Zapatos de mujer

Nora Sisto

 

       El centro comercial estaba atestado de gente. Se aproximaban las fiestas de Fin de Año y en gran parte de los locales sus propietarios habían tenido que reforzar la plantilla del personal para poder atender a la avalancha de clientes. Entre la gente, tres chicas se destacaban por su apariencia aristocrática. Pau, Lu y Tere —Paulina, Ludmila y Teresa— habían sido compañeras desde la secundaria y ahora iban juntas a la universidad, a la más cara y exclusiva de las universidades del país. Pertenecían a familias adineradas y no perdían la oportunidad de hacer que la gente lo notara.

      Las tres disponían de sendas tarjetas de crédito con límites prácticamente infinitos, y su diversión consistía en comprar artículos costosos y mil cosas que no necesitaban, las cuales elegían por su precio y disfrutaban exhibiéndolas. En el Mall había una zapatería de lujo, a la que mucha gente entraba a curiosear pero en la que en definitiva solo un número muy reducido de personas compraba efectivamente. Como era elegante entrar allí, de común acuerdo se dirigieron primero que nada a ese local. Paulina era la más osada de las tres. Era  una chica muy bonita, pero su belleza generalmente quedaba opacada por su antipática forma de ser. Le gustaba ser prepotente para aparentar superioridad, y eso la hacía prácticamente una enemiga para quienes estaban, según ella, por debajo de su estatus.

      Al entrar en la zapatería, lo primero que atrajo su atención fue un par de tacones altísimos de un precio tan exorbitante que podía significar el sueldo de todo un mes para cualquier modesto trabajador. Ella no tenía  verdaderamente intenciones  de comprarlos, pero como su interés era hacerse notar frente a las otras clientas, pidió a uno de los empleados que le trajera un par de su talla.

      Cuando éste se los acercó, sin siquiera probárselos le dijo inmediatamente  que no le convencían. Entonces le pidió un par de otro modelo. Cuando los tuvo en su mano, exclamó a viva voz que ese color era horripilante, y le exigió que le trajera un par de otro color. Pero como lo que en realidad le divertía era molestar al empleado, le dijo que los quería de color “uva”, color en el que ella daba por descontado que no los tenían. A esa altura, Ludmila y Teresa aburridas  de los caprichos de su amiga, se habían ido al local de al lado para revolver los percheros de ropa.

      Viendo que la compradora era bastante difícil, el empleado —que hasta ese momento se había mostrado bastante paciente— para dar de una vez por todas finalizado el trámite le trajo un par que nada tenía con ver con lo que ella había solicitado.

      Cuando Paulina inocentemente abrió la caja y sacó uno de los zapatos, su rostro se desfiguró. El empleado obviamente le estaba tomando el pelo. Eran unos zapatos planos, oscuros, de un pésimo gusto y de un valor notoriamente inferior. Paulina quedó sin palabras, entonces él aprovechó ese instante para hablar.

—    Creo que estos son los más adecuados para su personalidad —le dijo, con tono serio.

      Aquello era visiblemente una ofensa, lo que provocó que Paulina, fuera de sí estrellara con fuerza el zapato contra el piso y seguidamente tomara el otro, para tirarlo también. Pero cuando estaba por lanzar el segundo, la mano del joven la asió con fuerza por la muñeca y mantuvo su brazo inmovilizado por un segundo. Él la miró con dureza aunque manteniendo la calma, mientras ella, sorprendida por su actitud no se animó a responder. La expresión de aquel vendedor era intimidante y temió que fuera a dejarla peor parada frente a los compradores que en ese momento estaban allí, estupefactos presenciando el incidente. Entonces él la soltó, permitiendo que se fuera. Pero antes de retirarse ella miró  de reojo el cartelito identificador que llevaba prendido a la camisa. Se llamaba Julián.

      Era la víspera de Navidad, por eso a la noche Paulina fue a cenar con varios de sus amigos a un restorán. Sus padres estaban separados desde hacía muchos años y ella tenía contacto con ellos solo esporádicamente. Su madre vivía y trabajaba en el extranjero y su padre se había vuelto a casar.  A pesar de que él sí residía en esa ciudad junto a su nueva esposa e hijos, y que en esa ocasión —como todos los años— la había invitado a pasar la Nochebuena en su casa, ella había rechazado la invitación.

      El restorán era de los más distinguidos de la ciudad. Por supuesto, Paulina nunca se habría dejado ver en otro de inferior categoría. Estaban todos ya sentados a la mesa, a punto de ordenar cuando de repente miró como por inercia hacia un costado y vio que en una mesa pegada a la ventana estaba aquel  desagradable vendedor. Al verlo giró enseguida la cabeza y puso su mano junto a su cara como para guarecerse, aunque él pareció no haber notado su presencia. Por lo visto  estaba muy concentrado en su bella acompañante, una chica linda y muy bien vestida, porque se los veía  conversar  animadamente y reírse de a ratos. A pesar de que verlo allí le molestó, decidió no darle importancia. Seguía  furiosa por lo acontecido esa tarde en la zapatería, pero en ese momento le pareció inadecuado continuar  la confrontación.

      A la mitad de la cena, Paulina fue al tocador. Aunque no quería admitirlo, de alguna manera ese hombre la había trastocado, porque se encontró a sí misma mirándose en el enorme espejo, preguntándose si ella era tan atractiva como aquella desconocida que estaba con él. Pero la acritud del rostro que el espejo le reflejaba, le decía lo contrario. Entonces salió de ahí aún más contrariada, para dirigirse otra vez al salón. Sin embargo, para su desgracia, a los pocos pasos se encontró con aquel odioso Julián que venía en sentido contrario. Éste, al pasar junto a su lado, miró ostensiblemente hacia sus pies, y le dijo con ironía:

—    Lindos zapatos.

      Paulina en ese momento se sintió desnuda. Él volvía a ridiculizarla y para peor la sorpresa le había impedido reaccionar. Siguió caminando hacia su mesa, más furiosa que antes, pero en el trayecto súbitamente se dio cuenta con pavor de que lo que más la había conmocionado en ese preciso momento no había sido escuchar las palabras de aquel maleducado, sino ver sus penetrantes ojos azules, que antes no había llegado a apreciar con tanta claridad.

      Nunca se había sentido tan contrariada en su vida. Estaba acostumbrada a que tanto sus padres como sus mejores amigas le dieran siempre la razón y la complacieran en todo, pero aquel hombre parecía estar dispuesto a provocarla. Se preguntó cómo podía ser posible que un simple empleado de zapatería estuviera cenando con compañía en un restorán de lujo como aquel. Seguramente era un pobre diablo que había cobrado el bono de Fin de Año y alardeaba con aquella chica.

      Pasó el día de Navidad, y a pesar de la cantidad de regalos recibidos, Paulina seguía pensando en aquellos zapatos horrendos. Se consideraba una clienta VIP, por lo que no podía dejar pasar aquella molesta situación. Entonces fue nuevamente a aquella zapatería.

      Ese día había pocos clientes, por lo que se dirigió directamente al mostrador.

—    Quisiera ser atendida por Julián —dijo, con tono autoritario sin siquiera dar los buenos días.

—    Como no —le respondió políticamente la chica que ahí estaba—. Ya lo hago llamar.

      Al minuto apareció Julián. Venía con actitud dinámica y una amplia sonrisa vendedora.

—    A las órdenes. ¿En qué puedo ayudarla? —le dijo amablemente.

      Paulina lo miró, miró el cartelito prendido en su camisa donde efectivamente se leía “Julián” y volvió a mirar al muchacho otra vez. Sin decirle una palabra fue otra vez hacia donde estaba la chica.

—    Disculpe —le dijo de mala gana—, pero esta no es la persona que le solicité.

—    Usted pidió por Julián, ¿no es así?— dijo la chica, preocupada de no haber entendido lo que le había dicho.

—    Así es —volvió a responderle de mala manera—, pero este no es. El que yo digo es otro Julián.

      La chica miró a Julián y este a su vez le devolvió la misma mirada de desconcierto.

—    Lo siento —volvió a recalcar la empleada, ahora tomando un poco más de coraje—, pero este es el único empleado que tenemos aquí con ese nombre.

—    De ninguna manera —le porfió una vez más—. El día antes de Nochebuena me atendió alguien llamado Julián. Lo decía claramente en su identificación. No me importa si ahora no está o si tal vez quieren ocultármelo. De todos modos, vine a levantar una queja.

      Ante la insistencia, la chica preocupada fue a llamar al gerente para que Paulina le repitiera todo a él.

—    ¡Ah! —exclamó entonces el gerente, mirando con ojos muy grandes a la empleada—. Creo que se refiere al “otro” Julián.

      Y volviendo a Paulina, para confirmar lo que pensaba le pidió:

—    ¿Podría describírmelo?

      Entonces, Paulina le dio todos los datos. Le dijo que era alto y delgado, que  llevaba la cabeza enteramente afeitada y que usaba una barba corta muy cuidada. Pero no le dijo que sus ojos eran profundamente azules. Eso se lo calló.

      La chica miró al gerente con un atisbo de preocupación.

—    ¿JD? —dijo, sobresaltada.

      El gerente no le respondió y se dirigió a Paulina:

—    Quédese tranquila. Nosotros elevaremos su queja —. Y se retiró a su despacho otra vez.

      Paulina se fue desconcertada. ¿Qué había significado aquella conversación, aparentemente en clave y reservada? Obviamente ellos se habían entendido. No obstante, se fue con la intriga de saber a qué se habrían referido con aquello de "JD".

      Después del receso de Navidad, Paulina retomó los cursos. Nunca había sido una alumna destacada, no porque su inteligencia no se lo permitiera sino  porque no se preocupaba demasiado por estudiar, aun así en la universidad a la que asistía había una nutrida agenda de eventos, a los que por reglamento, ella estaba obligada a asistir. Entre ellos se destacaba una serie de conferencias relacionadas con la Escuela de Negocios —que era lo que ella cursaba—, por las que iban a desfilar personalidades destacadas en esa área,  tanto del país como del exterior.

      La conferencia que tocaba ese día era una de las más esperadas por el público estudiantil, porque quien la dictaba era al parecer un reconocido  exalumno de esa misma universidad. Cuando Paulina llegó al anfiteatro casi no cabía un alfiler, por lo que se ubicó en una de las últimas filas. En ese momento el rector estaba haciendo la presentación del invitado. Tenía un largo currículum que a ella le cansó escuchar. Sin embargo afinó sus oídos cuando finalmente dijo:

—    Con ustedes, el Dr. Julián Davidson.

      Mientras los presentes aplaudían, Julián subió al escenario, dio la mano al rector y saludó en general. Paulina casi se cae de la silla: ¡él era el “otro” Julián! En aquella zapatería su aspecto le había pasado desapercibido, sin embargo ahora lo veía deslumbrar vestido formalmente con un traje gris claro y con su cabeza calva y brillante que resaltaba sofisticadamente elegante sobre él.

—    Nuestro estimado Dr. Davidson —continuó diciendo orgullosamente el rector— va a hablarnos en esta oportunidad acerca de los resultados de un interesante estudio que realizó recientemente tomando contacto directo con clientes en varios comercios de nuestra ciudad.

—    Así es —intervino entonces Julián sonriendo satisfecho y pasando a explicar—. Es un estudio relacionado con el comportamiento disfuncional de ciertos  consumidores. Van a ver varios ejemplos, en los cuales no tienen por qué sentirse necesariamente identificados. Pero si es el caso, espero que les sirva para analizar la situación y mejorar su comportamiento en futuras intervenciones como compradores.

      Paulina se hundió en su asiento. Intentaba no ser vista por él, porque era muy probable que, dado lo que había insinuado, fuera a dejarla en evidencia. Esperó durante todo el tiempo que él hiciera alusión a aquel bochornoso encuentro en la zapatería, pero él en ningún momento lo mencionó. ¿La ignoraba intencionalmente? Paulina se sintió decepcionada. Ya no se trataba del hecho de que no iba a poder elevar su dichosa queja; se trataba de que Julián sideralmente la sobrepasaba.

      A la salida de la conferencia trató de pasar inadvertida e irse de inmediato,  pero en el hall del auditorio un grupo de sus compañeros la detuvo y no pudo zafar. Los muchachos comentaban lo genial que había estado Julián, y las chicas especialmente resaltaban lo apuesto que era. De pronto lo vieron salir y espontáneamente lo convocaron para que se acercara a saludarlos y tomarse con ellos unas selfies, y él no dudó en hacerlo. Contrariamente a lo que Paulina quería suponer, Julián no era arrogante ni tenía pose de ganador, y después de escuchar amablemente los halagos de los estudiantes, se despidió con cortesía. Pero cuando se estaba yendo, miró de pasada a los ojos a Paulina y le dijo discretamente:

—    ¿Aprendiste algo?

—    Sí, claro… —alcanzó ella a balbucear, mientras él se iba rápidamente sin escuchar su respuesta.

      Pero él la había escuchado. La había escuchado muy bien. Y aunque en ese momento ella no pudo explicar exactamente qué era lo que había aprendido, el tiempo se lo hizo saber.

      Pasaron varios meses. Paulina comenzó gradualmente a cambiar y quienes la conocían no acertaban a explicarse el porqué de aquel cambio. Ponía más atención en sus estudios y ya no se dedicaba a molestar a quienes estaban a su alrededor. A pesar de que Paulina no había querido volver más a aquel centro comercial, sus amigas Lu y Tere estaban felices con su nueva forma de comportarse, porque al fin  podían ser, sinceramente sus amigas.

      Pero Paulina no había cambiado porque quisiera, sino que eran su pensamiento y su corazón —que no dejaban de recordarle a Julián— los que la obligaban a aquel cambio. Él no había necesitado recurrir a un discurso rimbombante para convencerla. Sin decirle nada, le había hecho comprender lo chata y oscura que era su vida, y con simpleza le había demostrado que, aunque pretendiera mostrarse glamorosa y autosuficiente, su actitud era en verdad ordinaria y de mala calidad. Ahora por primera vez reflexionaba sobre ella misma y se esforzaba por ser alguien mejor. Sentía que su corazón ya no latía motivado por sobresalir entre la gente: ahora latía por Julián.

      Al final de los cursos, Paulina se sentía agotada. Había puesto lo mejor de ella para graduarse y finalmente había logrado sobrepasar a los demás, pero esta vez no por su vanidad sino por sus propios méritos. Sin embargo se la veía triste, cansada y con poco entusiasmo. Por eso su padre, que esperaba contar con ella en condiciones óptimas para comenzar a trabajar en su empresa, resolvió enviarla a visitar a su madre por un mes para cambiar de aire y descansar.

      Estaba subiendo tarde al avión porque se había demorado más de la cuenta en el freeshop. Su asiento era en primera clase, y como venía agitada y distraída e iba cargada con su maleta de mano y una bolsa con sus compras, una azafata se acercó diligentemente para ayudarla a acomodar rápidamente sus cosas en el compartimiento superior. Por eso, cuando se sentó en aquel mullido sillón, por fin suspiró. En ese momento se dio cuenta de que en el asiento contiguo alguien había dejado a un lado el libro que estaba leyendo y la miraba extrañado. ¡Era Julián!

      Al momento no lo había reconocido porque ahora tenía el cabello crecido, pero sus ojos eran inconfundibles. La saludó con una sonrisa y un movimiento de cabeza y ella se sintió incómoda porque no le dio tiempo a disimular su turbación.

—    Otra vez llegas tarde. Por suerte en este caso no tienes que sentarte en el fondo —le dijo él, haciendo claramente alusión a la conferencia de aquella vez.

      Paulina se emocionó pero no le respondió. Era obvio que él la había visto aquel día. Pensó que iba a ser incómodo para ella si él se ponía a rememorar ciertas cosas, así que respiró más tranquila cuando Julián pareció pasar raya y comenzó a hablarle con naturalidad.

—    ¿Te vas de vacaciones? —le preguntó, intentando pasar a un tema menos embarazoso.

—    Algo así —dijo ella, pensativa—. Me voy a quedar un mes con mi madre. ¿Y tú? ¿Viajas por trabajo?

—    No. Esta vez me tomo unas vacaciones. Ha sido un año muy intenso y ahora me toca descansar.

      Él no hablaba mucho sobre sí mismo, pero ella ya lo sabía todo sobre él. Aquella vez, al finalizar la conferencia había comprado uno de sus libros y había estudiado muy bien su biografía. Sabía que provenía de una familia humilde que había hecho un esfuerzo titánico por mandarlo a estudiar, y ahora era él quien les devolvía el favor con el fruto de su trabajo. Viajaba continuamente dando conferencias, y además de aquel libro tenía publicados otros dos y estaba trabajando en uno más. Él hablaba con comodidad y entusiasmo y ella lo escuchaba con respeto y admiración. Ella, en realidad, se había quitado los zapatos y le respondía con pasión, y él estaba absolutamente fascinado.

      Durante las aproximadamente ocho horas que duró el vuelo conversaron sin parar. Pero ahora el avión estaba finalmente detenido en la pista y ambos se mantenían  callados. Con sus respectivos equipajes de mano esperaban de pie en el pasillo haciendo fila para salir del avión no bien se abriera la escotilla. La gente se aglomeraba, por lo que ellos estaban muy juntos, tan pegados uno al otro que ella, parada delante de él podía oír su respiración. Paulina sentía un estremecimiento en todo su cuerpo. No quería separarse de él. Sabía que una vez afuera, aquella magia desaparecería. Ella se había enamorado perdidamente y temblaba pensando que era posible que no lo volviera a ver. Entonces, sin pensarlo dos veces giró de improviso su cuerpo en el estrecho espacio que la separaba de él, e inesperadamente lo besó. Él no se sobresaltó. Respondió con el mismo ardor a aquel beso apasionado que habría durado más a no ser porque la azafata les advirtió que tenían que seguir circulando.

      En la confusión de la salida, entre los trámites de inmigración y la recogida del equipaje, Paulina lo perdió de vista. Recién lo localizó en la calle. Pero en ese momento vio con desilusión que una chica —la misma chica con la que lo había visto aquella vez en el restorán— lo recibía abrazándolo. Entonces quedó ahí, desarmada, observando decepcionada cómo ambos subían rápidamente a un taxi.

      Nunca había experimentado unas vacaciones tan abrumadoras como esa vez. Tanto que a las dos semanas de estar con su madre le anunció que deseaba  volver a su casa. Pero esta vez viajó en clase turista porque no quiso que, por azar  volviera a repetirse aquella situación.

      De acuerdo a los planes de su padre, Paulina comenzó a trabajar en su empresa. Ella misma se sorprendía de su buena disposición. Ya no sentía como antes aquella compulsión a sobresalir; por el contrario, se sentía segura de sí misma y se comportaba amable y solidaria con los empleados. Pensaba mucho en Julián, y aunque no podía verlo era su constante inspiración.

      Una tarde estaba concentrada en su trabajo cuando alguien la interrumpió. Era un chico con uniforme de delivery que le traía un paquete. Extrañada lo recibió, pensando que podía ser una atención de alguno de sus clientes. Sin embargo, al abrirlo entendió. Era una caja dentro de la cual venía muy coquetamente dispuesto un par de stilettos de color uva, los zapatos más bonitos que hubiera visto. Y aunque no traían una tarjeta ni tenían remitente, ella lo supo enseguida. Entonces tomó la caja y salió tan rápido como pudo rumbo al centro comercial.

      Al entrar en la zapatería se dirigió directamente a la encargada. Ahora era una chica distinta a la de la vez anterior.

—    Buenas tardes —le dijo amablemente, sorprendiéndose ella misma de su notorio cambio de actitud.

—    Buenas tardes —le respondió la muchacha—. ¿En qué puedo ayudarla?

—    Vengo a ver a JD.

—    ¿Al dueño? —preguntó la chica con cierto recelo—. ¿Por qué motivo es?

—    Estoy desconforme con estos zapatos que me envió —inventó en el momento—. Necesito que me dé explicaciones.

      La empleada, ajena a todo el trasfondo, se excusó y fue hacia el despacho del gerente. Pero este no salió. Quien salió fue Julián.

—    ¿Así que estás desconforme? —exclamó no bien la vio.

—    Sí. No van con mi personalidad.

—    ¿Ah, no? —se burló él—. ¿Acaso no deseabas desesperadamente estar en estos zapatos?

      Paulina no pudo contenerse y sus ojos se empañaron.

—    Lo deseaba, pero ya no.

—    ¿Estás segura de que no los necesitas?

—    Estoy muy segura. ¿Quieres que los arroje al piso para convencerte?

—    Si lo hicieras, tendría que detenerte. Son muy caros.

      Paulina tomó uno de los zapatos e hizo ademán de arrojarlo para que él tomara su brazo. Se hizo un silencio, pero no había necesidad de hablar: él la abrazó con fuerza. Las pocas clientas que estaban en ese momento en el local se enternecieron y los aplaudieron, retomando a continuación sus respectivas compras.

—    Te fuiste sin despedirte —dijo ella, exteriorizando la angustia contenida durante todo ese tiempo.

—    ¿Por qué iba a despedirme? Total nos íbamos a volver a ver.

      Y agregó:

—     Ahora dime, si no viniste a buscar otros zapatos, ¿qué es lo que viniste a buscar?

—    A ti —le dijo ella con un hilo de voz.

—    A mí hace rato que me tienes —declaró, suspirando profundamente—. Entonces, si no los quieres, devuélvemelos. Voy a dárselos a mi hermana, que me los ha pedido con insistencia. Ya la has visto ¿no?

—    ¿Es la chica con la que estabas en el restorán?

—    Sí. La misma con la que me viste en el aeropuerto. Por cierto, ¿no crees  que es más linda que tú?

—    No,  no lo es.

—    Mm… para estar seguro debería verte sin ropa.