actitud despechada como un mensaje por la angustia que su ausencia le había causado tiempo atrás. Pero  continuaba enamorada de él. Lo había confirmado absolutamente al encontrarlo aquella noche en su casa. Y aunque su orgullo le impedía perdonarlo, íntimamente ardía de deseo por volver con él.

Su amigo Javier, ajeno totalmente a los acontecimientos, continuaba rondándola e invitándola a salir. Y ella, por educación no se animaba a rechazarlo de plano. Cualquier otro hombre solo podría llegar a ser un parche insignificante en la inmensa herida de su corazón. Solo Emanuel era capaz de curarla.

Emanuel, por su parte continuaba yendo a la casa de Carmela cuando Lohara no estaba, para pasar tiempo con Manolito, y este ya había comenzado a encariñarse con él. Lohara quería fingir que no le importaba, pero cada vez que abrazaba y besaba su hijo temblaba sintiendo a través de él los brazos y los besos de Emanuel.

El día antes del festival, Lohara se armó de valor y fue hasta el hotel decidida a hablarle, pero al encontrarse frente a la fachada del edificio la invadió la indecisión.

En medio de su titubeo, escuchó detrás de ella una voz que la llamaba. Era Javier.

—    ¿Qué haces por acá? —dijo Javier, sorprendido de encontrarla en ese sitio.

—    Nada —respondió buscando alguna evasiva—. Solo pasaba.

—    Bueno, ya que nos hemos encontrado te invito al bar de la esquina a tomar un café.

Justo cuando estaba a punto de excusarse, algo la detuvo. Emanuel venía saliendo del hotel y caminaba en dirección a ellos con paso decidido. Vestía  formalmente con un traje oscuro que le sentaba fenomenal. Emanuel siempre había sido un chico atractivo y a ella la había conquistado sin pestañear. Pero nunca lo había visto así, tan hombre. Al ver a Lohara acompañada, su semblante se endureció y ella sintió que un frío le atravesaba la espalda. Creyó que él iba a hablarle, pero pasó de largo sin decirles nada, aunque no sin antes dirigirle a ella una fría mirada de desaprobación. Lohara sintió que las piernas le flaqueaban, y se dijo que ahora sí le vendría bien  aceptar la invitación de Javier.

—    Es el nuevo del coro, ¿no? —manifestó con desagrado Javier, ante su displicencia—. ¿Quién se habrá creído que es?

Lohara no dijo nada, pero observando a Emanuel perderse calle abajo, se dijo para sus adentros: «Yo sí sé quién es: es el hombre de mi vida».

Por fin llegó el día esperado. La «catedral» estaba de bote a bote. Algunos vecinos habían llevado sus reposeras y otros se acomodaban sobre el césped, buscando la mejor ubicación para no perderse ni un detalle del recital. Uno tras otro fueron desfilando los coros de los pueblos vecinos. El coro de Santa Lina había sido el último en presentarse, y ahora esperaban el fallo final. Como todos los años, el espectáculo había sido un éxito, pero más en esta ocasión porque se había destacado la voz de Emanuel. Aun así, la actuación de todos había sido brillante,  por lo cual no era fácil aventurar cuál podría ser el ganador. Había que esperar a que el jurado se expidiese.

Muchos de los participantes se habían quedado a esperar el resultado adentro del recinto y otros, como Lohara prefirieron hacerlo fuera de él. Durante la actuación, Lohara había mirado varias veces hacia el lugar de Emanuel, pero él se había mantenido serio, concentrado en el canto, con la mirada fija hacia adelante, y ni antes ni después del espectáculo le había demostrado algún interés. No obstante, había sonreído orgulloso   cuando el público lo ovacionó. Y ella lo entendía. Cuatro años atrás nadie lo había escuchado y ahora al fin alzaba su voz.

En la calle, Lohara lo buscaba escudriñando entre la multitud, pero no lo divisaba. Comenzó a sentir que le faltaba el aire al suponer que ya hubiera emprendido el viaje de retorno hacia la capital. Pero de pronto suspiró aliviada cuando en un hueco entre la  gente lo vio. Estaba por acercarse a él, cuando sintió que alguien pasaba su brazo por encima de su hombro. Miró rápidamente hacia el costado y vio que era Javier.

—    ¿Qué estás haciendo aquí? —exclamó contrariada, soltándose bruscamente de su brazo.

—    ¡Hola! —le dijo, risueño—. ¿Por qué te sorprendes? No podía perderme la función.

A Lohara le costaba ser dura con su amigo, más cuando este no tenía idea de la procesión que estaba desfilando en su interior. Realmente no tenía ningún deseo de que él en ese momento la acompañara, aunque por cortesía procuraba que su cara no reflejara su malestar. Estaba pensando en cómo zafar de aquella situación incómoda, cuando alguien la tomó fuertemente del brazo.

—    Lamento interrumpir, pero tenemos que irnos —dijo Emanuel mirando con expresión de pocos amigos a Javier.

Este no atinó a decir nada, porque al instante Emanuel se alejó, arrastrando a Lohara con él.

—    ¿Qué quieres? —protestó ella, una vez que estuvieron lejos de todos,  soltándose enérgicamente.

—    Nada —dijo él, mirándola fijo, con los ojos apenas entrecerrados.

Lohara se emocionó porque su brusca actitud le demostraba que le importaba. Pero cuando lo miró expectante por una respuesta, él pareció arrepentirse y dijo solamente:

—    Disculpa. Me dejé llevar.

Y se marchó de allí, dejándola con más interrogantes que certezas.

Emanuel se había retirado intempestivamente, por lo cual no llegó a enterarse de que el coro de Santa Lina no solo había sido el ganador, sino que lo habían premiado a él como intérprete destacado. Pero aunque la algarabía reinaba por todo el pueblo, el pensamiento de Lohara estaba en otro lugar. La vida le había pasado por arriba sin que pudiera defender lo que era suyo, pero ahora iba a luchar por  su felicidad.

Al día siguiente, Lohara se animó a disculparse con Javier. No solo por la brusquedad de lo sucedido la noche anterior, sino por no haberle sido sincera. Quería hablar con Emanuel pero la mañana transcurría demasiado rápido haciendo crecer su ansiedad porque no se le ocurría con qué excusa ir a buscarlo. Temía que se fuera sin despedirse de Manolito. Pero temía mucho más que se fuera sin despedirse de ella. Entonces, se armó de coraje y le telefoneó.

—    Emanuel, soy yo —dijo, tímidamente.

—    Si llamas para pedirme explicaciones por mi comportamiento de ayer, no pienso dártelas.

—    No, no es por eso que te llamo. Quería saber cuándo te vas.

—    ¿Y eso es algo que te interese mucho?

Se hizo un silencio y Lohara no se animó a decirle que sí, que no podría continuar viviendo si él volvía a alejarse de ella. Pero en cambio le mintió.

—    Es que quería saber si piensas despedirte de Manolito.

—    No lo sé.

—    Sabes que se ha encariñado mucho contigo.

—    ¿Y tú? —saltó, ofuscado—. ¿Tú también te has encariñado con alguien? Porque por lo visto hay alguien que sí parece haberse encariñado contigo.

—    ¿Y qué me dices de ti? —le increpó, como contrapartida—. Muy atildado salías del hotel el otro día. Cualquiera diría que ibas a una cita.

Emanuel se contuvo de contestar. No quiso decirle que iba a una entrevista de trabajo. Lohara, ante su silencio se arrepintió de sus palabras y estimó que en cambio debía aclararle lo dicho por él.

—    Si lo dices por Javier, es solo un amigo —afirmó con contundencia—. No es y nunca ha sido nada más.

Y como él no respondió, se sintió obligada a aclararle aún más.

—    Y nunca lo será.

Se hizo otro silencio, al cabo del cual él dijo para finalizar la conversación:

—    Mañana me voy.

Abrumada por sus sentimientos y por la inminente partida de Emanuel, a la noche no pudo más y decidió alejarse de todo, y para eso apagó su móvil y fue a buscar refugio en la «catedral». Ahí había comenzado todo. Aquella noche, sumidos en una pasión desenfrenada, frente a aquel altar derruido habían consumado su amor sin prever las consecuencias. Después, ella había querido hacerse la fuerte y enfrentar al mundo por sí sola, pero el peso de su inexperiencia había sido más fuerte y había tenido que claudicar. Había odiado a Emanuel con todas sus fuerzas por dejarla sola, pero ahora, al volver a tenerlo cerca sabía que sin él no iba a poder continuar.

Llena de impotencia frente a aquel amado escenario, dejó por primera vez que afloraran sus lágrimas contenidas durante tanto tiempo, y vencida por el peso de los recuerdos cayó de rodillas sobre el césped llorando amargamente, rogando  que Emanuel no se fuera.

Se quedó un rato ahí esperando a serenarse, hasta que al notar qué hora era se dio cuenta de que Carmela y Manolito podían estar preocupados por su ausencia. Entonces se puso de pie y se dispuso a volver a su casa. Pero cuando volteó hacia el arco de la entrada vio una silueta en las sombras que parecía haber estado contemplándola en silencio. No tuvo miedo de que se le acercara, porque su corazón le avisó que era Emanuel. Fundidos en un beso desesperado, cayeron abrazados sobre la alfombra de césped ya húmedo por el rocío, la misma que los había acogido cuatro años atrás. Y exaltados por la misma pasión de aquel entonces, reeditaron la consumación de su amor, pero ahora conscientes de cómo resolver las consecuencias.

A la madrugada, cuando Lohara llegó a su casa no se enteró de que Carmela la había estado esperando espiando por la ventana, porque al verla llegar se había ido  rápidamente a su habitación. Se sentía feliz pero no había querido preguntarle nada a Lohara. En cambio, le envió un mensaje a Emanuel y este le confirmó que había estado todo el rato con ella.

Pasó más de un mes. Emanuel se había marchado a la capital pero ahora ambos se mantenían en contacto. Parecía todo bastante anodino, hasta que un día Emanuel recibió un llamado especial y que había estado esperando ansiosamente.

—    Emanuel: estoy embarazada.

—    Ya voy para allá.

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—    Ven, Emanuel, dame tu mano —exclamó Lohara, apoyándola suavemente sobre su abultado vientre.

—    ¿Sientes las pataditas?

—    Sí —exclamó Emanuel, emocionado—. Nuestra Carmelita es muy movediza. No sabes cómo lamento haberme perdido esto con Manolito.

—    No te aflijas. Dejemos atrás todo lo que pasó y disfrutemos este momento. Al fin podremos vivir como una familia. Pero Emanuel, ¿no crees que ahora con dos hijos deberíamos pensar en casarnos?

—    No.

—    ¿Por qué no?

—    Porque ya estamos casados. Hace cuatro años que somos marido y mujer. ¿Acaso olvidaste que firmaste el papel?

—    ¡Cómo olvidarlo! En aquel momento me hizo mucha ilusión. Pero después creí que había sido una mentira.

—    No, Lohara, lo nuestro siempre ha sido una gran verdad.